Al igual que en el
resto de Zacatecas, en Mazapil, Concepción del Oro, Melchor Ocampo y El Salvador, hay sed, el agua falta, llega a capricho,
se da a desear. Y son estos, en el contexto de la geografía global y los caminos megabíticos o los de asfalto
aéreo –así alardean los informes gubernamentales acerca de sus carreteras-, sitios remotos, poco frecuentados,
alejados de las expectativas y oferta de una elite centralista que gusta de los hoteles de cinco estrellas y los destinos
de playa. A Mazapil no llegan las supercarreteras, ni celulares, ni las computadoras, vaya, escasean los teléfonos
de alambre, los postes de luz, los coches. Para comunicarse a Tanque Nuevo, es necesario llamar a la caseta y dejar recado.
Como sólo hay una empleada de turno, se espera uno a que ésta se vaya a casa y reparta “las razones”.
La única alternativa que se opone a la ley de la casualidad en este sistema de comunicación es que el interesado
sea visto desde ahí. “Si pasa por aquí, le digo que llamó” me dijo la encargada, dueña
de toda la información que hace falta en El Salvador, para sobrevivir. Mi mundo referencial urbano me hizo cometer
craso error...
-¿Se acordará?
-Pos como no...
Y aquel “pos como no...” quedó prendido al recuerdo, al igual que se quedó la llamada,
mi llamada, el acontecimiento del día en la memoria de aquella joven entusiasta que trabaja a la entrada, vigilante,
sabedora de todo cuanto ocurre en ese pulgarcito del noreste zacatecano.
Y, en efecto, quién olvida
la inesperada comunicación, venida de lejos -en el semidesierto todo queda lejos-. Así se sabe de los que van
a Illinois, a Washington, a Utah. Lo primero que hacen es comprarse un celular para llamar y dejar recado. Ahí donde
no hay medios de comunicación local, donde los periódicos llegan de milagro, las llamadas son la verdadera noticia
del día, el único contacto vivo con esa otra dimensión que es el exterior. El azar de los caminos se
verifica en las enormes distancias. “Así es...” en esa estática que
el tiempo olvidó ahí, en qué pasado capítulo, de qué historia, por supuesto que no la oficial.
Algo resplandece en el mágico silencio
Al referirse
al desierto y a sus habitantes Antoine de Saint Exupéry escribió en su famoso libro El principito:
“¿Los hombres? Existen algo así como seis o siete. [...] Parecen arrastrados por los vientos, como no
poseen raíces.”
Y luego comentaba acerca del propio desierto el mismo autor, “siempre
he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano sin ver nada, sin oír nada y, sin embargo,...algo resplandece
en el mágico silencio.”
En todo desierto andar es parte de la vida. Amelia, Ame, obtuvo su primera
plaza en Nuevo Mercurio, más adelante. Me contó que le daba miedo irse hasta allá. En general las vacantes
en la zona se utilizan con los nuevos o como plazas de castigo. Si los maestros no tienen vocación
mudan de oficio, sin más. En esas soledades, no hay raíces ni huellas que perduren.
Los
llamados chichimecas, habitantes originales de estas tierras, desafiaban al terreno y a los caprichos del clima yéndose,
de un sitio a otro, mudando de cultivos, de alimentos, de geografías, de historia. Sobrevivientes, tenaces, enfrentaron
al invasor con sus arcos y flechas venenosas en ataques furtivos, fugaces. Y por aquí anduvo errante, también,
el divino simulacro de mi padre Jesús, guardián de humanos, dolorido cristo que hoy representa a una
comunidad de caminantes, desde su humilde capilla de la Veracruz. El Jesús mazapileño, fue hallado en una valija
de cuero, simbólica a su vez del calvario de sus dueños, extraviados, seguramente muertos. Este Cristo del desierto
simula el peso de la cruz en sus hombros encorvados y, todo él, envejece de verdad, cual si no fuese sólo simulacro.
“No tiene ni belleza ni esplendor; no es hermoso a la vista” avisa su leyenda, fiel al emblema, a la cadena de
casualidades que concluyó en su hallazgo al interior de la valija abandonada...
