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Ojocaliente es a Zacatecas lo que Tres Marías al Distrito Federal. Un punto en
el camino, a unos cincuenta kilómetros de la capital del estado, sobre la carretera federal 49.
Ojocaliente es en realidad el nombre familiar de Villa de Sacramento y Real de Minas
de Ojocaliente de Bastidas, alguna vez próspero gracias a las minas del cerro de Santiago y a la agricultura de la
tuna, la uva y la hortaliza. Hoy, como muchos municipios, resiente la partida de la mayor parte de sus hijos, quedándose,
sin más, como la oportunidad del paseante para espantarse el sueño o de matar el hambre antes o después
de un largo viaje. Esta vez, he llegado en camión. Ha sido un camino placentero este que me trajo hasta acá
con la promesa de entrevistar, en su propia casa, a Ismael Guardado, el más célebre ojocalentense.
Los que no son de acá le tienen puesto al pueblo el mote de ojo cachondo. Ojocaliente es un lugar, como cualquier
otro entre los cerros. ¿En dónde quedó el ojo, podríamos preguntarnos? La sequía y la tierra
se notan demasiado. Como en otras hondonadas de estos valles, aquí abunda el polvo. Hoy, sin más bonanza que
su gente y sus remesas; sin más esperanza que el milagro para salir de pobres, la gente suele salir a disfrutar,
desde el jardín, la vista de la torre de la iglesia donde mora y vigila sus fueros Nuestra Señora de los Milagros.
Aquí sólo la tradición atrae al paseante, la tradición y sus restaurantes
que cerrarán en cuanto empiece a funcionar el libramiento de la carretera que mudará, unos cuantos kilómetros,
el paso del desarrollo. ¡Ese es el único cambio que se ha visto por aquí en años! “Creo que
desde Cervantes Corona”, apuró uno del pueblo, ya casi llegando al paradero de autobuses. “Yo ya ni voto,
para qué, si con este último gobernador lo único que nos cayó del cambio fue ese maldito
libramiento.”
Descubrí, así, que este
ojillo cálido al que la tierra vio brotar entre los mezquites está por perder para siempre su calidad de punto
de referencia, de pasaje obligado. “Morirán los negocios, los restaurantes, todo…” me dijeron con
desaliento aquellos a quienes no entusiasma en nada la carretera de asfalto aéreo que el gobierno anuncia con bombos
y platillos. Ellos quisieran, en cambio, revivir el adobe de la plaza, recuperar el cine y el olor y el color de la cantera.
Desde una de las cuatro esquinas de la plaza principal, la única, intenté tomar
una foto de la iglesia, pero me detuvo la voz firme de María Guadalupe Solano Parga: “No desde aquí…”
ordena. “Debe irse más lejos, para ver completas las torres, en ángulo, desde arriba…”
“¿Es usted de aquí?” Cambié de tema para evitar que mi interlocutora descubriese
que no me consideraba ni siquiera una mala fotógrafa. “Sí…”
Respondió parca. Y su silencio, me inspiró, me dio el motivo para asomarme a esos dos ojos que me miraban fijo,
por detrás de un par de gastados anteojos.
“¿Qué
le gusta de Ojocaliente?” Le respuesta sucinta y corta no me sorprendió: “¡Todo!”
VOLVÍ A INTENTAR UN INTERCAMBIO QUE ME LLEVASE HACIA OTRA VETA
“¡Todo!” Escuché de nuevo. Pero esta vez una sonrisa se encendió en su rostro pálido.
Aquel segundo “todo” se vio rápidamente avasallado por su propia contundencia.
“¿Conoce a sus artistas?” La respuesta que escuché fue un atropellado “si”,
e igualito que si se dispusiera a enumerar una larga lista me dijo, al tiempo en que se llenaba de aire los pulmones, “…conozco
a Ismael Guardado. No sabe lo que es él para nosotros. A mí me restauró unos santos. Quedaron preciosos,
son de madera. Tienen como doscientos años y él me dijo que eran unas joyas, que no se las soltara a nadie.”
[¡Di con la veta…!]
Me detuve un instante.
Imaginé el ancho pecho de Ismael, de haber tenido en suerte vivir este momento, de mañanita. ¡Cómo
de que nadie es profeta en su tierra! Di unos pasos más y me apareció otra clave. “Aquel que ve, en la
banca” –apuntaba vehemente a un hombre detenido en el jardín de la cabecera, como si el tiempo no existiera-
“es el padre de Ismael Guardado… En esa esquina está su casa de familia, su casa natal,
doña Isadora, su madre, era maestra. Ahí se reúnen de vez en cuando los del pueblo, son los que quieren
abrir una casa de cultura con el nombre de Ismael.”
