Por qué dejé un día la seguridad del aula y los
cubículos para intentar establecerme en Zacatecas es algo que en su momento se preguntaron mi familia, mis amigos,
mis colegas y hasta la vecina aeromoza que contribuyó a la hazaña con tres pases aéreos. No
fue sólo la intrepidez, el todo por el todo sobre el tablero mítico, ante el acariciado sueño
de recuperar la patria abandonada. En todo caso, apenas cuatro años después y reintegrada a la búsqueda
de una vida estable al otro lado de la frontera, cualquier razonamiento vuelve a ser parte de la nostalgia, de la distancia,
de los caminos. Zacatecas fue, a fin de cuentas, el sitio en el que habré existido -curiosa paradoja que Juan
Bañuelos citó al hablarme del modo como los tzotziles perciben el tiempo-. Yo soy porque voy, en esa ruta circular
del emigrante. A
mí las respuestas me parecían accesibles y sencillas: conocer el origen de la diáspora, desde adentro.
O palpar ese interior casi mítico que nos marca y define cual Aztlán que se dibuja sobre un plano de polvo,
antes de desaparecer. Ser testigo, es decir vivir esa realidad de casa vacía que se desconoce en su real dimensión.
Y lo visto me estremeció más allá de lo esperado. Al contarlo sé que me quedo corta, que me rebasan
los hechos, que no hay palabras que alcancen. Escribir en el medio periodístico, tabú de tabúes entre
los académicos, acabó siendo mi constante terapéutica, a la vez que mi mayor reto. Estas páginas
son mi parte de esa interlocución con la comunidad que me acogió, logradas sin el aliciente del estímulo
escalafonario, con tan sólo la decisión y el compromiso de aquello que Guillermo Bonfil Batalla, maestro de
maestros, convirtiera en su proeza de vida, pensar la realidad. En ellas, se manifiestan líneas, motivaciones
e intereses que ya antes habían querido trascender lo personal, pero que se negaban a caducar entre los formalismos
estériles de discursos que envejecen y mueren en bibliotecas y revistas especializadas; para grupos, quizás
involuntariamente selectivos. Puedo decir que llegué a las palabras sola, de la mano de mis dos hijos y con mi equipaje
a cuestas. A cada paso y en cada falsa Ítaca hallé nuevos obstáculos. Dos reinan en mi ánimo como
si fuesen condenas de varias vidas atrás. Ser mujer y ser franca o ser franca y mujer, dos cosas que no van del todo
bien en la fragua del ethos mexicano. DESPLANTE
INSÓLITO
Dejar
un puesto, rechazar una parcela de estabilidad, eso era, a los ojos de todos, abominable desplante. La academia no digiere
bien los giros inesperados. Los años más intensos de mi vida los considera un hiato infame, un paréntesis
maldito sin explicación entre páginas enteras de sintaxis predecible. “Concéntrate en lo que hiciste
antes de irte a Zacatecas” me aconsejó una amiga para justificar su pesimismo dos días antes de la convención
de mi profesión, en Nueva York, en el 2002. “Mejor no menciones que fuiste periodista” me sugirió
mientras aguardábamos a entrevistarnos en San Diego, un año más tarde. Y es que si el irse cual giróvago por
el ancho terreno de las disciplinas no me había parecido ya lo suficientemente grave, haberme dedicado al periodismo
abandonando el claustro aparecía, al final, como un verdadero sacrilegio.
En la academia, la mayor parte de las veces, los proyectos
experimentales son postergados en pos del buen curso de las tareas de corto plazo y otras exigencias del escalafón
–rasero implacable de todo cuerpo colegiado-; sin embargo, el móvil mismo de las grandes propuestas teóricas
en el campo de los estudios culturales –pienso en Technologies of Gender, Writing Culture,
Imperial Eyes o Black Atlantic- es aún, inevitablemente, esa urgencia de buscar más allá
de las aulas, de los cubículos, de las bibliotecas. ¿No había sido yo parte de un gran movimiento que
consiguió mudar el foco de la monocromía disciplinaria y específica hacia campos más amplios de
búsqueda, rompiendo con las acartonadas categorías nacionales en pos de una teoría de la cultura postcolonial?
Pero salir a un medio de comunicación, abandonar la academia… ¡tanto no! ¿¡En un periódico!?
