UNA
ROSA PARA MI PUEBLO
El
mito de hoy es que la página ha sido sustituida por la imagen. Y algo de eso es verdad.
Quién duda que la imagen electrónica sea, para todos nosotros, lo que fueron el foco y la locomotora
para nuestros bisabuelos. Sólo que para esa falacia, hay una más locuaz y persistente, la de una página
cuya virtud no es enseñar a leer, que leer es sólo el medio, sino enseñar a ver; a
escuchar, a sentir, a hacer que cada frase y cada palabra resuenen con intensidad y permanezcan para siempre... sensibles,
dolorosas, perturbadoras, molestas, extasiantes, sencillas, verdaderas, frescas... en el vientre.
Yo, lectora de Mi pueblo, de Pueblos del viento norte, su antecesor, de muchas
de las novelas que sobre La Cristiada se han escrito, encontré en Pláticas de mi pueblo, compilado
por Luis de la Torre, un tesoro. Pensé entonces, al ser invitada a leerlo y comentarlo, que debieran de estarse escribiendo
las historias (plural de historia), testimonio y evidencia de nuestra identidad; trabajo que, de no realizarse, quedará
en nuestra conciencia como la tarea pendiente que nos conducirá, de no llevarse a cabo, al olvido.
Y mientras leía
Pláticas de mi pueblo pensaba cuánto la migración, que asume día con día dimensiones
de éxodo, acabará por transformar el acervo cultural oral de nuestras comunidades, a un punto tal que el olvido
se cierna sobre nosotros como el mal inevitable. Pensaba que Pláticas..., daba un paso, varios pasos, en contra
de eso, del olvido. Por eso y con cierto humor titulé mi comentario al texto “Una rosa para
Mi pueblo”, recordando ese gran cuento de William Faulkner, “Una rosa para Emily”, cuyo tema principal
es, justamente, cómo una comunidad puede llegar a morir olvidada.
NO HAY FRASE MÁS BIEN HECHA O MÁS BIEN
DICHA QUE LA QUE RESUENA EN EL VIENTRE
Pablo Neruda, según me contó Berta Arenal, solía decir a sus interlocutores,
sobre todo a los que genuinamente se le acercaban para contarle algo -y a quienes solía escuchar con una atención
que casi podríamos nombrar apabullante-, eso que me acaba de decir, escríbalo. Conservaba
ese gigante, cuya obra obtuvo en vida todas las preseas y menciones destinadas al buen escritor, la convicción de que
el origen de la mejor literatura está en el modo de contar. Y contar es una manera de preservar la memoria o de hacer
que la memoria se preserve a sí misma, cumpliendo luego el ciclo de volver a urgir ser contada... Porque lo que se
cuenta bien se fija en el tiempo con un poder con el que sólo compite la durabilidad de un buen impreso.
Al compartir Pláticas...
con un compañero de trabajo, estudiante de literatura en la escuela abierta, de manera un tanto cándida pero
más profunda de lo que se quiso, esta persona me dijo: “El cuento de Maclovio me recordó a Rulfo”.
Sin pretenderlo, halagaba a Rulfo, que con la fuerza de una estética formalmente instituida trató de recuperar
para la literatura las cosas que vivió y oyó a lo largo de toda su vida. Sin lugar a equivocarme
pienso que Rulfo aspiró como nadie a escribir con esa frescura del recuerdo recién depositado en la página...
el que proviene de un modo de contar que tiene por fuerza que resonar en el vientre.
Y es que la literatura,
y se vale decir en este caso, la buena, es justamente eso. Escribir, de modo que aquel que lea
pueda decir con sencillez, y me fusilo aquí un poco de aquello que solía decir Neruda, de modo que parezca que
al leerlo, realmente uno lo estuviera escuchando... mejor, que lo estuviera viviendo.
Me refiero a una literatura
que dicte su propia temporalidad. La de los “sucedió hace como treinta años”,
los que consignan una cosa como la “muy mentada”... No hay más o menos calidad, entre
los relatos “Nomás su calavera encontramos” y la descripción escueta y llana que hace Faulkner del
mundo en el que con gran dignidad fue quedando olvidada, en su vejez adusta, Emily.
