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¿Por qué, a años de haberla
publicado, todavía encuentro esta entrevista vigente y cargada de mensajes? A veces, conocer al autor desilusiona al
lector asiduo, pues la imaginación se fabrica sus propios rostros, sus rasgos peculiares. Amparo en cambio, resultó
fiel a cuanto yo esperaba. Pude ver que reaparecía en esos cuentos magníficos donde hablan los armarios
y las sombras actúan, a voluntad, indómitas, a pesar del poder de retratos y espejos. Lo que
vuelve a este texto valioso es que nació al calor de la cocina de Lidia García Zamora, en una charla que comenzó
en sus cuentos, yo de lectora, y terminó el preciso día en que sellamos ese círculo cálido al
que sólo le faltó la validación cósmica de uno de sus muchos gatos. Aquí está Amparo, la alquimista que trituraba plantas para crear perfumes; la lectora de Dante, a los cinco;
la niña que observaba a los muertos que pasaban por su ventana y que, de noche, se abrazaba a sus perros cuando escuchaba
el tac, tac, de la pata-de-palo de Don Antonio, el primer propietario de la finca de su padre.
El diálogo
con ella, que todavía escribe con una Olimpia mecánica, según me comentó, es esa cálida
aceptación de que la escritura que no se rumia largo tiempo, transgrediendo vía el tiempo las fronteras
móviles entre la realidad y la fantasía, le resulta lejana y ficticia.
Y fue ella misma quien me dio la buena nueva de que a fin de año [corría el 2008], El Fondo de
Cultura reuniría en un volumen -finalmente- Tiempo Destrozado, Música Concreta, Árboles
Petrificados y su nuevo libro, Con los ojos abiertos, -5 cuentos y una crónica, emplazada
en el Chelsea del bajo Manhattan, en noche de brujas-. Ese es el verdadero homenaje; mantener su obra
en impresos para que se la lea en el país, como ya se hace, virtud de las antologías de las mejores
cuentistas, en todo el mundo. No queremos profetas, ni escuelas, ni círculos helados; apenas esa escritura otra sin la cual las
realidades otras se pierden, se olvidan.
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AMPARO DÁVILA: DE TERRUÑOS SIN PROFETAS ¿Por qué, a años de haberla publicado, todavía encuentro esta entrevista vigente
y cargada de mensajes? A veces, conocer al autor desilusiona al lector asiduo, pues la imaginación se fabrica sus propios
rostros, sus rasgos peculiares. Amparo en cambio, resultó fiel a cuanto yo esperaba. Pude ver que reaparecía
en esos cuentos magníficos donde hablan los armarios y las sombras actúan, a voluntad, indómitas, a
pesar del poder de retratos y espejos. Lo que vuelve a este texto valioso es que nació al calor de la cocina de
Lidia García Zamora, en una charla que comenzó en sus cuentos, yo de lectora, y terminó el preciso día
en que sellamos ese círculo cálido al que sólo le faltó la validación cósmica de
uno de sus muchos gatos.
Aquí está Amparo, la alquimista que trituraba
plantas para crear perfumes; la lectora de Dante, a los cinco; la niña que observaba a los muertos que pasaban por
su ventana y que, de noche, se abrazaba a sus perros cuando escuchaba el tac, tac, de la pata-de-palo de Don Antonio, el primer
propietario de la finca de su padre.
El diálogo con ella, que todavía escribe con una
Olimpia mecánica, según me comentó, es esa cálida aceptación de que la escritura que
no se rumia largo tiempo, transgrediendo vía el tiempo las fronteras móviles entre la realidad y la fantasía,
le resulta lejana y ficticia.
Y fue ella misma quien
me dio la buena nueva de que a fin de año [corría el 2008], El Fondo de Cultura reuniría en un volumen
-finalmente- Tiempo Destrozado, Música Concreta, Árboles Petrificados y su nuevo libro,
Con los ojos abiertos, -5 cuentos y una crónica, emplazada en el Chelsea del bajo Manhattan, en noche de brujas-.
Ese es el verdadero homenaje; mantener su obra en impresos para que se la lea en el país, como ya se
hace, virtud de las antologías de las mejores cuentistas, en todo el mundo. No queremos profetas, ni
escuelas, ni círculos helados; apenas esa escritura otra sin la cual las realidades otras se pierden, se olvidan.
Dávila, Amparo… daba el registro de escritoras mexicanas del catálogo de tesis doctorales,
conocido cariñosamente como UMI, a donde van a dar las primeras obras maestras de investigadores
que realizan estudios en Estados Unidos. De ahí, a la lectura obligada. Una mujer, pocas figuran;
una cuentista, todavía menos; a la altura de grandes como Juan Rulfo, según espetaba la crítica
cubano-mexicana Aralia López, siempre a la caza de esas pocas, acogidas por el canon, a pesar de ser mujeres. Se
trataba de una escritora nacida en Pinos, Zacatecas; iniciada en la poesía con Salmos bajo la luna, en
1954. Anduvo un tramo del camino junto a Pedro Coronel. Tal vez se hicieron, uno al otro,
un poco más famosos. Ella, por mérito propio, se convirtió en una de las mejores cuentistas de nuestra
literatura. Sus libros publicados son Tiempo destrozado,Muerte en el bosque, Música
concreta, Árboles petrificados (Premio Xavier Villaurrutia, 1977). Su estilo es único,
como única es su tierra, su historia, su diáspora. Sus cuentos dejan de parecer fantásticos cuando
uno pisa Pinos y conoce esos bunkers de emotividad y misterio que debieron ser sus viejas fincas familiares. En los
patios estáticos en los que se detiene el tiempo habitan, silenciosos, los personajes de Amparo. Son mujeres,
atormentadas de soledad, de autoritarismo, de angustia, de silencio, de terror, de frío. La vigencia de cada
uno de estos tormentos, todos presentes en la temática de Dávila, vuelve a la fantasía un instrumento
del realismo. Cuando Dávila representa su andar, lo hace a través de ciclos y trayectos interiores que toman forma
en las tramas más tangiblemente propias.
“Siempre
he sentido que transito en una línea intermedia entre fantasía y realidad. Para mí,
ni la una ni la otra son absolutas: En la realidad hay tanto de fantasía, como en la fantasía hay de realidad. Siempre
he querido ir y venir, de un lado a otro como complementando a cada uno; en el ámbito que llamamos
realidad, cualquier cosa es capaz de desatar el mecanismo que desencadena la fantasía y con la fantasía sucede
lo mismo”.
