ZACATECAS, POLVO Y LUZ

Cantar victoria desde Monte Escobedo

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MI PUEBLO: CANTAR VICTORIA, DESDE MONTE ESCOBEDO

 

¡Qué iba a ser fácil presentar Pláticas de mi pueblo, relatos publicados en Mi pueblo (1978-1998), en Monte Escobedo, entre los propios relatores que le dieron sustancia! A la dificultad de tener a Luis de la Torre al lado y de incurrir en el atrevimiento de teorizar sobre una realidad que late, para fusilarme a César Vallejo o a Efraín Huerta, con fuerza de corazón desbocado, se sumaría, sin duda, la de venir a hablar de un libro cuya inspiración y fuente estaría ahí, sentada frente a nosotros, los presentadores, Enrique Salinas y la que esto escribe -dos lectores fuereños, con apenas el recurso de hilar la voz, con códigos, también, ajenos.

 

Y conste que no debe haber escritor, en nuestra historia literaria, que no habría sido feliz de contar con la suerte de volver a sus protagonistas, de carne y hueso, de dialogar con ellos. Así Azuela, Guzmán, Yáñez, Rulfo. La de Monte Escobedo no fue una audiencia sencilla. Se impuso, demandó el diálogo con elocuente silencio, desde que empezó a acomodarse, de a uno en uno, en la sillería dispuesta en el salón de cabildos del municipio.

 

A TROPEZARSE CON LAS PALABRAS

 

Hasta antes de llegar al encuentro de Monte yo había tenido el nerviosismo bajo control, refugiada en aquello de que las palabras, cuando se emplean con precisión, lo llevan a uno de la mano de cualquier realidad... ¿o lo confunden?  No es lo mismo, después de todo, mirar con los ojos que mirar con las palabras.  Por eso Rulfo le robó un pedazo de paisaje a Zacatecas... ¡Qué es un pedazo de paisaje ahí donde la carretera se sale de la línea hacia Jalisco... como si a pulso de niños, ante su hoja de dibujo, el topógrafo se hubiese guiado tan sólo por la ruta informe que le fueron imponiendo las barrancas! 

 

Para uno sentirse a sus anchas en el campo, hay que saber nombrarlo. Al no saber ni cómo describir estos valles tan verdes, tropezaría con la palabra ciénega, por ejemplo, para no decir el campo, a secas, ni recurrir a seco, desértico, matorralero.  Porque este campo es especial, tan lleno de colores, de matices, de tiempos, de sentidos (siempre en plural).

 

Tanto color y tanto olor seduce, embriaga... –una de tantas pruebas que habría tenido que pasar Ulises en su viaje a qué Ítaca extraviada entre cerros y páramos-.  Oigo a Felipe de la Torre decir que "hay ahí un oasis al referirse a un bosque de encinos, no hace mucho amenazado por la tala". Desde Huejúcar, creo, me había sobrepasado ese horizonte de barrancas verdes, recién llovidas. Monte, abrazándote desde el primer contacto, atrapándote en la inmensidad sin tiempo. Cuando las copas tupidas dejaron escapar ese trocito de historia que defendió el encinar de las sierras eléctricas, ¡para transformarnos!

 

Y al contacto del habla aclaradora, pensaste que la ignorancia depreda y deforma en ese ser que se desgasta sin oler y sin estar jamás a tono con la tierra.  Monte Escobedo, monte, empieza sin anuncio en uno de esos cruces fronterizos interiores del tiempo en donde las palabras, las explicaciones, la crónica se agota, falta… ¿falla?

 

EN EL SALÓN DE CABILDOS

 

Se habían juntado unas cuatro personas antes de que llegáramos.  Casi caímos en la tentación de creer que nadie más vendría.  “Es que no avisaron”, dijo La Nena, sentada junto a su hermana, silenciosas ambas hasta que alguien creyó reconocerlas.  “Si uno está interesado viene el día que sea, a la hora que sea” -propuso un joven que parecía contar con ciertas claves; era el mismo que, hacia el final, halló en su manga un motivo para hacernos reír y distender los ánimos que se enjugaban las lágrimas, ya todos extraviados en la nostalgia colectiva que desbordó, sin avisar- “Me gusta andar pasando por arriba de los árboles” –cerró contundente.