Crecimos en un mundo,
como escribió José Joaquín Blanco, donde la literatura de suyo estaba condenada a existir, tan sólo
gracias a la memoria. La memoria es nuestro recurso, nuestro instrumento, nuestra arma contra el olvido, el disco duro de
nuestro cerebro.
Nuestros siglos de vida independiente y más atrás, la historia de las naciones que
somos, así resisten los embates políticos. Hace apenas un siglo Porfirio Díaz Mori, en tiempos de escénica
paz, desplegó hacia el norte del país a dos batallones del Ejército Federal armados hasta los dientes
para combatir a una pequeña comunidad, una nación, enclavada en la sierra tarahumara, los tomoches.
La batalla de Tomóchic, que hoy por lo menos habría de ser referida como la masacre de Tomóchic,
eliminó del mapa a todo un pueblo. Después, lo hizo de la Historia.
Sólo el relato
testimonial de Heriberto Frías pudo recuperar esos momentos. Pero más allá de ese
texto, uno de poquísimos que con ese tema obra en nuestro acervo histórico y literario quizás únicamente
el texto histórico de Díaz contra el santo poder de Dios, de José Valadés, constituya
junto con Tomóchic la documentación de dicha matanza. Dos esfuerzos formales, textuales, para recordar el genocidio
de todo un pueblo. Pero las comunidades vecinas, los testigos, nunca olvidaron. Conservaron de manera fragmentaria el recuerdo,
en los escapularios que llevaban en el pecho, en las imágenes que en su recuerdo quedaron de La santa de Cabora y de
San Francisquito.
DE OTRA ÉPOCA RESISTENTE, POR LA PALABRA, DA CUENTA PLÁTICAS...
No hace mucho que revisar un archivo para conocer los pormenores de la vida en la época de
la guerra cristera era proeza de héroes. Reinventar la historia es a veces el reto a seguir para los críticos
interesados en lo que la corriente culturalista, siguiendo a Antonio Gramsci, llamó las voces subalternas.
Saber escuchar es importante,
retener, recuperar. Lo que se logra poner en la historia acaba por ser parte de la geografía. O
al revés, lo que se borra de la geografía acaba por extraviársele a la historia. El discurso oficial
es poderoso, elimina del mapa todo aquello que no le viene bien a su lógica, a su irracionalidad. Borra,
oculta, olvida. El acto de asimilar eso que se escucha y llevarlo a la plana, para que no se pierda en
el olvido es, en sí mismo, un acto de heroicidad.
La Cristiada no fue del todo ajena al discurso oficial.
Conocimos con Los cristeros, de José Guadalupe de Anda, con La negra Angustias, de Francisco
Rojas González, visiones que trajeron a la conciencia nacional cierta voz, cierto eco de aquellos tiempos.
Después de todo, la literatura tiene la virtud de capturar momentos, de describir realidades. Pero las voces
reales, la épica contada a la manera de quien la vivió, como Juan Rulfo la vio de niño, con sus paisajes
de ahorcados, con esa noria infinita que capturó en el viaje de “No oyes ladrar a los perros” que, como
el resto de la obra de Rulfo, recaptura esa sangrienta guerra, ésa, nos es, en su mayor parte, desconocida.
Escucharla en cambio, salida de las pláticas reunidas por Luis de la Torre, cual si ésta
recién saliese del vórtice que fue el conflicto real, para después incidir en la vida cotidiana, en el
recuerdo cotidiano, en la cultura de todos, es aprender a verla desde la óptica realista de quien la siente propia,
de quien se ve representado en ella.
No debe haber mejor manera de escribir que ésa, capturando el momento que la emotividad con
que se habla hace pervivir en quien, en quienes escuchan. Y yo traté de imaginar cómo nombrar este modo de contar
y pensé en varias posibilidades:
Una literatura con rostro
Una literatura ajena al anonimato, porque es de todos
Una literatura que hurga en lo más hondo
Una literatura que nos remueve todo
Una literatura que sacude
Una
literatura que se yergue con la actitud sensorial de Emily, otra vez, la de Faulkner, para influir sobre los personajes de
los más grandes y atraer hacia la página, como imán, al más sencillo de entre todos los oyentes...