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Amparo anhela volver a su estado y lo hace, cada vez que puede. Como
tantos zacatecanos en éxodo, ella vuelve, a pesar de todo, a pesar del tiempo. ¿Por qué se espera siempre
a que desaparezcan los ilustres para rendirles homenaje, para hacerlos objeto de algún reconocimiento?
Estas palabras no son mías, podrían ser la pregunta lanzada al aire, en cualquier rincón, sobre
cualquier personaje vivo de la patria mexicana.
Amparo Dávila es una
escritora a quien las palabras habituales no pueden describir; es poseedora de una manera de mirar que es como un prisma,
a partir del cual todas las direcciones son plausibles y todas las tramas pertinentes. Como dijera Ramón
López Velarde, al mundo se lo observa desde un hemisferio, qué duda cabe, pero las conclusiones, los giros,
los enfoques parten de una individualidad que se nutre de lo propio sin descartar lo ajeno. Las lectoras,
los lectores de Dávila no somos pocos, porque a pesar de ser ella una escritora “que no se prodiga en un gran
número de páginas”, supo dotar su literatura, a buen tiempo, de los ingredientes que hacen los textos
inolvidables. Y lo supieron los grandes de México, entre los que Amparo gozó y goza, todavía, de un lugar
especial. Si de los amigos y los hombres ilustres suele decirse que pueden ser contados con los dedos de
una mano, qué lugar tan especial no estará reservado para Amparo, en qué quinteto de espléndidos
escritores, justamente en las décadas en que la literatura latinoamericana trascendió los ámbitos locales,
sobre todo, por esa particular propensión a generar mundos fantásticos. Tan solo entre sus más cercanos
amigos encontramos las claves para ubicar a Amparo. Es amiga de Cortazar, a quien llega por sus magníficos cuentos;
la admiran y halagan Luis Mario Schneider, Edith Aron, Luisa Mercedes Levinson. Trino Sandoval,
el mundo vivencial del texto está hecho de anécdotas personales, dedicó su tesis doctoral a Amparo, siendo
yo una de sus sinodales. Le interesaba la temática de los roles femenino y masculino y cómo
ella los representaba metafóricamente en los interiores y exteriores de un patio, de una casona, de la soledad crónica
que aqueja a varios millones de mujeres. Trabajaba constante en sus lecturas definiendo ese mundo que los
personajes vuelven visible, a través de gestos y palabras. ¿Por qué evoco a Trino?
Porque la vida en Zacatecas me mostró ese ángulo de cerrazón, de modo que al referirme a los mismos espacios
interiores de la sociedad zacatecana, sentí ese déjà-vu o esto-ya-lo-había-visto,
entre los patios solitarios, colándose por las ventanas de casonas semi-derruidas, de la puerta hacia adentro, como
se vive en el recato añejo en que transcurre el Tiempo destrozado de Dávila. Algo tenemos en común, Trino, Amparo, yo: Zacatecas. ¿Acaso Amparo inventó
todos estos lugares y momentos fortuitos, tan sólo para que en ellos nos diésemos, alguna vez, la mano? O más
bien la inventaron a ella, personaje de un mundo insólito al que vale la pena llegar a preguntar: ¿podría
decirme cómo llego a la casa que alguna vez habitó Amparo Dávila? Y dar con ella,
para que así cualquier proeza, mala o buena, valga la pena... y que valga la pena, también, cada día
transcurrido en esas tierras interiores, en estos patios cuadrados. Debo aclarar, no di yo con Amparo, no fue tan fácil.
En cambio, corolario de una búsqueda constante, ella dio conmigo, gracias a la intermediación cálida
y puntual de Lidia García Zamora. Y fue en su casa que arreglamos llevar a cabo esta entrevista; en esa cocina donde
nació una amistad que será para siempre. Los círculos
helados de Amparo Dávila Conversar
con Amparo Dávila, en Zacatecas, fue como entrar en su mundo literario, en calidad de huésped... ¡Vaya
un lujo! Y repetimos el ritual, durante los homenajes por el aniversario de la muerte de Pedro Coronel, recorriendo el tramo
de la plazuela de Santo Domingo a La Bodeguilla, donde Rodolfo García Zamora, “el güero” y Jaina Coronel
intentaban con ahínco convencer al padre Poncho, primo de Amparo, de que dios no existe. Con Amparo se entra en confianza
porque su sencillez y su plática así lo permiten y porque, a través de ella, uno siente que conoce su
mundo, tan fácil que es sentirse como si siempre se hubiese dejado pasar las horas con Esperanza Coronel, Lolita, Martín
y Lidia. -Amparo, a las mujeres siempre se las encasilla, aunque éstas estén entre los grandes
escritores... y en Zacatecas, realmente no se ha asimilado a nadie, como se hizo con Ramón López Velarde. -Somos pocos escritores zacatecanos. Fuera de Mauricio Magdaleno, queda Tomás Mojarro. -Con
todo respeto para Tomás Mojarro, del vuelo de Mauricio Magdaleno, nada más Amparo Dávila..
Magdaleno representa muchas cosas, al igual que Nellie Campobello, pero el éxito de Amparo Dávila se
da en un momento de auge de la literatura latinoamericana donde hay muchísima competencia y creo que hay poca gente
con el reconocimiento que alcanza Amparo. Y es que tus cuentos realmente aportan ángulos nuevos. Me oigo hablarle como si yo fuese más dueña de su obra que ella misma. Y me deja hacerlo, con esa leve
sonrisa con que lo mira a uno, demostrándole que está totalmente atenta al diálogo. -No se
puede ser juez y parte. Yo creo que ha gustado el manejo de una línea poco trabajada.
Es realista, pero muestra, no la cara común y corriente donde todo tiene explicación, lógica...
donde tú encuentras el por qué de las cosas... sino la cara oculta, esa donde no hay lógica, ni explicación
posible. Mi infancia, uno de los círculos helados de Dante -¿Cómo
fue tu vida en Pinos... Cuánto tiempo viviste ahí? -Fueron pocos años...
Tuve un hermano que quise muchísimo. Se llamó Luis Ángel. Era un año menor que yo. Enfermamos
los dos y nos llevaron a San Luis, porque en Pinos había un solo médico, para todo. A él no lo pudieron
salvar. Nos dio una tremenda infección que habrá sido una tifoidea, no había nada
entonces con que combatirla y, luego, a él se le complicó con meningitis. Finalmente, murió.