Ya
íbamos rumbo a su casa, a ver esos santos que Guardado restauró a la perfección. Y la plática
iba, también, por rumbos increíbles. Terminamos por donde empezamos. Doña María Guadalupe acabó
de repasar que era de aquí, que casi toda su vida ha vivido aquí y que los únicos ocho años en
que no fue feliz fueron los pasados fuera de Ojocaliente, con su marido.
MANUEL CERROS, EN EL CATÁLOGO DE GLORIAS
Mi anfitriona acababa de dar con el segundo hijo célebre de su lista, un prominente músico de la Tuba.
“Él trabaja en la filarmónica de Guadalajara, pero es muy amante de su pueblo y de su origen, siempre
ha promovido eventos en su ámbito que es la música.” Y a partir de ese punto me hice depositaria (mucho
más que una vil oyente) de las más caras anécdotas de aquel pueblo apacible, a punto de hacerse aún
más remoto y apartado del trajín urbano. “El evento de su vida…” -apuró mi espontánea
relatora- “… se hizo, modestamente, acomodado afuera de la presidencia. Pero aquí casi nadie sabe de eso.
¡Imagínese! Llegaban ráfagas de aire que hacían que se volaran las partituras. Hubo que interrumpir
cuatro veces el concierto.”
Cuando pregunté
por el público escuché decir que el tal concierto estuvo desolado –no sé por qué no me extrañó-.
“Estábamos tres gatos, pues no hubo promoción.” Y para rematar aclarando que hay quienes llevan
culpa en éste como en otros entuertos, María Guadalupe lanzó su broche de oro: “Aquí no
hay condiciones, es una pena que vengan músicos con tal disposición, tan mal pagados, tan mal comidos, ¡tan
mal traídos!”
DEBEMOS TENER UN ESPACIO DIGNO, ADECUADO
“Hace treinta años que se han hecho gestiones para una casa de la cultura en Ojocaliente. Sí,
se lograron apoyos económicos pero no se dio seguimiento a eso. Ahora la gente quiere que lleve el nombre de Ismael,
¡de quién más!”
“Treinta años”,
me oí decir en voz alta, ¡Casi toda mi vida!
Pero
los del pueblo nomás ven pasar, una presidencia y otra más… “Los de Ojocaliente no queremos excluir
a las autoridades sino incluir a la sociedad civil” agregó más tarde Marcela Sagredo, recién llegada
de Monterrey, con ánimo de cambiar cosas y, por fin, apoyar la labor cultural.
“¿Qué pasa con Ojocaliente?” Le había preguntado a Ismael, en nuestra primera
entrevista, en Zacatecas. Y el contestó, con desesperanza, “está olvidado o ha perdido su carácter,
su historia. Se va transformando para mal. Nos pintan las rocas de rosa. Imagínate, las piedras. Ya no existe el Ojocaliente
de mi adolescencia. Las calles empedradas desaparecieron como si el pavimento fuera signo de civilización. Se utiliza
el adoquín comercial en la plaza. Deben recuperarse el adobe, las tierras naturales. No hay un buen auditorio, un hospital,
un centro recreativo, un cine. Hace cinco años desapareció el cine de mi adolescencia, se llamaba el cine Oteo.
No se conservan los lugares con los que el pueblo surgió.” E Ismael, habló, con la mirada puesta en ese
sueño que estaba a punto de esbozar. Tan sólo por el placer de tocarlo de nuevo.
“Yo tuve un sueño, un taller, para el trabajo textil, el grabado, la pintura. Pero si en Ojocaliente
no hay infraestructura para otras cosas tampoco lo hay para la cultura.”
LOS PUEBLOS TIENEN LOS GOBIERNOS QUE SE MERECEN, O ASÍ SE DICE
A mis anchas, de mañanita, en esta Roma zacatecana, decidí averiguar qué pensaba el alcalde,
sobre todo ahora, con lo del libramiento.
“Ojocaliente sufre por partida doble”, me contaron un par de lugareños al tiempo en que hacíamos
antesala. Prefirieron no darme su nombre. “Hay como una racha de mala suerte. Padecemos al gobierno del estado perredista
y al panista que nos tocó de presidente municipal. No dan una, ni uno ni otro. Es más que un maleficio. Vaya
nomás a hablar con el tal Efraín…” Y en el silencio que siguió al nombre del alcalde, una
elocuencia sin palabras se agolpó toda junta en aquella manera sencilla de expresar, tan espontánea.
