ZACATECAS, POLVO Y LUZ

Tierra de vacas flacas

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La tierra, al igual que la piel, envejece, se curte, se agrieta. Cuando la vez mojarse, a la caída de la primera lluvia, sientes como si en cámara lenta volviese a la vida. En el desierto las esperanzas van y vienen con el agua. La mayor parte de días rigen el sol y el polvo. Una luz penetrante se adentra en el suelo y lo levanta, como si lo quisiera revolver. Hay algo de autoritario en el sol, que ejerce sobre la superficie esa pasión refractaria.
 
El Jesús mazapileño, fue hallado en una valija de cuero, simbólica a su vez del calvario de sus dueños, extraviados, seguramente muertos. El Cristo del desierto simula el peso de la cruz en sus hombros encorvados y, todo él, envejece de verdad, cual si no fuese sólo simulacro. “No tiene ni belleza ni esplendor; no es hermoso a la vista” avisa su leyenda, fiel al emblema, a la cadena de casualidades que concluyó en su hallazgo al interior de la valija abandonada...


Al igual que en el resto de Zacatecas, en Mazapil, Concepción del Oro, Melchor Ocampo y El Salvador, hay sed, el agua falta, llega a capricho, se da a desear. Y son estos, en el contexto de la geografía global y los caminos megabíticos o los de asfalto aéreo –así alardean los informes gubernamentales acerca de sus carreteras-, sitios remotos, poco frecuentados, alejados de las expectativas y oferta de una elite centralista que gusta de los hoteles de cinco estrellas y los destinos de playa. A Mazapil no llegan las supercarreteras, ni celulares, ni las computadoras, vaya, escasean los teléfonos de alambre, los postes de luz, los coches. Para comunicarse a Tanque Nuevo, es necesario llamar a la caseta y dejar recado. Como sólo hay una empleada de turno, se espera uno a que ésta se vaya a casa y reparta “las razones”. La única alternativa que se opone a la ley de la casualidad en este sistema de comunicación es que el interesado sea visto desde ahí. “Si pasa por aquí, le digo que llamó” me dijo la encargada, dueña de toda la información que hace falta en El Salvador, para sobrevivir. Mi mundo referencial urbano me hizo cometer craso error...

 

-¿Se acordará?

 

-Pos como no...

 

Y aquel “pos como no...” quedó prendido al recuerdo, al igual que se quedó la llamada, mi llamada, el acontecimiento del día en la memoria de aquella joven entusiasta que trabaja a la entrada, vigilante, sabedora de todo cuanto ocurre en ese pulgarcito del noreste zacatecano.

 

Y, en efecto, quién olvida la inesperada comunicación, venida de lejos -en el semidesierto todo queda lejos-. Así se sabe de los que van a Illinois, a Washington, a Utah. Lo primero que hacen es comprarse un celular para llamar y dejar recado. Ahí donde no hay medios de comunicación local, donde los periódicos llegan de milagro, las llamadas son la verdadera noticia del día, el único contacto vivo con esa otra dimensión que es el exterior. El azar de los caminos se verifica  en las enormes distancias. “Así es...” en esa estática que el tiempo olvidó ahí, en qué pasado capítulo, de qué historia, por supuesto que no la oficial.

 

Algo resplandece en el mágico silencio

 

Al referirse al desierto y a sus habitantes Antoine de Saint Exupéry escribió en su famoso libro El principito: “¿Los hombres? Existen algo así como seis o siete. [...] Parecen arrastrados por los vientos, como no poseen raíces.”

 

Y luego comentaba acerca del propio desierto el mismo autor, “siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano sin ver nada, sin oír nada y, sin embargo,...algo resplandece en el mágico silencio.”

 

En todo desierto andar es parte de la vida. Amelia, Ame, obtuvo su primera plaza en Nuevo Mercurio, más adelante. Me contó que le daba miedo irse hasta allá. En general las vacantes en la zona se utilizan con los nuevos o como plazas de castigo.  Si los maestros no tienen vocación mudan de oficio, sin más. En esas soledades, no hay raíces ni huellas que perduren.

