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Las
impresionantes manifestaciones callejeras en Estados Unidos, en abril y mayo de 2006, nos pusieron de frente a una realidad
cuyos números habían sido, por mucho tiempo un misterio. ¿Cuántos mexicanos hay trabajando en
Estados Unidos? En entidades como Zacatecas el éxodo se vuelve evidente. Las ciudades se vacían durante
el año. Jerez, Sombrerete, Juchipila, Jalpa, Fresnillo, Monte Escobedo… viven en espera de la feria o las fiestas
para ver a los suyos. El texto “Casa vacía” lo escribí mucho antes de estos días de
cifras contundentes. Cuando yo estuve en Zacatecas, a pesar de reconocer que medio estado se encuentra errante, los políticos
parecían ajenos a esa verdad estremecedora. Casas vacías, familias divididas, seres queridos fuera cuya única
señal de bienestar llega con la remesa a dar respiro a los de adentro y ayudarles a sobrellevar la pobreza. Aquí
no hablo del campo, aunque predominantemente el campo esté falto de gente. Hablo de la ciudad, la capital señorial.
En sus buenos tiempos Zacatecas fue la segunda ciudad más importante del mundo colonial, con sus llaves, su escudo
y su casa de moneda. Hoy, el estado languidece en una historia que lo vuelve emblema de lo que fue… soberbio en su
nostalgia, nostálgico en la soberbia de sus elites agonizantes...
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Una colonia de moscas
El título, casa vacía, me lo inspiró Julio Cortázar, quien imaginó en su cuento, “Casa
tomada”, a extraños invasores, apoderándose de una casona familiar, habitada por una pareja de hermanos
que vivían resignados a ser los últimos de su estirpe.
En Zacatecas el efecto invasor sede el paso al vacío, la humedad, el abandono. Acá no acechan seres imaginarios;
una colonia de moscas quedó como último signo de vida en la casona que alquilé, a espaldas de la catedral,
luego de verla desplomarse. Un nido de golondrinas viajeras, apareció por única señal
en otra, cuya puerta cerré yo misma y que, por largo tiempo, nadie abriera.
No todo en la capital de la plata es monumento. Los pocos en pie destacan por entre el caserío semi ruinoso
y el esplendor se adivina apenas, a siglos de deterioro que ya se apilan sobre la grandeza primigenia. Porque no niego que
la hay, no. Imaginen cuánta queda, que ni tiempos ni descuidos le han podido mermar su apariencia señorial.
Muchísimas veces, mientras me detuve a admirar ese conjunto de portales y plazuelas me pregunté, curiosa: ¿Cómo
habrá sido esta capital del nuevo mundo tiempo atrás? ¡Y qué imponente!
Así, repintadas o remozadas para el diario, envejecen
la primera normal, el colegio lancasteriano, las tradicionales dulcerías, los antiguos puentes. No son pocos los locales
y “changarros” que dan a las banquetas empedradas. Se dificulta distinguirlos, unos de otros, salvo por el encuadre
del portón de madera apolillada o de herrería. Alguna vez, cada uno de esos cubos maltrechos,
perteneció al conjunto estético de una misma residencia señorial. Con el tiempo, las casonas de antaño
se fueron desmembrando, al igual que sus familias. Una amiga, de apellido López de Lara, se detuvo frente a la que
fuera su morada paterna, sobre la avenida Hidalgo. Palpamos juntas la doble aldaba; atisbamos por el orificio de una veta
enmohecida hasta ubicar el largo pasillo que debió haber sido en sus mejores tiempos un patio limpio, soleado y repleto
de coloridos macetones. Y como que quiso reaparecer su infancia, aferrada a la imaginación sanadora del cubo que invitaba
a subir a la azotea. “Arriba de ese andamio estuvo mi recámara...” Pude verla, al otro extremo de un tiempo
ido, asida del hilito atroz que morirá con ella, cuando sus hijos, radicados en Guadalajara, no recuerden el número
o la señas, ni a donde iban a dar quienes desde el colegio urdían sus andanzas con las vecinas.
En cosa de una cuadra, en cualquier
área del centro histórico, la atención da con amorfos conjuntos; el expendio de pan, la tintorería,
el electricista, el distribuidor de celulares, la sede de un organismo político, la librería cristiana, el cíber,
las dos tiendas de abarrotes, las tres estéticas. Muchos negocios son empresas familiares de subsistencia
mínima, sin recurso a la sofisticación de la mercadotecnia. Tal vez a eso se deba que en
cosa de dos cuadras haya cuatro cafés cibernéticos, tres estanquillos, dos franquicias de teléfonos móviles,
dos expendios de pollo, una peluquería.
Entre recovecos y pasillos
El interior de los negocios y edificaciones no es menos anárquico. Me
tocó conocer una casa que se ofrecía en renta, en el callejón De la alegría, a menos
de una cuadra de la avenida González Ortega y a dos del Jardín Independencia. La propiedad había
sido de tal modo fragmentada, que parecía necesaria la narración de sus partes, en secuencia, para poder entrar
en la lógica del casero. La pieza principal era un enorme galerón, sin ventanas, con la presencia
inexplicable de un fregadero, justo al centro. La cocina carecía de tubería adecuada para
la instalación de una tarja o de una estufa. La única toma eléctrica disponible para
un refrigerador se hallaba en el pasillo. El retrete, colocado de manera insólita en una de las
recámaras, aparecía rodeado de medio cancel, color amarillo, de suerte que era posible ver, desde cierto ángulo
exterior, el torso de su ocupante. La distribución de esta retacería arquitectónica
que imponía los más peculiares límites a las distintas viviendas mostraba, también, rasgos muy
peculiares. Un pasillo conectaba dos apartamentos separados, volviendo a uno dependiente del otro mediante
el derecho de paso. Sólo que, en el trayecto hacia el segundo, en orden desde el portón que
daba hacia la calle, la recámara principal del primero carecía por ello de privacidad.