Con sorpresa inició así la pregunta de un colega que imaginaba las noticias de mi éxodo menos escandalosas,
o que mi paradero fuese un Colegio regional, un centro de investigación –yo misma creí
que debió serlo, en un principio-. Su asombro fue mayúsculo cuando le expuse mis razones. Muchas veces, mientras soñaba con volver a México, frente a
mi ventana en Tempe, Arizona, me parecía imposible imaginarme fuera de la universidad. “Yo
he estado afuera y... ¡no!” me dijo Manuel Hernández, quien cauteloso, me aconsejaba contra una decisión
tan extrema. Y tengo prendida al recuerdo la despedida, luego de descolgar el último cartel
del espacio mural concedido a los Estudios de México… Me pareció que mi colega rusa, vecina
de cubículo, me percibía cual personaje de Gogol o de Tolstoi, a punto de dejar una cárcel. Pretenciosa,
me creí bajo la piel de alguna desgraciada, en fila mítica para dejar el gulag. ¿Qué retuvo a una
académica en Zacatecas? La misma pregunta, cruda y directa, me asaltó cuando las vacas flacas, junto a los comentarios
lastimeros: “Te queda chica Zacatecas.” Al pesimismo del tamaño antepuse, largo tiempo, mis memorables
atrevimientos. Pero Zacatecas, tan majestuosa como bella, jamás me quedó chica. Han transcurrido años
desde que la dejé, en medio de una gran tristeza y habiendo recorrido tan sólo una parte de su territorio. Su
magnánima calidad interior (me refiero a su corazón de México profundo); su sencillez, no obstante el
deterioro de sus edificios, calles, caminos y campo, no me dejan ya. Prendida a mí, cual si fuese mi patria cósmica,
mi Ítaca extraviada, la invoco a diario en ese tiempo otro que transcurre en mi memoria… y que, constante,
parecería aguardar paciente mi retorno. La realidad que hacemos nuestra a través de la práctica discursiva,
como expuso Michel Foucault, pasa siempre por el tamiz inevitable de nuestra mirada; de su paso vital derivan vigencia y significado.
Nos tocó pertenecer a una era megabítica, seres de un entre siglo convulsivo en que las computadoras son, a
la vez, estigma y bastión de nuestra existencia; su teclado, nuestro instrumento necesario. La pluma, el bolígrafo,
el cuaderno, útiles paradigmáticos de nuestra formación escolar, pronto serán objetos de museo.
Todos los días se afirma nuestra complicidad inevitable con una ibm. En ese afán donde no es fácil
afincar, echar raíces, la vida exhibe un curso para el que la única constante posible radica en dar sentido
a las palabras ya no en blanco y negro, sobre el papel, sino vía la memoria vertiginosamente obesa de una red luminosa
que todo se lo engulle. Fortuita, inesperada,
mi actividad en el periodismo acabó por ser, aunque sólo lo fuese en mi óptica personal, el complemento
ideal de mi labor culturalista... más aún, fue mi refugio cuando, a falta de trabajo por las presiones más
insólitas del caciquismo local contra las de mi género, tuve que sobrevivir “de lo que fuera”;
mi tabla de salvación, cuando se hizo evidente que nuestro país no está listo ni para la crítica,
ni para las mujeres ¡ay Sor Juana! Y fue, también, mi condena maldita, mi garrote en la plaza, mi
olla de agua hirviendo. No hubo, entre los cientos de amenazas y vejaciones sufridas a manos de la gente del poder, una sola
que me alejara de mi deber de hablar y, por ende, de informar con independencia y honestidad. Y, sin embargo,
fueron largas las noches, empinada la cuesta, dolorosa la brega en una sociedad donde la corrupción subyace casi como
la realidad de antes de la realidad.
“Qué bueno que nos quieran apoyar…
porque detrás de nosotros, estamos ustedes” me contó Juan Bañuelos que dicen los tzotziles al referirse
a la sociedad civil. Al darnos un nombre dejamos el anonimato. Pero el de sociedad civil nos aglutina también en un
ethos de crisis interminables. Nuestra diáspora empieza en nuestros nombres; nuestra mexicanidad sin raíces
–o despojada de su vínculo esencial con la tierra- halla su denominación primigenia en nuestros nombres
–Dolores, Angustias, Encarnación, Suspiro, Refugio-. O los de ellos –Jesús, Pedro, José,
Fidencio, Francisco, Abundio-. Lo que nos ha tomado por lo menos cinco siglos reconstruir, no es ni la sombra de lo que alguna
vez constituyó la comunión del emigrante con su tierra, debiéramos decir, con el camino… O como
dijo alguna vez quien fuera en mi tiempo director de Imagen, Francisco Barradas:
“A veces, suenan irracionales ciertas noticias; se creyera que no pueden ser obra humana,
sino de otros seres para quienes la piedad no existe. ¿A quién de nosotros ha dejado de dolerle lo que pasa?
