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El título propuesto no es un trabalenguas. Últimamente,
o puede ser que yo me haya vuelto, de súbito, más perceptiva, es común asistir a actor públicos
donde los representantes aparecen como carcinomas, hasta por debajo de las sillas. Fulanito de tal, que asiste en representación
de zutanito. Largas mesas, acicaladas para el acto del momento, se vuelven fantasmales despliegues de figuras de autoridad,
siempre ausentes. Y largas son también las presentaciones. Al dos por uno el discurso, con eso de tanto protocolo.:
“En representación del C. Secretario de Educación y Cultura, ingeniero Apolonio Castillo Ferreira, el
C. Subsecretario A. el ingeniero Flavio Campos.” Preside esta noche en representación del C. Gobernador del Estado
de Zacatecas… etceterilla. La convención de la delegación personal es tan compleja que
un original que se presentase entre tanto representado podría sufrir un fuerte embate al aparecer, sin intermediación
de su comisionado particular. Uno diría que la concurrencia se sentiría halagada de ver entre tanto representante
al poseedor de la real investidura, así en original. Pero la psicosis de la delegación del cargo no permite
tal fortuna. Resulta degradante para el invitado tener que asumir el espacio inferior que le da su propio yo dejando al descubierto
su falta de jerarquía, cuando no de tino político, al presentarse en igualdad de condiciones ante una concurrencia
donde el resto apareciesen in absentia, bajo la piel de otro señor.
No acabo de entender si la representación se deba a una de las siguientes razones. Bien
que el representado está demasiado elevado para la audiencia ahí reunida o para la rodada del evento en cuestión;
que sus ocupaciones varias le impidieren concurrir; que fuere tan ambicioso en sus quehaceres que hubiere caído en
una desorganización brutal, imposible de subsanar ni con algunas horas extras cada día.
Evodio Escalante, mi colega, me contó que era frecuente en los últimos
años saber, por anticipado, que un mismo intelectual habría de programarse en tres eventos simultáneos.
Le ocurrió a él con Carlos Monsiváis; se le aguardaba en la presentación de un libro, en la inauguración
de una exposición y en una entrevista televisiva, exactamente el mismo día y a la misma hora. En uno se le disculpó
por motivos de salud, en otro, por causas de fuerza mayor y al tercero sí llegó, pero con un significativo retraso.
Lo divertido del asunto es que, a medida en que las representaciones se afianzan, los representantes cuyos
nombres nunca alcanzamos a retener, tienden a ascender en la escala de cotizaciones, un poco más arriba que sus representados.
No hace mucho me tocó presenciar la doble representación de un funcionario. Fungía él como el
Gobernador y como su Secretario de Gobierno en la misma mesa. Aquel señor, doblemente interpelado, tuvo que participar,
en el curso del evento, motivado por un punto en el que estuvo en desacuerdo, parece que por partida triple debido a que diferían
entre sí no sólo sus dos representantes sino él mismo. La intervención, siendo muy seria, trasminó
el ánimo de aquella audiencia somnolienta como un verdadero acto de buen humor. Tomó la palabra el susodicho,
a título personal, para decir que su representado A no toleraría a su representado B el que no interviniera
para señalar que ambos estaban en desacuerdo, al igual que él mismo, interpósito asistente, con algunos
de los puntos ahí planteados, mismos que procedió a detallar de manera casi churrigueresca. La perplejidad vino
a alterar la atmósfera estática que inunda de suyo los actos públicos, tan tediosos y rutinarios.
Como en
el juego chino de los gorritos y los nombres, uno salió de ahí sin entender quién era quién, ni
si todos los quienes de aquel asunto habían acabado por darse la mano. ¿Suena anormal? No hablo de un gobierno
específico. Eso como un mal transestatal que nos aqueja. La pregunta que sigue es por qué no lo más fácil:
Disculparse, por ejemplo. “No me es posible asistir… bla, bla, bla.” ¿O no valdría evocar
aquí aquello de que el que mucho abarca poco aprieta? Vaya a manera de conclusión y en humilde variante de tan
bizarra moda esto: “¡Quien a muchos representa, a todos desconcierta!”
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