En la parte posterior, adonde un patio daba la impresión de proveer al primer cuarto de un espacio abierto,
esto ocurría de manera artificial, ya que tal patio, con su escalera y su azotea, correspondían al apartamento
vecino.
Puertas condenadas o ventanas tapiadas
son cosa ordinaria en Zacatecas. Estuve en una casa cuya ventana de la cocina se abría sobre la
sala de al lado; conozco otra en donde es necesario atravesar una estética, a la que da la puerta principal. Otra más,
donde la entrada exige de un requiebre oblicuo, para evitar una escalera que nace en el quicio del acceso exterior, dando
también desde ahí paso a otro apartamento contiguo.
Mundo apuntalado
Tan abigarrada anarquía pasaría
desapercibida si sendos trozos de propiedad no estuviesen vacíos. En la calle Del ángel,
en la avenida Juárez, en la avenida Rayón, en el callejón De Quijano la mirada va siempre
a dar con ventanales oscuros, tapiados, cerrados, condenados. Da curiosidad saber cómo se mantienen
tantas propiedades sin gente. Algunas se desploman mostrando, tras los muros firmes de antiguas
fachadas, un montón de cascajo, sostenido a duras penas por el alambrón y las vigas que sirvieron para apuntalar
lo que de todos modos acabó por ceder al peso natural.
Un
edificio que luce sobre Aguascalientes, frente a la parte posterior del mercado González Ortega, vacío;
sobre el jardín Independencia, dos extensas propiedades, también vacías. Se renta, luce la parte
superior de una enorme mansión que abarca toda la manzana, sobre la avenida Hidalgo; y a punto de llegar a
la plazuela de Guadalajarita, otra casona, abandonada. Algunos de esos edificios darán tristemente paso a
nuevos tiempos. Así ocurrió con VIPS y con Sanborns. Ya son historia la tlapalería
de los Borrego, los tres cines que abandonaron el riel y el cácaro para albergar, bien al hotel d´Argento,
bien a una sucursal de Elektra o al estacionamiento de enfrente de El portal de las flores. Para la historia ha quedado
la triste placa que indica donde pernoctó la cabeza de Hidalgo, de camino hacia la alhóndiga de Granaditas,
sobre el muro exterior del hoy Posada Santa Lucía. Y acaso no transcurra mucho tiempo antes
de que la casa de los Acevedo, a un lado de la plaza de armas, pierda su belleza art decó a manos
de algún empresario transnacional que les sepa llegar al precio.
En una ocasión, en las inmediaciones de La fuente de los Conquistadores, intenté
convencer a la dueña de un local comercial que me lo alquilara para habitar. Argumentó,
al negarse, el gasto que le implicaría instalar una regadera en uno de los baños. Además, la cocina tendría
que correr por mi cuenta. Un año después, su local continuaba vacío. Mantenerlo en
desuso tanto tiempo debió resultarle once veces más costoso que las adaptaciones propuestas.
Casi todos se fueron
¿La causa de tanto abandono?
Miguel Alonso, quien fuera alcalde durante mi estancia en Zacatecas, me aseguró en campaña que no era prioritario
el problema de la migración. Pensaría acaso que el éxodo escandaloso del estado se
limitaba al campo. ¡Extraña conclusión! A mí me bastó entrevistar, al puro azar, de puerta
en puerta, a un gran número de familias de la capital para constatar la insólita división geográfica
que se rige por un adentro y un afuera. En cada casa, varios miembros ausentes.
Se van a estudiar o a trabajar al Distrito Federal, a Guadalajara, a León, a Monterrey, a Aguascalientes, a
San Luis, brincan a Estados Unidos, al otro lado. Doña Marcela atiende su mercería. Se queja
de que ya nadie compra. “No saben de estas cosas...”, alude a una generación que todo lo quiere “ya
hecho”. “Lo único que me compran es lo que me manda mi hija, del otro lado...”, remata con aire de
tristeza por ese ayer de hilos, estambres y listones de colores surtidos que jamás volverá. Doña Marcela
es viuda. Su hijo vive en Chicago, su hija en Los Ángeles y de sus tres nietos uno está en la ciudad de México
y el resto al otro lado. Cuando evoca a su gente aclara, “casi todos se fueron, desde hace más de treinta años”.
El señor Toño compra viejo.
Los anaqueles de su pequeñísimo negocio en el Arroyo de la Plata están repletos de libros gorditos
de humedad, muy maltratados. En el único aparador con que cuenta su mínimo local expone monedas antiguas.
Sobre el muro lateral exhibe santos repujados en hoja de metal... los vende caros, cuando le cae un cliente con aprecio
por las reliquias. Su poco lucrativo negocio “de viejo” cuenta con el mejor instrumental para calar el oro, la
plata, la pedrería. Y es que ahí mismo se compran, por onza, los metales, sobre todo el oro.
En general, los clientes van llevando sus prendas, poco a poco. Las personas que acuden con don Toño son herederos
de casonas antiguas que recurren a él para salir de apuros. Su negocio, más que un local comercial es un museo.
Entre tanto tesoro, domina la sensación de estar testimoniando los últimos indicios de una sociedad a punto
de extinguirse.
“Oigo lo que se fue”, dice la Suave Patria. Mientras a la capital zacatecana la desgastan la humedad,
el abandono, el tiempo, depredadores insaciables que le merman en antiguas glorias... “Oigo lo que se fue” hacia
los recovecos apacibles de calles como espejos...
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