“Sobrevivimos
gracias a las remesas”
Para el culturalista, el semidesierto zacatecano ofrece dos ángulos
importantes, la minería y la migración. Sus vastas tierras temporaleras áridas, ásperas, albergan
a esa extraña estirpe de amantes el suelo y del subsuelo, sobrevivientes tercos del éxodo y del olvido. A razón
de dos habitantes por kilómetro cuadrado, la región ve su mayor densidad demográfica en El Salvador,
cuya superficie rebasa apenas los quinientos kilómetros. Toda la región, hasta los bordes de Mazapil, no llega
a los 40 mil habitantes en una superficie de cerca de 18 mil kilómetros cuadrados.
Los caciques aquí son figuras naturales. Una familia o dos han hecho fama de ser
las poderosas. Hay pocos negocios, maquiladoras, talleres iniciados en tiempos de Luis Echeverría, desprovistos ya
de lo esencial para mantenerse aún a nivel de mera industria familiar. El ganado y la agricultura son fallido sustento
de quienes saben vivir de la tierra, los dueños de la tolvanera y la sequía... los pobres, más pobres
del estado. El semidesierto sirve de zona experimental. Alguna vez fueron las minas, luego se dio la lechuguilla, el ixtle.
Todavía se piensa que en las fibras naturales hay respuesta. Pero el tejer canastas no da para salir delante. Por eso,
en cada casa faltan los hijos y muchas de las hijas y los viejos nos cuentan, desde sus desdentadas sonrisas, las largas temporadas
pasadas al otro lado.
No sé por qué no me sorprende que a El Salvador lo gobierne
una mujer. Los hombres jóvenes, en su mayoría, se han ido. Cinco de los
ocho hijos de la alcalde priísta, Natalia Gámez Ochoa, viven fuera. Si uno se fuera de casa en casa por Tanque
Nuevo, preguntando, el censo sería brutal, revelador. Así que si no gobernase ahí una mujer, tendría
que hacerlo una mata de órgano o la última vaca flaca que sobreviviese a casi siete años de sequía.
Al igual que las escuelas
que acabarán por cerrar sus puertas por falta de demanda, el campo, morirá, avasallado por gobiernos entre cuyas
prioridades no se cuenta el desarrollo del sector agropecuario. La agricultura de autoconsumo es lo único que queda.
En el semidesierto se sobrevive gracias a las remesas, es decir... porque se fueron a Estados Unidos los campesinos que antes
cultivaban estas tierras yermas. Muy pronto la población de adentro se alimentará de productos sintéticos
y semillas incubadas en un laboratorio del país vecino, mientras nuestros campesinos morirán pizcando uva, guayaba
y aguacate como en los tiempos de la yunta y del surco, afectados de pesticidas en riñones y pulmones. Muchos regresan,
pero no vuelven a tolerar el trabajo sin remuneración. Se van a las ciudades, compran un coche y solicitan su concesión
de taxi o ponen un negocito. La mayoría se vuelve a ir, hasta que ya no pueden con el trajín, de viejos.
Soy un
pobre venadito que habitó en la serranía
Durante la colonia, El real de Mazapil gozó de gran prestigio -Mazapil quiere decir
venado en náhuatl. Fundada en 1562 hoy sólo conserva la tradición de su parroquia, San Gregorio y la
casa del Marqués de Aguayo, donde lucen empolvados añejos documentos, tesoro del paleógrafo, actas de
ventas de esclavos, padrones, algunas fotografías, algunos mitos, como el del túnel que conduce a insólitos
subterráneos.
En Mazapil se entra en una dimensión de carencias, de pobreza sin freno. La mayoría de los
habitantes sólo concluyen el tercer año de primaria. ¿Su escuela? Es el trabajo, el trabajo duro y con
pocas herramientas. Desde que se acabaron los subsidios Mazapil sangra. Además de los aumentos del libre mercado están
los del transporte de alimentos. Desnutrición y soledad son la marca de la niñez mazapileña, cuyo primer
deseo en la actualidad es irse, a cualquier parte. En su amplitud insólita, donde cabrían varios municipios,
varias veces Aguascalientes o Colima, la densidad poblacional sobrecoge. Un habitante por kilómetro cuadrado, acaso
dos. Los censos inflan las cifras. En una casa de familia, el jefe menciona a los que viven ahí sin excluir a los que
están al otro lado. No miente. Vemos las fotos, el puesto vacío en una mesa semi desvencijada. Se han ido sin
irse y todos viven la espera de que el ausente, los ausentes, vuelvan.