Me quedé sumamente triste, fue un impacto espantoso la muerte de él... -¿Qué
edad tenías? -Iba a cumplir cinco años... El iba a cumplir cuatro. De vuelta en Pinos, mi madre casi
enloqueció, o enloqueció. Mi papá vivía entregado a sus negocios y a sus mujeres;
mi madre, al dolor de haber perdido a su hijo. Yo me quedé sola, sin el compañerito con quien jugaba, de día
y de noche, y supe lo que era la soledad, lo que era la muerte. Creo que para que yo me distrajera un poco me llevaban a veces a la escuelita de los mineros. Pero
era una casa muy fría, tremendamente húmeda y yo padecía mucho de la garganta. Cuando
iba a la escuelita, al día siguiente ya tenía fiebre, ya estaba enferma de la garganta, de las anginas, y tenía
que dejar de ir porque la fiebre ya no me permitía volver en una semana o varios días. Como
no me dejaban salir, me refugiaba en la biblioteca de mi padre que era una biblioteca que tenía ventanas hacia la calle
y ahí me ponía yo a ver pasar a la gente. -¿En dónde
está esa casa...? -En el pueblo, en la plaza principal, una plaza cuadrada. Sobre
la calle que entra, antes de llegar a esa plaza, está una casa muy grande con una tienda; era de mi padre. La tienda
se llamaba La barra de Tampico. La casa había tenido sus leyendas. Tuvo un dueño,
Don Antonio Villaseñor, un hombre inmensamente rico y poderoso, casado varias veces, porque se le morían sus
mujeres en el parto. Llevaba cinco o seis. Este señor, por alguna enfermedad, perdió una pierna. Como no había
prótesis, le pusieron una pierna de palo. La casa estaba llena de fantasmas. Decían que por
la noche se oía el taconeo de la pata de palo de Don Antonio y que una de sus mujeres salía con una vela encendida,
vestida de blanco. Y ahí me ponía yo, en las ventanas, eran varias, no sé si tres o cuatro;
me ponía a ver pasar a la gente; pero también pasaba por ahí la muerte. Como no había varios cementerios
en las poblaciones cercanas, a Pinos iban a enterrar a los muertos. A veces, yo veía pasar una carreta con el cuerpo
tirado, cubierto apenas con un jorongo; otras, el finado iba atravesado en el lomo de una mula. Era raro
que ya fueran en su caja, porque se iba desde a comprar la caja a Pinos. Ese era el espectáculo con que me entretenía,
ver pasar a la muerte tras el cristal de la ventana. Y si no pasaban los muertos,
o no pasaba gente frente a la ventana, entonces sacaba libros. Me entretenía sacando libros, porque casi no sabía
leer; sólo juntaba letritas unas con otras.
Uno de los
libros que me llamó mucho la atención y que ha sido fundamental en mi vida, fue La divina comedia.
Era un ejemplar que tenía unos cantos dorados. Un tomo grande, con ilustraciones de Doré. Quedé fascinada,
pero al mismo tiempo horrorizada. Conocí a los demonios con tridentes que andaban atormentando a las almas; los
círculos helados. Entonces no sabía que había Dios, conocí, primero, a los demonios. Mis
noches se convirtieron en uno de esos círculos helados de Dante, entre los fantasmas de la casa
que iban y venían y que yo, aún ahora, no sé si los llegué a ver o si los imaginaba... o si era
el terror lo que me hacía creer que los veía… si de veras los llegué a ver. Me cubría con
las cobijas hasta arriba y me moría de frío. ¡Porque era tan frío Pinos...! Se colaba el viento
por las hendiduras de las ventanas, de las puertas, zumbaba. Luego,
para acabar de completar aquellas escenas dantescas, en la esquina estaba el callejón de las prostitutas, con las sinfonolas
a todo dar. Así, entre los gritos de los borrachos, las prostitutas, las risas estridentes, los muertos deambulando
por ahí y los demonios... ¡las noches de terror que yo viví...! Sudaba frío de pies a cabeza, no
me calentaba nada, ni los perros que yo dejaba pasar. Porque a la muerte de mi hermano me quedaron dos perros y unos gatos,
eran mis compañeros.
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-¿Luis Ángel era tu único hermano? -Había
habido otro, pero murió antes de nacer. No hubo quien atendiera a mi mamá. Leoncio,
se llamó… Leoncio Dávila. Luego seguí yo y, luego, Luis Ángel.
La muerte de él fue la que me sumió en este mundo tremendo que describo. Mientras él vivió jugábamos
como dos niños normales, tranquilos… juegos de niños. Muerto él, quedé yo desolada. -¿En dónde estaba tu madre? -Entregada
al dolor. Le vino un insomnio crónico a causa de su estado nervioso y mi papá, vivía con la obsesión
de los negocios y de las mujeres; eran las dos pasiones de su vida. Y, pues, la niña... crecía,
con mis perros y mis gatos, aterrorizada. El día
para mí era maravilloso porque cuando llegaba la luz todo se iba, los terrores, las sombras, los ruidos. Con el día
dejaban de oírse los gritos de las prostitutas y de los borrachos; venía la luz y todo era maravilloso. Si no estaba yo enferma me dejaban que el mozo me llevara a la
montaña. Iba con los perros. Creo que mi primera afición, realmente, fue la alquimia. Juntaba yo piedritas...
las metía en frasquitos y les ponía papel de china y agua para que se hicieran de colores. Estaba segura que
iba a salir oro de ahí. Cortaba también flores, porque había muchas en el cerro; las machacaba y las
metía en frasquitos con agua. A los pocos días eso se echaba a perder y estallaba... con un olor pestilente,
espantoso, en vez de los perfumes que iba a crear. Ese olor espantosísimo hacía que me regañaran y mandaran
a tirar todo aquello. Pero cuando podía, volvía a ir a juntar piedrecitas y a soñar que iba a tener perfumes
y oro. -En
esa casa, ¿había un patio?-Sí, un patio cuadrado. -Yo cuando llegué a Pinos fui buscándola... -Ahí está un patio cuadrado, del que después yo hago un cuento... -¿El
huésped? -No, El patio cuadrado. Pero El huésped también
tiene su origen en Pinos. Sólo que en la casa donde yo nací. El patio cuadrado está
en esa otra casa, donde sufrí los terrores. Mi primera casa tenía un jardín o huerto, también cuadrado, donde mi madre tenía muchas
flores, pensamientos, violetas. Atrás, había hortalizas y arbolitos frutales. Seguramente
yo saqué rábanos y zanahorias y comimos mi hermanito y yo y esa fue la causa de que nos diera la terrible infección. También
trepaba a los árboles, porque era muy lista, como ardilla. Trepaba y bajaba fruta verde. Era
irremediable que nos enfermáramos. -¡Ah... pero no hay personajes niños. Son
adultas y adultos...! -Es que los escribí a través de mi vida, no de niña, ni pensando en niñas.