 

Los llamados chichimecas, habitantes originales de estas tierras, desafiaban al terreno y a los caprichos del clima yéndose, de un sitio a otro, mudando de cultivos, de alimentos, de geografías, de historia. Sobrevivientes, tenaces, enfrentaron al invasor con sus arcos y flechas venenosas en ataques furtivos, fugaces. Y por aquí anduvo errante, también, el divino simulacro de mi padre Jesús, guardián de humanos, dolorido cristo que hoy representa a una comunidad de caminantes, desde su humilde capilla de la Veracruz. El Jesús mazapileño, fue hallado en una valija de cuero, simbólica a su vez del calvario de sus dueños, extraviados, seguramente muertos. Este Cristo del desierto simula el peso de la cruz en sus hombros encorvados y, todo él, envejece de verdad, cual si no fuese sólo simulacro. “No tiene ni belleza ni esplendor; no es hermoso a la vista” avisa su leyenda, fiel al emblema, a la cadena de casualidades que concluyó en su hallazgo al interior de la valija abandonada...

 

“Sobrevivimos gracias a las remesas”

 

Para el culturalista, el semidesierto zacatecano ofrece dos ángulos importantes, la minería y la migración. Sus vastas tierras temporaleras áridas, ásperas, albergan a esa extraña estirpe de amantes el suelo y del subsuelo, sobrevivientes tercos del éxodo y del olvido. A razón de dos habitantes por kilómetro cuadrado, la región ve su mayor densidad demográfica en El Salvador, cuya superficie rebasa apenas los quinientos kilómetros. Toda la región, hasta los bordes de Mazapil, no llega a los 40 mil habitantes en una superficie de cerca de 18 mil kilómetros cuadrados.

Los caciques aquí son figuras naturales. Una familia o dos han hecho fama de ser las poderosas. Hay pocos negocios, maquiladoras, talleres iniciados en tiempos de Luis Echeverría, desprovistos ya de lo esencial para mantenerse aún a nivel de mera industria familiar. El ganado y la agricultura son fallido sustento de quienes saben vivir de la tierra, los dueños de la tolvanera y la sequía... los pobres, más pobres del estado. El semidesierto sirve de zona experimental. Alguna vez fueron las minas, luego se dio la lechuguilla, el ixtle. Todavía se piensa que en las fibras naturales hay respuesta. Pero el tejer canastas no da para salir delante. Por eso, en cada casa faltan los hijos y muchas de las hijas y los viejos nos cuentan, desde sus desdentadas sonrisas, las largas temporadas pasadas al otro lado.

 

No sé por qué no me sorprende que a El Salvador lo gobierne una mujer. Los hombres jóvenes, en su mayoría, se han ido. Cinco de los ocho hijos de la alcalde priísta, Natalia Gámez Ochoa, viven fuera. Si uno se fuera de casa en casa por Tanque Nuevo, preguntando, el censo sería brutal, revelador. Así que si no gobernase ahí una mujer, tendría que hacerlo una mata de órgano o la última vaca flaca que sobreviviese a casi siete años de sequía.

 

Al igual que las escuelas que acabarán por cerrar sus puertas por falta de demanda, el campo, morirá, avasallado por gobiernos entre cuyas prioridades no se cuenta el desarrollo del sector agropecuario. La agricultura de autoconsumo es lo único que queda. En el semidesierto se sobrevive gracias a las remesas, es decir... porque se fueron a Estados Unidos los campesinos que antes cultivaban estas tierras yermas. Muy pronto la población de adentro se alimentará de productos sintéticos y semillas incubadas en un laboratorio del país vecino, mientras nuestros campesinos morirán pizcando uva, guayaba y aguacate como en los tiempos de la yunta y del surco, afectados de pesticidas en riñones y pulmones. Muchos regresan, pero no vuelven a tolerar el trabajo sin remuneración. Se van a las ciudades, compran un coche y solicitan su concesión de taxi o ponen un negocito. La mayoría se vuelve a ir, hasta que ya no pueden con el trajín, de viejos.

