En 1566 se descubrieron las minas de San Demetrio donde hoy es Plateros. Ya en el siglo
XVII se tenía noticia de la veneración de un bello crucifijo de tamaño casi natural llamado el
señor de los Plateros. Su fama milagrosa se acrecentó a partir de que comenzase a correr la leyenda
de la resurrección de un muerto, por su intermediación, lo que dio origen al actual templo iniciado en 1789.
Para 1830 circulaban por todo el país folletos o estampas llamadas "novenas"
con la imagen del "niño azul que se venera en Plateros". Aquella que fue la estampa original representaba
a un niño de ocho a diez años con sombrero ancho y remate de plumas, sentado en una silla señorial de
brazos "...calza huaraches y lleva sobre los hombros la esclavina con una pequeña concha sobre el cuello de encaje.
En la mano izquierda lleva el báculo y el guaje del viajero y en la derecha una canastilla."
PEQUEÑO PEREGRINO
Esa
imagen del niño azul no existe en Plateros, salvo en reproducciones llevadas ahí por los propios feligreses.
Quien sí se encuentra en Plateros es un niño recién nacido, vestido de blanco. Su santuario cuenta con
un gran anexo en donde se han ido acumulando los exvotos que constituyen, en sí mismos, el más impresionante
y elocuente testimonio de una tradición oral, popular, que se extravía en el tiempo. Un retablo en hoja de plata
o de metal se cotiza en no menos de mil pesos. "Si tiene retablos o imágenes de santos, voy a donde usted me diga...",
apuró extendiéndome su tarjeta un anticuario del Arroyo de la Plata.
El museo Franz Mayer y Artes de México, con el apoyo de la Universidad Estatal de Nuevo México,
inició la recopilación de testimonios y arte de retablos y exvotos. El catálogo Retablos y Exvotos
y una producción en video titulada El favor de los santos ofrecen dos excelentes recursos para la investigación.
Estos trabajos se llevaron a cabo con el propósito de documentar la práctica del exvoto, ligada ésta
a la de las peregrinaciones y la fe en las figuras diversas de los santos locales.
El exvoto se reconoce en el arte popular y va desde la plasma de la manifestación oral de agradecimiento
recabada a partir de una procesión, hasta la generación gráfica y escultórica, a veces tan elaborada
y compleja como el mejor arte sacro.
Es probable que la colección
gráfica efectuada por este grupo de investigadores sea hoy la mayor muestra documental de exvotos, de distintas épocas,
con el tema específico del niño de Plateros, y se encuentra en el Museo de Arte de Nuevo
México. A través del catálogo y del video mencionados no sólo se toma en cuenta colecciones ya
rescatadas por museos, como es el caso de los retablos en exhibición en el Museo Zacatecano, sino también las
que integran el increíble acervo del santuario al que aquí se hace referencia.
LOS RETABLOS FIJAN IMÁGENES POPULARES
Los exvotos representan escenas de una religiosidad realista y cotidiana; ofrecen, también, una narrativa
de grandes contenidos a partir de la cual pueden ser estudiadas las costumbres religiosas y las expresiones de fe de las comunidades
que en esto participan. El exvoto da muestra de que existe todo un mundo intermedio entre los altos personajes divinos como
Cristo o el Espíritu Santo, de raigambre local y vistos como figuras próximas, del prójimo.
La construcción cultural de los santos y de las santas tiene que ver con la necesidad de representar los logros inmediatos.
Los santos propios que se urden a partir de la narrativa del exvoto, son humanos. El exvoto es la expresión de agradecimiento
o testimonio que da fe de sus milagros, de sus poderes o de la credibilidad que avala toda petición
hecha expresamente a una de esas figuras, haciéndolas depositarias de la fe popular.
Los retablos son la representación gráfica y escultórica de un modo de vivir la religiosidad,
aferrándose a la valoración de algún aspecto humano de los santos. A diferencia del exvoto, el retablo
consituye un arte más establecido y sofisticado. El exvoto, agradecimiento o promesa, no solo es testimonio de lo acaecido,
sino que se da por misión el incitar a otros a creer. Retablo, en cambio, toma del latín -atrás
de las tablas- una resonancia y una profundidad más formales que devienen la construcción, ya prevista, de un
objeto o imagen, marco de la veneración con que se representa a algún santo.
Numerosas familias mexicanas, que desde el período novohispano
reunían imágenes sagradas para el culto doméstico, se esmeraron en la creación de este arte que
hoy adorna los altares caseros y los atrios de algunos templos y museos que se han dado a la tarea de recuperarlos.
Una de las mejores colecciones de exvotos y retablos que hay en Zacatecas es la de Plateros.
Ahí, las manifestaciones de esa práctica colectiva van desde pequeños papeles con peticiones y recados
al Santo Niño de Atocha preparados a mano, hasta las más sofisticadas pinturas o montajes fotográficos
hechos a partir de lo que los feligreses consideran evidencia de la fuerza milagrosa de su santo.
UN SANTO CON GUAJE Y GRILLETES
"Le dieron traje de peregrino..." Apenas si conserva cierto parecido con el niño de la Epifanía.
