ZACATECAS, POLVO Y LUZ

Sierra Hermosa, donde la luz viaja a través del polvo

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Uno puede leer la historia de dos maneras, a través de las voces oficiales, los nombres célebres, las fechas importantes, o del testimonio de quienes la viven y hacen a diario.  En Sierra Hermosa esa manera oficial se ve avasallada por la otra, que sólo cobra vida cuando sus habitantes hablan, cuando sus habitantes narran. No hay referencia más fidedigna que aquella que ofrecen sus sobrevivientes -de verdad que así pueden ser llamados los que se quedan, los que permanecen, los que parecen resistirse, con la fuerza del cactus, a ver borrados su suelo y su tiempo por esa suerte de rutina renovadora que son las tolvaneras-.

Sierra Hermosa es un pequeñísimo poblado localizado en el municipio de Villa de Cos, Zacatecas. Es muy probable que su población se reduzca a un ciento de habitantes solitarios. Los oriundos de esas tierras refieren con orgullo su pertenencia entrañable. Primero, la comunidad cercana, propia, esa que suelen enumerar en breve tiempo por nombre y apellido... La Noria del Burro, El Rucio o Chaparralito, dicen por coordenada única quienes, acostumbrados a enormes distancias, ahí tienen su centro de vida, su hemisferio.  Y es que tan solo el territorio de un municipio en el norte del estado, Mazapil por ejemplo, con 13 636 kilómetros cuadrados ocupa más espacio que Querétaro y el Distrito Federal juntos.  Mazapil no alcanza los 16 mil habitantes.  La densidad es de 1.2. Imagine aunque no sea imaginable... un alma sola en todo un kilómetro, ante la posibilidad de hallar a alguno que pase para recordarle que ambos viven.

 

Cerca de media hora conversé un día con la joven que atendía la caseta en Tanque Nuevo, comunidad de El Salvador, en el extremo norte del estado.  Más que plática, nos reconocíamos.  Ella, segura, cierta de que yo no contaba con las claves del sitio, “bastaba oírme...” Yo, fascinada ante la comunicación misma, el encuentro de tiempos, el testimonio que me eché al bolso, en mi libreta, con la certeza de que, al punto, cobraba el valor de lo insólito... lo viví, lo palpé, pude sentirlo. 

 

Pero volvamos a Villa de Cos, un poco más al sur, con sus 32 mil y pico de habitantes repartidos en 268 comunidades, resintiendo la migración cual si esta fuese “lo inevitable”, “la esperanza mínima”. Y es que se trata de comunidades tan pequeñas –de apenas una centena de habitantes en promedio- que si alguien se va, falta, se le extraña, se lamenta su ausencia.

 

De la cabecera municipal de Villa de Cos a Sierra Hermosa, la última clave mundana es una gasolinera, frente a la cual una pequeña fonda avisa que se ha llegado al límite del tiempo.  “La pasadita” se llama, con su publicidad de refresco y el colorido que certifica que se está ante el último paraje, frontera temporal y espacial donde concluye el pavimento.

 

A partir de ese punto mi referencia más próxima es la literatura.  Imagino los días goteando en la página de Agustín Yánez, en Al filo del agua  o a Juan Preciado, abandonando el camino pavimentado, un poco antes de internarse en Comala.  Porque vuelvo a creer que Comala está en Zacatecas, esta vez en Sierra Hermosa y la analogía involuntaria prefigura este otro paraje de historia (con minúscula), invitándonos a entrar y salir del tiempo a voluntad, o porque acaba de cruzarse el umbral de una puerta imaginaria entre geografías. 

 

Afuera, el viento remueve el polvo de manera constante; obra como un gran borrador de caminos.  “Derecho, pasando el tercer poblado, estás en Sierra Hermosa”. La sencilla instrucción resuena en la memoria.  Pero la mejor pista es avanzar, avanzar hacia esa luz de tierra que, poco a poco, como venida de otra dimensión, lo va envolviendo todo. Es una luz especial, refulge desde abajo, en sentido inverso al que estamos acostumbrados a esperar, desde las alturas, desde el sol.

 

Unas pequeñas casas geométricamente cuadradas se esconden detrás de las bardas de piedra, apiladas en franco desafío del tiempo y de la arenosa condición nomádica del suelo, donde todo se volatiliza, a la más mínima ráfaga de viento.  Se me ocurre pensar que el color no hace falta aquí; la luminosidad encuentra sus tonalidades mágicas en los pigmentos que aprisionó la tierra, volviéndolos ese barniz temporal que todo lo enciende, a medida en que acierta a repasarlo la mirada curiosa, la mirada memoria.

 

Y bastan unos diez kilómetros para que el viajero empiece a asumir la incolora luminosidad del paisaje.  Inmerso en ella, una vez que se mete en las moléculas de los seres vivientes, hace, después, que todo lo domine el silencio.  No se sabe por qué, pero al entrar a Sierra Hermosa, se entra en una dimensión donde el silencio ensordece, jala, envuelve, seduce.

 

De sobre las techumbres, ocultas tras las bardas de piedra, aquí y allá, asoman orondas algunas solitarias parabólicas... señal de que se está en el 2001, por si llegara a olvidarse.  Señal, también, de que ahí vibra una comunidad donde la mayoría de sus habitantes son mujeres o ancianos cuyo punto de enlace con el mundo de afuera es la comunicación esporádica con quienes se han ido, fuera del pueblo o a Estados Unidos.

 

“Aquí nacimos”

 

“Mis papás están aquí, mis hermanos tienen que viajar a Estados Unidos, de mojados, como quien dice”, comenta Blanca Pinales. Van a trabajar porque la agricultura prácticamente está perdida aquí, no hay fuentes de empleo. Se quedan los de la tercera edad y los jóvenes que están en la telesecundaria”.

 

“Lo único bueno es que regresan...” agrega sonriente, esperanzada.  “Regresan en marzo y en diciembre, sobre todo en diciembre, porque el frío los obliga a regresar... pero dejan a su familia aquí y se van, otra vez, al otro lado”.

 

Entre las mujeres y niñas que han salido de sus casas y ayudado a adornar la fachada de la antigua hacienda de Sierra Hermosa, porque es uno de esos días en que se celebra a un hijo que regresa, nos acercamos a Agustina Trejo, Teresa Uribe, Ana Lucía Pérez Gutiérrez, Diana Rivas Uribe, Janet Pinales, Blanca Pinales, Janet Lara, Librada Trejo Ramírez, Celia Vázquez y Mónica Vázquez.  Y se nos quedan sus rostros serenos y unas sonrisas que sólo toman forma en esas palabras que parecen resonar contra el silencio que golpea en la tierra seca.  Y ahí, bajo la sombra, dejamos pasar un pedazo de día, con la mirada fija en el camino que sólo deja escapar alegría a la vista de las tolvaneras que levantan los autos, al llegar.

La Noria del Burro, El Rucio o Chaparralito, dicen por coordenada única quienes, acostumbrados a enormes distancias, ahí tienen su centro de vida, su hemisferio.

Si la constancia no tuviese rumbo, dejaría de serlo. Si la nostalgia no llevase a cuestas rostros, nombres y momentos espléndidos, sería amargura estéril. Tal vez no haya infusiones para cuando el alma se suma en el recuerdo; por eso existen la música balsámica y la meditación.

Cuando le dé por renegar de la distancia recuerde aquella sabia copla que se conmisera de quien no ha sufrido todavía los dolores del adiós: "Como para no estar triste, si nunca nadie lloró por ti..."
 

Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta.

 

El día sin su noche/Zacatecas polvo y luz