¿Quién aquí es ya incapaz de conmoverse por el sufrimiento que unos cuantos infringen a tantos? ¿Quién
no ha sentido ganas de decir ya basta?”
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¡HAY RECOMPENSA! Mi labor, en sí, se regía ante todo por una empatía con
el lector, que más de una vez me regaló sus comentarios y sus críticas; el verdadero bálsamo contra
el cansancio diario, contra el apremio que ejerce sobre el ánimo la fugacidad irrepetible del acontecer cotidiano.
Tan avasallador como resulta el vórtice informativo de la prensa, del periodismo, en él hace refugio, cuando
se quiere, el superior ejercicio de pensar la realidad. Varios millones de palabras en esa empresa. Si se toma
en cuenta que un libro, de unas 200 páginas equivale a unas 75 mil palabras, yo habría escrito en tan sólo
el tiempo dedicado a Imagen unos 25 libros. Vaya una proeza, habida cuenta de que la academia no exige sino la producción
de un libro publicado en un plazo prudente de cuatro años. Pero más allá de estos cálculos que
efectúo hoy con el humor que infunde toda precisión ajena al impacto real de las palabras, debo agregar que
publicar dejó de tener para mí el sentido limitante del prestigio personal, dando paso a la mágica secuencia
de la escritura y la lectura, procesos que se nutren uno del otro y que no son, el uno sin el otro, sino acciones incompletas,
truncas. ¡Escribiría, pero no para los cajones o los estantes, me lo juré y lo cumplí, y en esa
brega sigo hasta hoy, cueste lo que me cueste!
QUE LOS TIEMPOS HAN CAMBIADO… ¡QUIÉN
LO DUDA! No somos ya de aquellos días que inspiraron a José Joaquín Fernández de Lizardi, a Micrós
–José Ángel del Campo-, a José Vasconcelos, a mi bisabuelo, Federico de la Colina. Pero
estos, nuestros tiempos, no deben olvidarse del anclar tormentoso que fue en su momento la columna San Lunes; de la ríspida
lucidez que distinguió la hora de El Pensador Mexicano; de todas esas plumas certeras que supieron sentir
y renegar del México en el que se bruñeron, para ser derrotero y legado de la Revolución del 10, nuestro
referente cultural explosivo más inmediato. En el afuera revuelto de hoy se potencia nuestro errar tormentoso, la realidad de muros, los círculos
de exclusión, las diferencias insalvables, el orden del privilegio y del poder. Tener voz se codifica como crimen en
México, cuando no te acusan por difamación o todos esos bellos argumentos legales que sirven al poderoso, nada
más, entonces te tildan de intruso.
No siempre supe tomar el desbarajuste días
vividos en México con humor, mi tono predilecto. En ocasiones, planear un reportaje, una crónica,
una entrevista, una foto nota, un comentario radial, resultó de asumir la furia que produce lo que nos pasa, sin mermarle
a los viejos resentimientos, a la pasión leguleya. A la exquisita entrega que exige el canto los políticos,
diestros en las leyes del engaño y de la trampa, le han fabricado su contraparte oscura, cantar es para ellos delatar,
acusar, herir, zaherir. En el torneo a muerte entre la verdad y la mentira nos avasalla el eufemismo, la media tinta, la entrelínea,
la corrupción de la palabra. La lucha es descarnada y brutal, nunca hay tregua. Alguna vez llegué a pensar,
a pensarme, la encarnación de Miramón, o de su esposa Concha Lombardo, que así, en el atropello más
extenuante, expiaba en esta vida los errores de otras. Luego, cuando rebasé los mil días viva, debo decir, ilesa,
me sometí a la convicción de que no hay sol que se oculte por más de mil días.
Mi día siete descansaba en la oportunidad de publicar mi propia página
editorial y responder, a través de ella, a lo que del acontecer cotidiano resonaba en mi experiencia personal de mirar
al mundo, misión que nunca se olvidó de mi condición de mexicana en éxodo y que determinó,
sin duda, la inestabilidad más absoluta en un estado de emigrantes que adopté por aula –Zacatecas- paradójicamente
un día 7 de junio, día de la libre expresión. Organizar
y reunir este material, ha sido una tarea que superó con mucho a armar, como en rompecabezas, los resultados de investigación
de varios años. Revisarlo, contextualizarlo, sin por ello ceder a la peligrosa pretensión de aislar cada pasaje
o fragmento, cada voz, de su temporalidad o contexto espacial, no ha sido sencillo. A cada intento de volverlos mejores me
refrenaba la certeza de que su fuerza derivó en su oportunidad, del apremio, traducido a fechas y espacios precisos,
a interlocuciones e intercambios vivos, todos pasados. Al final, allá, aquí, lo único
que queda es esa mínima contribución a una crítica cultural que quiere ser, sin cortapisas. Vayan pues
estos textos testimoniales de transiciones milenarias, sexenales, sistémicas, cíclicas... etceterilla.