Los escribí con el recuerdo vivo de esos lugares, pero ya no como niña, sino como mujer
escritora. La carta es otro cuento escrito en prosa poética... Hay un fragmento
donde yo hablo de un parque hundido que es el parque Juárez, de Pinos. Ahora está cambiado. Yo
iba todas las tardes al Parque Juárez, me gustaba mucho. Había un estanque, al nivel
del piso... era un estanque rústico, con piedras, algo de musgo, líquenes y pececitos de colores. Yo
iba en las tardes, me fascinaba ver los pececitos que se metían entre las piedras y los musgos. Me sentaba horas y
horas, hasta que se iba el sol, luego la luz, y empezaba a soplar el viento frío. Claro, no
estaba sola, me vigilaban la nana o el mozo porque era muy chiquita para que me dejaran sola... Pero yo pasaba horas y horas
ahí. No hablaba ni me hablaban. Nada más veía a los pececitos. De eso hablo en ese cuento que se titulaLa
carta, del parque Juárez. Y después de los demonios con tridente, los salmos -Yo encuentro en tus textos aspectos recurrentes de la realidad zacatecana... la soledad, la vida
fragmentada, hacia adentro... ya sea porque hay dolores escondidos o porque se acude al recato, para protegerse. -Tal vez sea el modo de vivir de las provincias chicas. Guadalajara, Monterrey tenían ya
otra forma de vida. Ahora te voy a seguir contando el final de esta historia que fue cuando me llevaron a San Luis Potosí,
a la escuela. Llegué a un colegio de misioneras religiosas del Espíritu Santo. Ahí llegó una niña
llena de demonios, de fantasmas, que convivía con sus perros y que tenía unas reacciones muy parecidas a las
de los animales. Enojada, me tiraba a morder. No decía nada, pero iba y plantaba una mordida tremenda. Las madres se
encontraron con una cosa rara que ya sabía de los demonios y los tridentes ¡a esa edad...! Que había leído
a Dante; que andaba juntando palabritas en La divina comedia. -Una
niña muy pequeña que, sin embargo, ya había leído a Dante... -Y cogía otros libros muy impropios para mi edad, de Vargas Vila y de Zola, en la biblioteca de mi papá.
Aprendía a juntar palabras y me enteraba de cosas inconvenientes. Pues empezaron a prepararnos para la primera comunión y -¡O
sorpresa...!- me entero que, aparte de los demonios espantosos, había un dios que era todo bondad y amor y que había
muerto para salvarme de mis pecados, de todos mis tremendos pecados. Me entró una conmoción tan grande de saber
que existía algo, además de ese mundo horrible que yo conocía. Ya sabía escribir, entonces empecé
a hacer poemitas que, se podía decir, eran místicos... Hablaban de dios como del pastor que cuida a sus ovejas
o un jardinero que anda regando sus flores; así veía yo a Dios. Empecé a escribir eso que mi mamá
muchos años guardó, esos poemitas de antes de la primera comunión. Cuando ella murió yo dije,
voy a romper todo esto. Pero fue así que empecé a escribir poemas místicos. -¿Son
esos los textos que conoció Alfonso Reyes? -Cuando yo llegué
con don Alfonso escribía poesía, después de esos poemitas místicos, que hice en San Luis Potosí.
Conocí El cantar de los cantares, en las clases que nos daban de historia sagrada y religión,
me gustaron muchísimo los salmos. [Me dispongo a tomar una foto, pero Amparo no quiere fotos...] Sale uno haciendo gestos... [Se niega, rotundamente...] Luego sale uno espantoso... porque cuando se habla se hace
muchos gestos. -¿Es por eso que no hay muchas fotos de Amparo Dávila? -Les tengo
horror a las fotos. Siempre me retrato con un gato, como si el gato me librara un poco de los maleficios de la cámara.
Cuando no puedo salir con un gato, las cámaras me causan terror. [Y retoma,
decidida...] -Me impresionó mucho El cantar de los cantares y los salmos de Salomón
y de David. Lo primero que yo empecé a escribir fueron salmos, bajo esa influencia. El padre Peñaloza, Joaquín
Antonio Peñaloza, de San Luis Potosí -fuimos amigos desde niños- tenía una revista que se llamó Estilo;
ahí me empezó a publicar mis salmos, porque él también escribía salmos. Curiosamente,
los dos amigos nos habíamos separado unos años, cuando él se fue al seminario, pero nos volvimos a encontrar
cuando los dos escribíamos salmos. Esos poemas los publiqué en un tomito que se llama Salmos bajo la
luna y en otras dos plaquetitas en verso libre... Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil
de soledades. -¿Y apareció don Alfonso? -Pero don Alfonso me hizo ver que la prosa era imprescindible que era muy necesario manejar la prosa y después
dejar que su vocación lo llevara uno a la poesía, al teatro, a la novela, al cuento. Manejar la prosa, para
don Alfonso, era enfrentarse con las palabras. Y don Alfonso
me dijo “si te salen cuentos escribe unos cuentos...” Así fui publicando algunos cuentos, en revistas...
la de la universidad, la de Bellas Artes, la de Elías Nandino, la Revista Mexicana de Literatura, Estaciones. -¿De esa época
es el de la mujer que sale corriendo de Sanborns? -Ha de ser La rueda...,
un cuento circular... donde empieza termina, donde termina vuelve a empezar. Tengo mucha preocupación por el tiempo,
indudablemente. Por eso el primer libro se llama Tiempo destrozado. Es esa angustia del tiempo que se le
escapa a uno de las manos y que yo quisiera destrozar, para que no siga adelante, para que se rompa la fatalidad ineludible.