 

Soy un pobre venadito que habitó en la serranía

 

Durante la colonia, El real de Mazapil gozó de gran prestigio -Mazapil quiere decir venado en náhuatl. Fundada en 1562 hoy sólo conserva la tradición de su parroquia, San Gregorio y la casa del Marqués de Aguayo, donde lucen empolvados añejos documentos, tesoro del paleógrafo, actas de ventas de esclavos, padrones, algunas fotografías, algunos mitos, como el del túnel que conduce a insólitos subterráneos.

 

En Mazapil se entra en una dimensión de carencias, de pobreza sin freno. La mayoría de los habitantes sólo concluyen el tercer año de primaria. ¿Su escuela? Es el trabajo, el trabajo duro y con pocas herramientas. Desde que se acabaron los subsidios Mazapil sangra. Además de los aumentos del libre mercado están los del transporte de alimentos. Desnutrición y soledad son la marca de la niñez mazapileña, cuyo primer deseo en la actualidad es irse, a cualquier parte. En su amplitud insólita, donde cabrían varios municipios, varias veces Aguascalientes o Colima, la densidad poblacional sobrecoge. Un habitante por kilómetro cuadrado, acaso dos. Los censos inflan las cifras. En una casa de familia, el jefe menciona a los que viven ahí sin excluir a los que están al otro lado. No miente. Vemos las fotos, el puesto vacío en una mesa semi desvencijada. Se han ido sin irse y todos viven  la espera de que el ausente, los ausentes, vuelvan.

 

Pero sin agua potable, sin servicios, sin educación, Mazapil, como el resto del semidesierto, es una inmensidad sin horizonte. Sujeta al capricho de la naturaleza, la zona se debate entre el abandono propinado por el gobierno al campo y la emigración que ha extendido los desiertos de la tierra a los hogares. Y tales desastres se miden por décadas, décadas de desempleo, de sequía, de éxodo.

 

Los de Melchor se van

 

En Melchor –municipio de Melchor Ocampo-, los habitantes no alcanzan para llenar un estadio pequeño. Si repitiésemos el ejercicio en el estadio Azteca, podríamos hacer caber cómodamente ahí a los habitantes de toda la región y hasta llevar a algunos de Villa de Cos.

 

En el semidesierto los desastres cobran fuerza y de entre ellos no hay peor desastre que el éxodo. Sujeta de por sí al capricho de la naturaleza, la zona se debate entre el abandono propinado por el gobierno al campo y la emigración que ha extendido los desiertos de la tierra  los hogares y tales desastres se miden por décadas, décadas de desempleo, de sequía, de éxodo.

 

¿Y por qué tantos parten de Melchor, mermando su de por sí escasa población de menos de 3 mil habitantes, para una extensión en kilómetros cuadrados de poco menos de dos mil? Para que usted, lector, se de una idea, las 34 comunidades de Melchor cuentan con un promedio de menos de cien habitantes cada una, unos 2 ó 3 habitantes por kilómetro cuadrado. Si eso no es como para sentirse solo y notar la ausencia de quienes faltan ¿qué lo es? Hoy en Melchor, como en aquel cuento de El ahogado más hermoso el mundo de Gabriel García Márquez, los habitantes pueden reconocerse con facilidad, contarse, saber a ciencia cierta quiénes faltan.

 

La distancia entre a cabecera municipal y las 33 comunidades restantes que conforman a entidad aumenta si se toma en cuenta que hasta allá no llega el pavimento. Los caminos se borran tras el viajero que pasa. Son brechas arenosas, sensibles al paso, sordas e indiferentes al progreso.

 

-Todavía veo las marcas de llanta, comentó un lugareño para darme confianza.