 

En aquel municipio que más parecía la sede de un poblado fantasma aparecieron, de uno en uno, cincuenta, sesenta, ochenta... protagonistas todos de estas pláticas... que Luis de la Torre eternizó en su segundo libro, publicado por Mi Pueblo. Para cuando fue hora de empezar el espacio  lucía repleto.

 

“NOS ESTÁ HACIENDO FALTA EL MENUDO DE DOÑA CUCA”

 

Se sentía como si en cualquier momento fuésemos a ver entrar, bajo el influjo de una transmigración mágica, a Doña Cuca, con un enorme recipiente de menudo, suficiente para fijarse en la memoria de todos los presentes. 

 

Así es el tiempo acá,  se entra y se sale de él, con sus hace muchos, que van dejando huella en  los actos cotidianos. 

 

Y los recuerdos, apilados al garete, sin reclamar fechas precisas parecían ir, sin secuencia, despojados de ese otro tiempo así ordenado y olvidado.  “Se formó un comité de defensa entre la gente para salvar el encinar”, se oiría decir, mientras el sabor de unos elotes recién cocidos sazonaban la impronta única de la convivencia. “Una asociación para la defensa de los valores en Monte Escobedo... un salón de lectura  para adultos con Elodia y otro para jóvenes y niños, con Elvia... (Su hermana, ambas maestras)” Así sería durante La Cristiada.  Uno pasó la voz y lo demás fue un encenderse, entre todos, para defender la tierra y de la tierra las ideas de los hombres, su fertilizante en la acción, en el amor, en la comunicación. 

 

Por algo Monte Escobedo lleva bajo su escudo la leyenda “En ti confiado cantaré victoria”.  Y su primer nombre es monte, sólo monte, como suelen llamarlo de cariño quienes al hacerlo se niegan a asumir el nombre de héroe en particular, aunque después en el apellido se acumulen las épocas ¿las revoluciones...? ¿El eco de tiempos, esos sí fechados y remotos como el de la Revolución de Ayutla? ¿Esa ya menos cálida trascendencia que se desprende de la historia oficial y de los actos solemnes entre los que jamás llegan a resonar estas pláticas?

 

“Nuestros abuelos hicieron algo para cambiar las cosas” dice una voz emocionada e insta, a punto de cortarse: “¿¡Qué vamos a hacer nosotros...!?”

Ya no alude a La Cristiada como mero dato histórico; evoca, su íntima sonoridad, haciendo eco a pláticas de hoy que acaban de desatarse, entre nosotros, los presentes, cada uno con su historia personal y su palabrería lista para salir y desbordarse entre tantos oyentes.

 

“Nos está haciendo falta ese menudo de Doña Cuca”, habla esta vez Felipe Delgado, que retuvo de un relato la generosa profundidad de su título: "El Menudo más sabroso"... aquel menudo tan bueno que fuera pulso de las cosas del pueblo.  “¿No dicen que reunía a los del gobierno, a los de la acción católica, a comunistas, a anarquistas, a todos, chupándose los dedos?  ¿Cuál será la receta?”  Y al escucharlo nos preguntamos, más allá de saber que Arturo Esparza se llegó a comer hasta seis platos en una sola sentada, si lo del menudo no es la alegoría fantástica...  que nos pone en sintonía.

 

UN RADIO DESCOMPUESTO, PRETEXTO PARA PLATICAR...

 

Acabamos de pasar por Jerez, donde la noticia del retiro del triunfo electoral a Andrés Bermúdez, por fallo judicial, relegaba el diálogo con los emigrantes, millones de ellos, al otro lado de la frontera.  Monte Escobedo no permanece ajeno.  Cómo, si en cada familia, en cada rancho, la mitad de los hijos anda en el éxodo... En El martillo quedan seis de los doce que son.  El resto, se fue.  Muchos se van.  Mitad viajera que hace cambiar el mapa con sus pasos y modifica fronteras, geografías.