Tengo esa preocupación del tiempo en El patio cuadrado que es el tiempo, en cuadrado, o el tiempo
circular. -¿Como si estuviera atrapado? -¡Destrozado! -¿Así lo vive ese personaje que sufre, o es torturado... No sabe si es bestia o
ser humano? -¿No es Fragmento de un diario? Ahí, para mí, el masoquista
es un artista del dolor. Está practicando los grados del dolor, sentado en una escalera, desde donde ve subir y bajar
a la gente. -No queda nunca claro por qué la gente pasa y este hombre está ahí, sufriendo...
¿por gusto? -Está practicando el grado máximo del dolor. Es el artista
del dolor, es un masoquista. -Vuelve a Alfonso Reyes, ese misógino horroroso y
genial. ¿Qué te dejó Alfonso Reyes? ¿Te enamoraste de él...? -No. Los
quise muchísimo a él y a Manuelita. -Me refiero al amor literario...-Lo admiré mucho, pero no me llegó el amor literario por don Alfonso... Sí una gran admiración. -¿Rígido, cruel? -Era muy tierno, don Alfonso...
Uno habla de lo que le tocó conocer y a mí me tocó conocer una parte tiernísima de don Alfonso,
muy humana. Entonces, no puedo hablar más que de eso. Don Alfonso fue a San Luis Potosí cuando se crearon ahí
los cursos de invierno, en la universidad. Llevaron a grandes personalidades, a conferencias o recitales. En uno de esos fue
don Alfonso. Los jóvenes, como yo que tenía mis Salmos bajo la luna, fuimos a presentar nuestros
escritos. Fue muy amable, tuvo palabras cariñosas para todos y ahí quedó. Algunos meses después, yo fui a Guanajuato a ver los entremeses cervantinos que, en ese
tiempo, apenas empezaban. Y una tarde vi que estaba don Alfonso sentado en una banca y corrí a saludarlo. Don
Alfonso se desconcertó porque yo creo que ni se acordaba quién era yo; le dije que era de San Luis y ya supo
de qué se trataba. Empezamos a platicar y yo le estaba contando que me iba a México, con mi mamá, que
pensaba dedicarme de plano a la literatura. Él estaba esperando a su esposa porque tenía la costumbre de, a
donde fuera, ir a las librerías, a todas, y luego los libros que le gustaban o le interesaban los dejaba apartados
para que Manuelita fuera a pagarlos y a recogerlos. En esa ocasión, Manuelita había ido a recoger sus libros
y él la estaba esperando. -Ya ves como sí era misógino... y comodino. -Pues sí, en cierta forma. Pero Manuelita, verdaderamente, lo adoraba,
le velaba el pensamiento. Estábamos en la plática de cuándo me iba a ir a México,
y demás, y de pronto empecé a ver -eran las cuatro y media- que el último sol estaba dorando los crespones
de los jardines, se veían preciosos y empecé a recordar El principito, de Saint Exupéry,
cuando la zorra le dice que ella no va a estar más triste ni a sentirse sola... y que cuando
el sol esté sobre las espigas va a recordar el pelo del principito dorado y no se va a sentir más sola. Me distraje,
así, y él se dio cuenta de que me había ido y me dijo “niña estamos aquí adónde
te fuiste... qué estás pensando”. ¡Ay! Le pedí
disculpas, le dije que me había distraído... los crespones, el sol, la zorra. Don Alfonso se transfiguró... “¡No te imaginas!”, me dijo... “Niña
de mi vida, eres de las mías...” Me cogió la cara, me besó, me hizo mil cariños... “tú
no sabes que has tocado mi corazón.” ¡Ay!, decía
yo, ¡pero por qué...! “Es que yo soy un enamorado de Saint Exupéry, no sabes en qué forma
amo a Saint Exupéry y que tú, una niña, me lo estés recordando al ver estos crespones, bueno,
has tocado mi corazón. Desde ahora soy tu amigo ferviente, incondicional...” Llegó Manuelita, la hizo
partícipe de la hazaña... “Y ahora me vas a prometer que tan pronto llegues a México nos vas a
buscar, pero una promesa formal porque no te lo perdonaría que no nos fueras a buscar.” Y yo quedé, así,
totalmente comprometida a buscarlos. Llegamos a México y me empezaron a invitar a comer, una
vez a la semana, don Alfonso. Después, ya fueron dos, porque me invitaba Manuelita. Y al final fueron tres, porque
me invitaba Felipa, la cocinera. ¿Quién ha tenido esa suerte y esos privilegios? Un día, me dijo don Alfonso: “oye niña, entre tus amigas, no conoces a alguien
que escriba a máquina y que tenga buena ortografía.” En esa época iban
a hacerle un homenaje en Monterrey y a publicar un libro que él estaba sacando en limpio... “Necesito alguien
que venga y que me saque en limpio artículos que quiero yo juntar para este libro”. Fíjese que sí
conozco a alguien, le dije. “¡Ah! Pues dime si le puedes hablar. ¿Quién es?” Soy
yo... “¿Pero tú vendrías a trabajar, aquí, conmigo...? Claro, le dije, feliz de hacerlo,
de estar a su lado. “Pues desde mañana...”, dijo él... “¿Pero cuánto
quieres ganar? Porque ya sabes que yo no tengo mucho dinero...” Nada, le contesté...