Le pusieron sombrero de fieltro emplumado y báculo del que cuelga el guaje en el que lleva su provisión de agua;
sandalias que algunos afirman haber visto llenas de lodo; un canasto con racimos de uvas, espigas doradas y grilletes en sus
pies.
La más lejana referencia testimonial es de 1829. San Miguel
Aguayo, dueño de minas de Plateros, donó al santuario una réplica de la imagen de la virgen venerada
en la Basílica de Atocha de Madrid. El culto al niño sustituyó rápidamente al de Cristo en la
Cruz. Un hacendado ofreció espigas de oro luego de que un niño, Manuel de Atocha, lo ayudara a segar su trigo
cuando no hubo peones.
La prostituta Máxima Esparza fue liberada
por un joven que dijo al juez ser hijo de María de Atocha, de Fresnillo (1831) y don Severiano Medina, residente de
El Potrero de Chimayó, en Nuevo México, 30 millas al norte de Santa Fe, pidió ser curado de una parálisis
provocada por la artritis al Niño Manuel, de Fresnío. Don Severiano viajó a Plateros en burro
para dar las gracias y mandó construir en su rancho una capilla, todavía venerada a invitación de su
lema reverencial: "Venid a mí todos los que estéis afligidos bajo el peso de vuestra carga que yo
os aliviaré..."
En noviembre de 1963 se cayó el
señor Sabino Bernal de la parte más alta del estadio Plan de San Luis, de San Luis Potosí; andaba en
la recepción de honor al presidente de la república. El estadio estaba lleno a reventar. Por ese motivo cedieron
los barandales de tubo de la parte superior del estadio y mucha gente se cayó. Don Sabino estuvo en el hospital un
buen número de días. Su mamá, Telésfora Aguayo se lo encomendó al santo niño de
Plateros, para que le diera alivio y a cambio, ella le daría un retablo. Ambos cumplieron.
TRADICIÓN E HISOTRIA, LA ICONOGRAFÍA
El santo niño de Atocha nace del fervor popular. En un contexto donde a diario lo divino y lo terreno
se tocan, él no está solo. Con él ofician San Pascual Bailón, el niño de las Palomitas,
San Francisco de Real de Catorce, el niño Fidencio, la santa de Cabora, Pachita, Jesús Malverde, quienes viven
en los hogares cual si fuesen un miembro de cada familia que los acoge en su fe y en sus anhelos de justicia divina.
Se les confecciona la ropa como a cualquier otro miembro de la familia y, en algunas casas, ocupan el puesto en la cabecera
de la mesa cual si fuesen el padre espiritual de esa familia.
Si la
religión oficial dicta resignación -perdón- o acatamiento de la voluntad celestial, la suprema benevolencia
de los abogados divinos, en cambio, todo lo puede, es desafiante y milagrera.
El patrono
de la colectividad es un aliado personal, está cerca, habita la pequeña capilla sin lujos ni relumbrón.
Ajeno a la ortodoxia y al dogmatismo de las cúpulas ecleciásticas, se legitima a partir de su ascendente popular;
es un polo de atracción sin fronteras. El valor del patrono reside en la perseverancia del grupo que lo adopta como
propio; su fuerza divina deriva de su veneración masiva.
Estas representaciones
surgen del sincretismo y de una fe religiosa muy antigua.También, como sugirió José Revueltas, en su
novela El luto humano, tienen que ver con un Cristo militante, a través de quien se desfoga en pasión
colectiva el furor religioso ¡Viva Cristo Rey!
Aquello de que
"contra el destino nadie la gana" es sobrepasado por la devoción expresa en la peregrinación, en la
manda, en una fe que, literalmente, mueve montañas. El historiador José Valadés habló del fervor
religioso y de la resistencia contra la cultura dominante, en Díaz contra el supremo poder de Dios. Este
fervor religioso ha tenido momentos culminantes. La transición del diecinueve al veinte fue especialmente fértil.
Ante el poder y la fuerza del estado impuestos sobre la diversidad y la heterodoxia del país, los milagros son capital
tangible, de ellos depende la superviviencia. Carlos Monsiváis nombra a este fenómeno "la mística
de la marginalidad".
Un número especial de El peregrino
de Atocha, editado por los padres josefinos en 1909, documentó de cerca el misterio que rodea al niño de
Atocha. Se trata de un testimonio oficial, contundente, de la adoración que se lleva a cabo en Plateros, Zacatecas,
a 5 minutos de Frensillo, a unos 15 minutos del sitio, a pie.
Hoy
el santuario pertenece a la diócesis. Quien sabe más, dicen, es el padre Juan Pereyra Nieves, antes rector.
Auxilia también una congregación de hermanas franciscanas, las clarisas capuchinas.
El periódico aludido abunda en el misterio de dos niños;
el de Plateros llevado alguna vez en brazos por Santa María de Atocha que es pequeño, vestido de blanco; el
otro, el niño azul, de 10 años o más, a quien la mística popular forjó a partir de relatos
orales.