Pero sin agua potable, sin servicios,
sin educación, Mazapil, como el resto del semidesierto, es una inmensidad sin horizonte. Sujeta al capricho de la naturaleza,
la zona se debate entre el abandono propinado por el gobierno al campo y la emigración que ha extendido los desiertos
de la tierra a los hogares. Y tales desastres se miden por décadas, décadas de desempleo, de sequía,
de éxodo.
Los de Melchor se van
En Melchor –municipio de Melchor Ocampo-, los habitantes no alcanzan para llenar un
estadio pequeño. Si repitiésemos el ejercicio en el estadio Azteca, podríamos hacer caber cómodamente
ahí a los habitantes de toda la región y hasta llevar a algunos de Villa de Cos.
En el semidesierto los desastres cobran
fuerza y de entre ellos no hay peor desastre que el éxodo. Sujeta de por sí al capricho de la naturaleza, la
zona se debate entre el abandono propinado por el gobierno al campo y la emigración que ha extendido los desiertos
de la tierra los hogares y tales desastres se miden por décadas, décadas de desempleo, de
sequía, de éxodo.
¿Y por qué tantos parten de Melchor, mermando su de por sí escasa población
de menos de 3 mil habitantes, para una extensión en kilómetros cuadrados de poco menos de dos mil? Para que
usted, lector, se de una idea, las 34 comunidades de Melchor cuentan con un promedio de menos de cien habitantes cada una,
unos 2 ó 3 habitantes por kilómetro cuadrado. Si eso no es como para sentirse solo y notar la ausencia de quienes
faltan ¿qué lo es? Hoy en Melchor, como en aquel cuento de El ahogado más hermoso el mundo de Gabriel
García Márquez, los habitantes pueden reconocerse con facilidad, contarse, saber a ciencia cierta quiénes
faltan.
La
distancia entre a cabecera municipal y las 33 comunidades restantes que conforman a entidad aumenta si se toma en cuenta que
hasta allá no llega el pavimento. Los caminos se borran tras el viajero que pasa. Son brechas arenosas, sensibles al
paso, sordas e indiferentes al progreso.
-Todavía veo las marcas de llanta, comentó un lugareño para darme confianza.
Y
otra vez al tema de las remesas de los de Melchor. Ya sea desde Estados Unidos o desde otras partes de México, los
de Melchor viven fuera, dejan su comunidad. “Casi no se apuntan para la telesecundaria” pues tienen ambiciones.
Se van a Coahuila, a Nuevo León, a la ciudad de México. Los que se quedan en Melchor sólo esperan su
turno, su oportunidad. Parecería que un día van a apagarse las luces, salvo las de la presidencia municipal,
que las casas van a quedarse solas. Sin caminos, sin medios, sin recursos, sin gente, Melchor podría llegar a desaparecer
del mapa. “O se lo comerá Coahuila, o alguna transnacional minera...”
El último tren
Hoy los gobernantes
saben que el desempleo es el problema más grave de la región, pero no buscan solución. De todos modos
la gente parte, los presidentes municipales no conocen aquí lo que es hablar frente a una multitud. Los pocos fondos
que fluyen vienen del otro lado, por eso el sueño de todos los de acá es irse, a buscarse la vida en otra parte.
Ahora las elecciones dan el poder a un partido y a otro pero las cosas no cambian. Aquí el atraso
no inició con los últimos años de vacas flacas, es algo de siempre. Pero la gente, los habitantes que
quedan por aquí, prefieren aquellos tiempos en que el paternalismo gubernamental por lo menos se lamentaba de su suerte.
Quienes gobiernan ahora, me aseguró un campesino de más de ochenta años, ni siquiera se imaginan lo que
es una parcela de acá, sin agua, sin dinero para ponerle fertilizantes, sin bombeo, al puro valor.
Los gastos de bombeo, si no se viene el temporal, son incosteables. La perforación
de pozos es labor cotidiana. Pero los pozos están en tierras cercadas. No hay una red de distribución. Los caminos
son malos. “La necesidad es algo que ya ni pa’qué le cuento”, se oye con frecuencia por allá.
Progreso de Agua Dulce,
Nuevo Mercurio, Estación Camacho, los poblados llevan nombres que dan fe de una bonanza ida. Narrativa de otros tiempos,
al semidesierto, literalmente, se lo llevó el último tren, cuando la empresa ferroviaria se nacionalizó
y dejó de ser rentable el circuito que incluía Zacatecas-Saltillo, otrora ruta de minerales.