no voy a ganar nada. Para mí va a ser un privilegio la oportunidad de estar a su lado, ese es el mejor pago que me
puede dar. Y así fue como me convertí en la secretaria de don Alfonso. Fue en el 56 y hasta que me casé,
en el 58. Como dos años o dos años y medio. Me enseñó muchas cosas. No me hizo ordenada ni disciplinada,
eso no lo logró, porque habría tenido yo que volver a nacer para ser una mujer disciplinada. Don Alfonso
me enseñó que no era conveniente encerrarse en ninguna camarilla, que el escritor tiene que ser libre, no comprometerse
con nada, sino tener libertad para expresar lo que quiere expresar. Me decía que tuviera muchos amigos, de todas las
ideologías, pero que no me metiera en ningún grupo. Y así es, tengo muchísimos amigos, comunistas,
filósofos, escritores, pero no pertenezco a ningún grupo... -¿Por
qué escribes tan poco? Emplazada en un mundo intelectual, debes haber tenido halagos de los mejores escritores. -Habemos escritores de poca producción. Yo creo que se está asimilando, rumiando,
cuando no se escribe. En el caso mío, rumiaba mucho los textos, hasta que llegaba un tiempo de gestación en
el que había que sacarlos. Pero yo creo que también vivo mucho...como que tengo un tiempo para vivir y otro
para escribir. No soy de los escritores
constantes, disciplinados. Don Alfonso me decía que había que escribir, diariamente, aunque no valiera la pena
lo que uno escribiera... Dos o tres cuartillas diarias, aunque las echara al cesto o las rompiera. La mucha disciplina era
importantísima para don Alfonso, pero yo no soy disciplinada, soy desordenada. Ya te lo dije... él nunca pudo
hacer de mí una mujer disciplinada. -¿Quién lee tus manuscritos? -A veces, hubo una temporada en que tuve mucha cercanía con él, Juan José Arreola. -Otro misógino horroroso... -Vivíamos muy cerca,
soy muy amiga de su esposa y de sus hijas, tanto que cuando se casó Jaina, mi hija mayor, las hijas de Fuensanta fueron
de pajecitos... Y cuando se casó Fuensanta mis hijas fueron de damitas. Llevamos mucha amistad. Juan José leía
mis manuscritos. Me hizo algunas correcciones pero, en general, le gustaban. En otro tiempo mi lector fue Tito Monterroso. Por una argentina que vino
a México, becada al Colegio de México, Emma Susana Esperatti Piñeiro, conocí a Julio Cortázar. Emma
vino a hacer su tesis doctoral sobre el esperpentismo en Tirano Banderas, de Valle Inclán, e hizo un trabajo precioso. Nos
hicimos muy amigas.
-¿Julio leyó tus cuentos? -Cuando
se publicó Tiempo destrozado, Emma se lo mandó sin decirme nada. “A lo mejor
te vas a enojar pero le mandé tu libro a Julio Cortazar”, me anunció. Yo tenía
una gran admiración por Julio y me llenaba de timidez, de modestia, que le hubiesen mandado mi libro. A los pocos meses
me hablaron del Fondo de Cultura que había una carta ahí para mí. Fui por ella. Era de Julio Cortázar.
Era una carta preciosa donde me decía que había leído mi libro y que no se explicaba cómo es que
podía ser un primer libro. Fuimos muy amigos. Me escribió cosas bellísimas. -¿Tú lees “Casa tomada” antes de escribir “El huésped”? Yo había leído Bestiario. Julio empezaba a publicar. Pero era un gran escritor y un gran
crítico. Me hizo unas observaciones. Me decía que, para él, Tiempo destrozado, el texto
que da título a la colección, no era un cuento, sino un poema. -A
mi me impresiona el parecido estilístico que hay entre “El huésped” y “Casa tomada”.
Si no lo habías leído, la coincidencia resulta muy mágica.
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-Julio decía que él no se explicaba que en México,
una mujer pudiera escribir así, como yo escribía. Lo tenía verdaderamente sorprendido. Cuando fui a París
a encontrarme con Pedro Coronel, mi marido... -Tercer misógino horroroso... [Interrumpo
para evitar que Amparo se detenga en ese episodio de su vida, al menos en este momento en que la veta es Cortázar...] -Puros misóginos he encontrado en mi vida. Pero te lo cuento porque ahí conocí personalmente
a Julio. Ya le habían dicho que yo iba a París y me había mandado mil recados,
que tan pronto llegara fuera a su casa. Quedé absolutamente fascinada con Julio y con Aurora. -El sí que no era un misógino
horroroso... -Aurora Bernárdez era la mujer de Cortázar, su primera mujer; era una mujer preciosa.
Me refiero a su forma de ser, porque no era bonita físicamente, sino interiormente. Una inteligentísima mujer,
eso era Aurora. Era hija de Jorge Luis Bernárdez, el escritor Argentino de La ciudad sin Laura. Fueron
tan buenos conmigo que yo pensaba hacer unos viajecitos ahí, en Francia, y ya no fui a ningún lado. Me quedé
en París. Me quedé fascinada con la hospitalidad con que me recibieron Julio y Aurora,
como si nos hubiéramos conocido de siempre... Entonces se dedicaron a llevarme a Versailles; conocí Versailles
con ellos. [Amparo revive esos momentos con pasión, con ilusión... parecería por un instante que acaban
de pasar, que la sorpresa continúa.] -¡De la mano de Julio Cortázar...! -Estaba, ahí, otra amiga muy grande de Julio... -¿Alejandra
Pizarnik? -Tenía dos amigas Julio Cortázar. Una era Alejandra Pizarnik,
la poeta, Maravillosa escritora. -¿Era la otra Cristina Peri Rossi...? -No todavía...
La otra era Edith Aron, que fue la primera traductora al alemán de Julio Cortázar. Me
las presentó e hice una gran amistad con Alejandra y Edith. -Alejandra
se suicidó... -A los pocos meses. Nos habíamos seguido escribiendo y de pronto vi en los periódicos
que se había suicidado. Fue tan bella esa época en que me quedé en París a disfrutar del privilegio
de conocer a Julio, a Alejandra, a Edith. Una gran riqueza; un privilegio que yo había tenido, así como el que
tuve de conocer a don Alfonso Reyes. Cuando murió la última esposa de Cortázar,
la que lo acompañó fue Aurora. Ella tiene sus derechos. Y me pidió las cartas
que me escribió Cortázar y tiene las que yo le escribí a Cortázar. Está por aparecer un
epistolario, en Gallimard, de Cortázar. Allí viene lo que me escribió, las críticas
que me hizo y los elogios que me hizo, inmerecidos. -¿Quiénes
son tus amigos escritores mexicanos? ¿Conoces a Rosario Castellanos, a Inés Arredondo? -Bueno, Inés fue mi íntima amiga. -¿Tú participas
en los guiones de Doña Macabra? -No. Pero Inés y yo fuimos entrañables amigas;
tanto, que vivimos en el mismo edificio. Yo en el primer piso e Inés en el tercero. Pedro [Coronel]
fue muy amigo de Inés. Conocí a Inés por Pedro, porque cuando Pedro hacía exposiciones, antes
de casarnos, Inés le ponía los títulos a sus cuadros. Ya que nos casamos, yo era la que ponía
los títulos; entonces Pedro nos presentó y nos hicimos muy amigas. -¿De
qué muere Inés...? -Una serie de cosas desencadenaron la muerte de Inés.
