ZACATECAS, POLVO Y LUZ

Dedicatoria

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Sería una pretensión ridícula de mi humildísima pluma consagrar a Zacatecas algunas líneas dignas de ella; pero no quiero pagarle un tributo haciendo alarde de talentos que no tengo. Quiero, sí, con mi rudo lenguaje, consagrarle un sentimiento de gratitud y de ternura; quiero que conozcan mis amigos que habitan en ese suelo de recuerdos de libertad, que me es dulce y que amo su memoria, y que estas líneas en donde la esterilidad de mi imaginación no deja hacer palpables mis vehementes afecciones, revelen al menos que algún día hice un esfuerzo para mostrar a los zacatecanos que no soy indiferente a sus bondades y que siempre me será caro su recuerdo.
                                                                                                    Guillermo Prieto

A mis hijos, Gustavo y Lilia, Lilia y Gustavo, como siempre y para siempre.


A Zacatecas, en dos instancias: primero a la de afuera, que me alentó y me alienta. Después, a la de adentro, mi aula abierta... protagonistas, ambas, de esta historia.


A Hermosillo, esa bella gigante de otro desierto y de otro temporal, porque cantando llego a ti, hasta tu cruz de neón y tus atardeceres calurosos.


A mis colegas periodistas, en orden y en desorden, en esas redacciones donde lo dimos todo por un poco de luz y polvo.

No siempre se puede expresar a cabal precisión lo que se debe a los demás ¡o cuánto! Esta obra es colectiva; nació de la convivencia, de tantas pláticas y tantas puertas que se abrieron para mí. Confieso que también, a veces, el individualismo me ganó la partida y anhelé el silencio y la soledad que hoy me permiten escribir, como si el tiempo transcurriera más veloz y los recuerdos estuvieran a punto de escaparse.

Si la constancia no tuviese rumbo, dejaría de serlo. Si la nostalgia no llevase a cuestas rostros, nombres y momentos espléndidos, sería amargura estéril. Tal vez no haya infusiones para cuando el alma se suma en el recuerdo; por eso existen la música balsámica y la meditación.

Cuando le dé por renegar de la distancia recuerde aquella sabia copla que se conmisera de quien no ha sufrido todavía los dolores del adiós: "Como para no estar triste, si nunca nadie lloró por ti..."
 

Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta.

 

El día sin su noche/Zacatecas polvo y luz