 

Y otra vez al tema de las remesas de los de Melchor. Ya sea desde Estados Unidos o desde otras partes de México, los de Melchor viven fuera, dejan su comunidad. “Casi no se apuntan para la telesecundaria” pues tienen ambiciones. Se van a Coahuila, a Nuevo León, a la ciudad de México. Los que se quedan en Melchor sólo esperan su turno, su oportunidad. Parecería que un día van a apagarse las luces, salvo las de la presidencia municipal, que las casas van a quedarse solas. Sin caminos, sin medios, sin recursos, sin gente, Melchor podría llegar a desaparecer del mapa. “O se lo comerá Coahuila, o alguna transnacional minera...”

 

El último tren

 

Hoy los gobernantes saben que el desempleo es el problema más grave de la región, pero no buscan solución. De todos modos la gente parte, los presidentes municipales no conocen aquí lo que es hablar frente a una multitud. Los pocos fondos que fluyen vienen del otro lado, por eso el sueño de todos los de acá es irse, a buscarse la vida en otra parte.  

 

Ahora las elecciones dan el poder a un partido y a otro pero las cosas no cambian. Aquí el atraso no inició con los últimos años de vacas flacas, es algo de siempre. Pero la gente, los habitantes que quedan por aquí, prefieren aquellos tiempos en que el paternalismo gubernamental por lo menos se lamentaba de su suerte. Quienes gobiernan ahora, me aseguró un campesino de más de ochenta años, ni siquiera se imaginan lo que es una parcela de acá, sin agua, sin dinero para ponerle fertilizantes, sin bombeo, al puro valor.

Los gastos de bombeo, si no se viene el temporal, son incosteables. La perforación de pozos es labor cotidiana. Pero los pozos están en tierras cercadas. No hay una red de distribución. Los caminos son malos. “La necesidad es algo que ya ni pa’qué le cuento”, se oye con frecuencia por allá.

 

Progreso de Agua Dulce, Nuevo Mercurio, Estación Camacho, los poblados llevan nombres que dan fe de una bonanza ida. Narrativa de otros tiempos, al semidesierto, literalmente, se lo llevó el último tren, cuando la empresa ferroviaria se nacionalizó y dejó de ser rentable el circuito que incluía Zacatecas-Saltillo, otrora ruta de minerales.

El título de este pasaje viene de la consigna bíblica de la prosperidad por ciclos. "Tierra de vacas flacas", no iba mal con estas tierras que dependen del temporal. Quise después titularlo "El último tren", aludiendo al dicho que evoca la última ilusión, el último amor.

"Hubo tiempos mejores" dicen hoy los habitantes del semidesierto, acostumbrados a añorar y desprenderse de las cosas. Al final, el título original me pareció más incluyente. Estas tierras desérticas son como los parajes bíblicos, a merced de la furia de Dios lanzada contra unos pocos humanos que yerran.

Cuando publiqué este texto, en El Salvador gobernaba una mujer. Me dio gusto, claro. Pero luego me di cuenta de que sólo mujeres, viejos y niños viven en los poblados del semidesierto. El resto se van. Muchas mujeres se van también y, por eso, escribí que si no fuera porque todavía quedan algunas, gobernarían los órganos, las matas secas.

El desierto no es pobre de por sí... ¡qué va! Son las políticas fallidas las que impiden que prospere. Vaya si no más al norte, por algunas partes de Coahuila y de Sonora. En la sequía también le logra uno arrancar al suelo frutos. Acá, en cambio, la tierra se seca, envejece, yace moribunda...

Si la constancia no tuviese rumbo, dejaría de serlo. Si la nostalgia no llevase a cuestas rostros, nombres y momentos espléndidos, sería amargura estéril. Tal vez no haya infusiones para cuando el alma se suma en el recuerdo; por eso existen la música balsámica y la meditación.

Cuando le dé por renegar de la distancia recuerde aquella sabia copla que se conmisera de quien no ha sufrido todavía los dolores del adiós: "Como para no estar triste, si nunca nadie lloró por ti..."
 

Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta.

 

El día sin su noche/Zacatecas polvo y luz