Yo ya no supe finalmente qué... Fue el corazón que se paró. Es tan trágica la vida de Inés
como la de Pizarnik. -¿Se dejó morir, Inés, en cierta forma? -No, Carlos, su marido, me platicó que una tarde, de una fiesta cívica [20 de noviembre],
estaban viendo la televisión... Entonces, Inés le dijo a Carlos “estoy fastidiada, porque qué programas
más malos, mejor pon algo de música...” Se levantó Carlos, a poner un disco, y cuando regresó
de poner la música ya estaba muerta Inés... Fue un paro. -¡Se cansó
de vivir! -No tuvo ni tiempo de decir nada, una palabra... -¿Y
Rosario? -También era Pedro quien fue amigo de ella y de Ricardo. Se casaron después que
nosotros; un poquito después. Pero nunca tuve con ella la cercanía ni la intimidad que tuve con Inés.
Inés y yo fuimos, verdaderamente, entrañables amigas. -Si
me permites, Amparo, tu vida tenía un curso propio y me parece que Pedro Coronel cayó en tu historia –casi
como cataplasma- un poco para perturbar ese curso, para incomodar a sus maravillosos habitantes... Y eso la gente no lo sabe. -¿Cómo una cataplasma? [risas] -A las mujeres no se
las ve, Amparo, se las omite... -[Más risas] A mi no me preocupa eso. Cada quien tiene
su talento, su vida, su obra. Me han hecho desaires aquí, por supuesto, pero no me preocupa, porque no soy vanidosa
en ese aspecto. Yo tengo mi obra, ahí está. Entonces si la valoran o no, ya es otra
cosa. Para mí lo importante es haber hecho algo, y seguir cumpliendo. -¿Ya
no escribes? -Tengo un libro de cinco o seis cuentos, ya ves que no escribo las grandes cantidades... Se lo
iba a dar a publicar a un amigo que quise mucho, que fue mi segundo hermano... Luis Mario Schneider, un argentino excepcional. -Murió hace poco... ¡otro gran argentino...! -¡Cómo
he tenido yo amigos argentinos! Cortázar, Schneider, Alberto Manguel. He tenido esa suerte. Luis
Mario tenía en Malinalco una revista que se llamaba, así, Cuadernos de Malinalco y me hizo prometerle que le
daría un libro. Pero Luis Mario se murió, repentinamente. Me deprimí machismo
y lo dejé. Me falta muy poquito. Creo que sí lo voy a terminar. Luis Mario donó
su biblioteca, que es maravillosa, y su casa, para casa de la cultura. Luis Mario escribió cuarenta libros. La última
finca maravillosa que compró, muy grande, la dejó para que se hiciera museo. Sus albaceas
se dedicaron a trabajar a marchas forzadas y ya han hecho el museo en Malinalco. Luis Mario sólo tuvo una hija, la
hija de Margo Glantz, Renata, y un hijo, con su primera esposa argentina que se llama Ada Presaco, a quien de cariño
se le decía Baby. El hijo es Máximo Schneider. A mi me invitaron a la inauguración de Malinalco. Sentí,
al estar ahí, la necesidad de no dejar sin publicar ese libro. -Aquí el año
pasado trajeron el libro que hizo de López Velarde... coeditó un documental de López Velarde. -Hizo muchos de ese tipo. Uno, sobre Antonieta Rivas Mercado, era extraordinario. También
era extraordinario como amigo. -Esa coincidencia con los argentinos ¿conociste a
Luisa Mercedes Levinson, a Luisa Valenzuela...? Se parecen mucho a ti, desde un punto de vista literario. -A Luisa Mercedes Levinson la conocí en Ottawa, fuimos a un Congreso, yo no sabía que era ella y me
buscó y me dijo “fíjate Amparo que hace años que te quiero conocer porque nos han juntado en varias
antologías y veo que tenemos muchas cosas en común tú y yo”. Después,
por Margo Glantz, en casa de Margo, conocí a Luisa Valenzuela, pero tuve más cercanía con la mamá. -Es un caso en que la mamá es mejor cuentista... porque Luisa es novelista Cuando tú no conoces el vínculo te parece más
vital y más joven Luisa Mercedes... Es impresionante la similitud que hay entre tú y la Levinson! -Tengo
esos amigos argentinos que se dieron cuenta de eso. Me ha publicado Mangle, por ejemplo, sin conocerme. En
Argentina leyó mis libros. En Nueva York me dijeron ¿eres amiga de Alberto Manguel?
No, dije, no lo conozco. Pues si él te ha publicado y me regalaron Other fires –Otros fuegos-
de literatura latinoamericana, donde yo vengo. Luego publicó otra Antología, en Londres,
donde también estoy. Me invitaron a un congreso en Montreal y en Toronto. Alberto era de los
organizadores, así que finalmente nos conocimos y nos caímos muy bien. “Ya me caías bien sin conocerte”
me dijo... “Ahora ya te conozco y nos caímos de lo mejor”. Vino a México
y me visitó. Él está en Francia. -Cuando tu escribes esos
textos en los cincuentas... En México tu literatura no está de moda... ¿Qué produce a una escritora
como tú? -Yo manejo otra cara de la realidad... voy y vengo entre esas dos caras. -¿Conociste
a Elena Garro? -De las grandes escritoras de México. -Garro,
Vicens, Inés, Guadalupe Dueñas -Pero Elena y Josefina de
las grandes... -¿Entonces te quedas con...? Yo digo que para contar
escritores, una sola mano... ¿Inés, Josefina, Garro, Dueñas y... Amparo Dávila? -Bueno yo no me incluyo, yo te hablo de mis admiraciones. -¿Y de hombres? -Juan José [Arreola],
Juan Rulfo, aunque son tan diferentes. Agustín Yáñez, con él llevé mucha amistad, mucha
cercanía. -¿Leyó Yáñez tus manuscritos? -Sí y me los criticó y comentó. -¿Duro...? -No... le gustaban mucho. -Tus amigos se distinguen por ser muy estrictos con sus textos,
Arreola, Yáñez, Cortázar, Tito, Inés. Ellos se censuraban a sí mismos en busca de una gran
calidad, eran meticulosos, severos... -Cortázar me contaba que muchos cuentos se habían
quedado en el cajón y que algunos, aunque publicados, no le habían satisfecho del todo. -Hay escritores como García Márquez que se exceden... -Mira con
los que yo me quedo... Arreola, Rulfo, Cortázar, Yáñez, Tito Monterroso, José Emilio Pacheco,
Sergio Pitol. -¿Qué te gusta más de Sergio? -Sus cuentos,
claro, pero es además un extraordinario escritor y una gran persona. -¿En
dónde vives Amparo? -Vivo en Contreras, ya casi para la salida de Los Dinamos... [Intenta explicar...] -Cuando yo era niña, esa era mi zona... las afueras
de la ciudad... conozco bien los dinamos. -Creció una ciudad ahí... -A Los Dinamos se iba a caballo... -Yo vivo por ahí... luego de que me
sacó el terremoto de Atlixco [se refiere al sismo de 1985] donde te dije que viví de vecina de Inés.