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Tal
vez, como alguna vez comentó Salvador Pintor, pareceré a momentos “demasiado vieja”. El tiempo acumulado
en la marcha suele lucir así, más apretado, más lleno de vivencias, igualito que si volara por entre
la vida, dejándola atrás en la carrera, virtud de tanta prisa. La memoria es el arma, el útil, la
palabra, la estrategia y por ellas el texto cumple urdiendo una praxis hecha discurso desde la cual partir sin rumbo, como
en ese gran crucero temporal –la colonia- que, atravesando mares, nos legó una identidad sincrética, compleja,
difícil de atrapar. Seres de ese después poscolonial, nos esmeramos en vernos y representarnos distinto, bajo
la óptica de una identidad fragmentaria propia pero real –debo decir contra-romántica-, azarosa, siempre
frágil.
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Escribir fue mi bálsamo. Lo hice para mí y por los míos,
aquellos que confiaron en mi voz o que entraron en sintonía comigo a través de la lectura o de la palabra directa,
en la radio. Acudí a tiempo a donde había que ver o a buena hora, a donde había que oler o probar. No
hubo rincón de Zacatecas que no tocara con mi infinito empeño de documentar esa nueva verdad de casa vacía
que intuí estando afuera. Y sólo estando adentro uno podría atreverse a repetir, y no faltar a la verdad.
¿Un millón de habitantes en diáspora? Puede que desde otros sitios, se diga fácil. Para la ciudad
de México, un millón es como quien le quita un pelo a un gato. Pero para Zacatecas, ahí, en el corazón
de México, en las entrañas de esos reales por donde yo anduve a paso lento, ese millón en diáspora
se siente, se vibra, se llora. Cada día, en esos sitios donde la densidad se mide en kilómetros cuadrados de
hombres viejos o de mujeres solas, ambos separados por igual distancia uno del otro, supe lo que es contar ausentes. Eso,
contar ausentes, algo que los gobiernos simplemente obvian o soslayan a conveniencia. MIDE SEIS PIES Y ESCRIBE
LIBROS Escribiendo
me recupero a mí misma en esa descripción amorosa y divertida que se inventó de mí cuando tenía
cinco años Gustavo, mi hijo mayor. Al no saber cómo responder a la pregunta de lo que hacía su madre,
estudiante y maestra, solitaria, atareada, siempre atareada... donde otros expusieron a la madre pasteles
o galletas, a la madre que lava, que cocina, que ama, que celebra cumpleaños... en el centro de una casa con árboles
al frente y dos ventanas... él, contundente y escueto, señaló al pie de la mujer descomunal que esbozó
sin mucho afeite sobre su cartulina tamaño oficio… “My mother is six foot tall and writes
books”.
Hoy por hoy, al escribir, me preocupa mi ser mujer en un país cambiante,
el mío; posicionarme en un contexto mutable –la patria, la entidad, la casa- que produce,
ante todo, crisis regenerativas, tercas, extenuantes ¡de tanto no tener voz! Escribir es a la
vez constancia e inestabilidad... así, entreveradas de forma mágica con mis seres público y privado;
descomunal compulsión por los teclados... ¡Escribiría libros! ¿Escribiría libros? Escribiría...
desde una existencia de mucho menos de seis pies...y eso sí sin afeites, ni lujos... Gustavo y Lilia, mi otra pequeña
crítica y compañera viajera, lo saben de cierto... LINEA SUBYACENTE La línea subyacente de este volumen es Zacatecas.
Nadie conoce México a cabal certeza, si no ha estado entre los cerros y cañones que fascinaron a Mariano Azuela,
a Agustín Yáñez, a Juan Rulfo. Nociones como cultura popular, representación o identidad son
ejes asimétricos de esta palabrería insaciable que no tuvo más móvil que urdirse, entonces como
ahora, para llegar al lector, su razón última, su necesidad, su urgencia, su protagonista, su ser indispensable.
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