YO YA TRAIGO MI PROPIA MELODÍA
La controversia que caracterizaba a aquella presidencia panista, se hizo visible al momento mismo en que apareció
Efraín Ibarra, el tal Efraín. Joven, atropellado, casi violento, me increpó sin tapujos: “¿Es
usted periodista o viene a venderme el reportaje?” No me ofendí, al contrario. Sostuve el tono y le contesté
que yo ni vendía ni compraba nada. Si estoy aquí es para preguntarle por qué no ha acabado de abrirse
la casa de cultura que la gente pide a gritos, desde hace más de treinta años. “Hay prioridades”,
respondió en tono un poco más cordial. “Primero debo asegurarme de que el estado, la federación
y el municipio tengan la disponibilidad de recursos.”
Pero la gente del pueblo asegura que está ya asignada la partida, listo el recurso para una casa de cultura
-apuré para que no siguiera con la filípica de siempre-.
Pero no tuve suerte, una interrupción de más de veinte minutos siguió a mi atrevimiento. Lo
llamaron, por el aparato de radio que usaba para comunicarse obviando los teléfonos, desde un hospital donde estaba
siendo retenido, contra su voluntad, un pobre paciente. Me enteré de la historia. No lo dejaban salir porque no tenía
suficiente dinero para pagar. “Pero no pueden retenerlo a la fuerza” oí que dijo aquel funcionario, un
tanto tibio. “Déjelo salir o no va poder conseguir lo que le falta pa’ pagar, cambio y fuera.” “Tengo que irme”, disparó hacia mí,
abriendo la puerta falsa de la necesidad, de nuevo, y al tiempo en que depositaba su radio sobre un maletín. “Hay
un amigo en una cama de hospital… no le digo que tengo mis prioridades.” Insistí, ya molesta. “Pero la cultura también es prioritaria, señor.
En Ojocaliente hay mucha droga entre los jóvenes. También se van al otro lado, casi todos.” “Qué bueno que toca ese punto…” –me
dijo, juraría que sintiéndose comprendido. “Esas sí son mis prioridades. Pero la gente que usted
dice, luego son grupos que no dejan que salga lo original. ¡Confunden! Quieren cultura, pero quieren seguir escuchando
La Quinta de Beethoven, cuando habría que luchar, más bien, por colocar la propia melodía. A
mí consideración, cultura no es sólo darle difusión a un museo o a una pintura, sino realmente
seguir creando e innovando. Pero ya se hizo un apartado de dinero para eso…, tiene usted razón.” “Lo dice con desdén…” -le comenté-
“y me parece que desprecia usted al grupo que está empujando para que se abra una casa que impulse la pintura,
con el nombre de...” “Mire,
señorita, aquí no hay plasma, ni rasgos de que alguien destaque, porque no hay paredes pintadas más que
de los cholos.” [Sic] Estaba
a punto de reír porque la candidez de aquel funcionario era más conmovedora que ofensiva. Además tenía
prisa y me pareció cruel retenerlo mientras un pobre paciente esperaba que lo fuese a liberar. Y Efraín, el tal Efraín, que estaba a
pocos meses de ser impugnado por nepotismo y abuso de autoridad, aventó una de las metáforas que le dieron celebridad: “Mire usted, la cultura es como cuando nace un niño.
Si se lo hace malcriado, así va a ser de grande. Si mi consejo cultural nace viciado de origen, no vamos a
tener el hijo que se desea.” Nos
despedimos a la entrada de la presidencia, con tan solo un par de segundos para advertirme que me quedara a la reunión
del tal consejo de cultura, en mieses. “Ya verá usted, me dijo, qué clase de pleitos.” Y me quedé, solo que este cantinflas de la política
local llegó a cerrar en lugar de a inaugurar la sesión de dicho consejo. Ya luego de padecer
aquellas discusiones que enfrentaban a muerte a dos bandos enemigos, los que impedían y los que alentaban el que surgiera
la casa de cultura, comprendí por qué treinta largos años no bastaban para aclararse el objetivo aquel.
Cuando se presentó apologético, pero feliz de haber faltado a aquellas aburridísimas deliberaciones casi
violentas, el original alcalde habló inspirado, anticipándose al inmerecido aplauso: “Veo aquí que hay personas de diferentes estratos
[siguió una larga pausa aderezada con una mirada que nos recorrió a todos con detenimiento]. Y pues, yo bien
digo, a cada quien su estrato [ovación]. Señoras y señores… Aquí la cosa está muy
clara. La sinfónica de Beethoven no deja de ser de Beethoven, y él no es de Ojocaliente… Yo, en cambio
[siguió otra larga pausa] ya traigo mi propia melodía.”
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