Era La Condesa, cerca de la Plaza Popocatépetl. Al apartamento de Inés no le pasó nada pero al mío
se le rompieron las puertas y las ventanas. Yo estaba en San Luis con Loren... Jaina estaba con Tomasita, cuando me enteré,
y no me pude comunicar fue espantoso. -¿Tienes dos hijas? -Dos...
Luisa Jaina y Juana Lorenza, hijas de Pedro Coronel. Pedro tuvo un hijo, Martín Coronel. -¿Tus
hijas te admiran como escritora, te conocen, son tus lectoras...? -En el 98 me hicieron un
homenaje en Bellas Artes. Schneider me hizo uno en Malinalco. Y, luego, en Bellas Artes me hicieron éste que te menciono,
el FONCA y Bellas Artes, Era un homenaje por mis setenta años. Ellas, mis hijas, estaban muy
emocionadas. A Pedro Coronel lo llevaron muerto a Bellas Artes; ahí se velaron sus restos,
se le hicieron honores. Entonces, ellas decían: “¡Qué maravilla que a ti, en vida, te reconozcan...!” -Y, en vida, hemos de ver que te hagan un homenaje en Zacatecas... -Ellas
estaban muy emocionadas. Fueron mis nietos de dos añitos. [Se refiere a los triates Santiago, Mariano y Sergio Córdova
Coronel, quienes a la fecha de esta entrevista tenían la edad que tenía Amparo cuando empezó a leer a
Dante...] Me lo hicieron por setenta años y por obra, el año de 1998, en febrero. -¿Quienes participan en ese homenaje? -Estuvieron
Luis Mario Schneider, Emanuel Carballo, que según él fue uno de los que me descubrió... [ríe],
Alicia Zendejas, Juan Galván (que fue alumno mío, en la SOGEM y en el INBA, en mis talleres). Tuve dos alumnos,
Juan Galván y Agustín Cadena, dos escritores jóvenes, brillantísimos. Me enorgullezco mucho de
haber sido su maestra, los dos son muy valiosos. -Por qué se menosprecia
a las mujeres, aún cuando son excelentes, como Elena Garro; originales, en su mundo creativo, como Amparo. Los recuerdos
del porvenir, por ejemplo, es superior a Cien Años de Soledad. Garro no pudo haber leído antes Cien Años...
más bien lo probable es que García Márquez hubiese leído Los recuerdos... -Son cosas
curiosas. Fíjate que Cortázar creía que yo había leído a Edgar Allan Poe. El
lo conocía de memoria, porque cuando se casó con Aurora, en su luna de miel, se dedicaron a traducir a Poe,
al francés. Entonces, él lo conocía a las mil maravillas, como cuando traduces
a alguien. Y creía que yo había conocido a Poe y que estaba influenciada de Poe. Cuando
le dije “...fíjate, Julio, que me da mucha pena confesarte que no he podido leer a Poe... porque cuando lo empiezo
a leer me impresiona tanto, tanto que me llega la colitis...” Como yo padezco colitis de tipo emotivo. Es fascinante
Poe, pero a mi me estruja a tal punto que me llegaba la colitis, no lo podía leer. Julio me dijo que me iba a regalar
la traducción de Aurora y de él y le prometí que iba a hacer el esfuerzo. La verdad es que conocí
a Poe después de haber conocido a Julio. Y es increíble, decía él, que haya esas afinidades en
escritores desconocidos. -El caso de Luisa Mercedes y tú... A Cristina
Peri Rossi, ¿la conoces? -No, sé que fue muy
amiga de Julio pero a ella, en persona, no la conozco. Tuve el gusto, en cambio, de conocer a Alejandra y con Edith me sigo
escribiendo. Nos perdimos; ella vivía en París cuando la conocí con Julio, pero luego se fue a Argentina
y regresó a Europa. Se fue a Londres y ahí nos perdimos, en la época del terremoto. Ya cuando vivía
en San Francisco, en Contreras, llegó una carta de Edith Aron. Encontró en una biblioteca de Londres un libro
mío y me buscó a través de la editorial, hasta que le dieron mi dirección. -¿Y
Alejandra...? Fíjate que el primer trabajo que escribí era sobre la muerte en Alejandra Pizarnik. Yo
empezaba mi doctorado y ella ya se había suicidado. -Ella vivía obsesionada,
en la angustia, como una forma de evasión. Un personaje que era la condesa Bertoit, bastante siniestra, la obsesionaba
mucho. Yo creo que, más que nada, era la evasión. Las mujeres inteligentes están condenadas a estar solas. -¿Tú estas sola? -No. -Y
sin embargo vives una vida trágica... -Sí, pero soy una
gente con muchas posibilidades, por ejemplo la posibilidad del asombro. Yo vivo asombrándome
de todo cuanto me rodea, de que el cielo está maravilloso, de que hay un árbol increíble bajo mi ventana,
de que los pájaros andan en los alambres de la luz. Ayer, cuando venía para acá, me asombró una
hora de crepúsculo extraordinario, como un incendio increíble. -¿Anhelas
volver a Zacatecas, a Pinos? -Me gusta mucho, soy muy feliz cuando vengo, pero eché
raíces en México. [Y continúa, en su imaginación, evocando ese mundo de cosas que sirven para
disipar la soledad...] Oigo música y me fascina, veo las flores y me encantan, como me encantan los perros, los gatos,
tengo tanta cosa que me hace feliz, los perfumes... Ya ves que desde niña quería hacer perfumes. -Dime quiénes son tus pintores favoritos -¿Mexicanos? -Sí, mexicanos. -Remedios Varo, que no fue
mexicana pero que vivió en México, Leonora Carrington, que son fantásticas, Pedro y Rafael Coronel, por
supuesto.
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