 

“Vamos hablando de  los migrantes", urge Felipe Delgado a Luis la Torre... “Mande el mensaje que nosotros, los discriminados, seguimos luchando, a 2000 kilómetros de distancia o más... Dicen que son 125 mil dólares los que mandamos diario... que no se nos humille, que no se nos dé esa bofetada. Se nos discrimina [sic] en nuestro propio estado cuando no resulta que somos ciudadanos de segunda clase.”

 

Y concluye Rosalba Ruiz, a quien la concurrencia da la voz: “Es un fraude lo de Jerez...” y  Rosalba habla con la nitidez de quien desea comunicar, aprovechando el recuerdo de un radio descompuesto.  “Me gustaría darles a mis hijos, en el otro lado, no sólo una vida digna económicamente sino la comunicación... eso que yo aprendí de mis abuelos y de mis padres...”

 

"NO ME PUEDO QUEDAR CALLADA"

 

Loren Delgado dio con la veta de esas otras pláticas que nos pusieron en contacto con nuestra historia más inmediata. “En mi universidad –Loren vive y estudia en Pomona California- junto al estacionamiento, hay un corral.  Y yo, a diferencia de los otros estudiantes, chinos, de todo el mundo, que pasan por ahí rápido, para no oler, me paro, cierro mis ojos, respiro y me quedo ahí, pensando que así huele  mi Monte Escobedo".

 

Siguió la maestra que regresó al terruño luego de veintitantos años fuera... “mi cochinero, mi corral...” aclaró antes de que su voz se adelgazara en el llanto colectivo.  “Tuve hambre de regresar a mi tierra.  Quería que mis hijos tuvieran eso que yo tuve, que aprovecharan ese olor a caca de vaca, a qué se yo..."

 

“La microhistoria es la parte más íntima de nuestra historia” reiteró quien se expresara entusiasta para afirmar: “si a mí me cobraran por vivir en Monte Escobedo, aquí viviría”.

Y ya no hubo orden ni moderación, al tiempo que el palabrerío se fue agregando al relato  que la Nena dejó escapar, con voz pausada... “Me contaron mis padres cómo chispeaban las herraduras en las piedras... Pensé que agarraban a mi mamá y ya no te sé decir qué pasó... Todo aquello... Mi mamá se metió a la cocina y aparentó que era la sirvienta".

 

Cerró, simbólicamente, el primero en llegar. “Yo tenía un bisabuelo que vivía en El Mortero; me platicaba sucesos de aquellos tiempos; era hombre de esas inconformidades que quedaron después de la guerra...

Tenía inconformidades con otro hombre... le prepararon una emboscada... lo dejaron muerto en las tapias...” 

 

Reír, llorar, hablar, romper con la tónica habitual de las presentaciones... eso ocurrió en Monte Escobedo... para el encuentro, íntimo en verdad, con nuestra historia, con nuestras pláticas.

 

Y al contacto del habla aclaradora, pensaste que la ignorancia depreda y deforma en ese ser que se desgasta sin oler y sin estar jamás a tono con la tierra.  Monte Escobedo, monte, empieza sin anuncio en uno de esos cruces fronterizos interiores del tiempo en donde las palabras, las explicaciones, la crónica se agota, falta… ¿falla?

Se sentía como si en cualquier momento fuésemos a ver entrar, bajo el influjo de una transmigración mágica, a Doña Cuca, con un enorme recipiente de menudo, suficiente para fijarse en la memoria de todos los presentes. 

Así es el tiempo acá,  se entra y se sale de él, con sus hace muchos, que van dejando huella en  los actos cotidianos. Y los recuerdos, apilados al garete, sin reclamar fechas precisas parecían ir, sin secuencia, despojados de ese otro tiempo así ordenado y olvidado. 

Si la constancia no tuviese rumbo, dejaría de serlo. Si la nostalgia no llevase a cuestas rostros, nombres y momentos espléndidos, sería amargura estéril. Tal vez no haya infusiones para cuando el alma se suma en el recuerdo; por eso existen la música balsámica y la meditación.

Cuando le dé por renegar de la distancia recuerde aquella sabia copla que se conmisera de quien no ha sufrido todavía los dolores del adiós: "Como para no estar triste, si nunca nadie lloró por ti..."
 

Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta.

 

El día sin su noche/Zacatecas polvo y luz