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Gentalla de
color quebrado by
María Dolores Bolívar Proemio ¿Obsesionados con el color? El imperio español lo estuvo y generó una narrativa de la
tez y el tono digna de varias novelas. Obtener un color blancuzco y desabrido perduró, cual moda, durante toda la colonia.
La razón que sustentaba aquello, la llamada pureza de la sangre. La extraña costumbre de mascar barro, iba aparejada
con la llamada opilación y era frecuentada por las personas –sobre todo las mujeres- para producir palidez. Al
cabo del tiempo la opilación derivaba en problemas del hígado que imponían al paciente el consumo de
hierro. Al consumir el hierro la persona debía caminar para facilitar su digestión y a dicha caminata se la
llamaba “pasear el acero”. Este eufemismo, como tantos otros, da a ver la vergüenza que generaba el opilarse
o blanquearse ingiriendo barro. Parecer blanco o que otros creyeran que lo eran era la meta mayor. En ese mundo obsesivo contra
la diversidad expresada en la piel, el ser “color quebrado” o las muchas categorías que el mestizaje imponía
a quienes procreaban hijos por fuera de “su raza” o “su color” debió ser causa de un tremendo
sufrimiento…
¿O lo era? No para los finales del siglo dieciocho, cuando buena parte de la población
comenzaba a distanciarse de los cerrados círculos del rey, de sus alférez y visitadores. A las puertas de la
guerra de la independencia que estallaría en 1810, ser criollo o mestizo valía más que tener pura sangre.
El descontento con la burocracia del virreinato daba cuenta de esta disidencia advertida, sobre todo, entre las poblaciones
que ya asumían el mestizaje como su realidad personal. No son pocos los casos de orígenes “espurios”
(de la sangre) que resultaron sonados. El acta de nacimiento de Sor Juana, por ejemplo, se hizo perdidiza lanzando para siempre
un velo de misterio sobre su origen.
Portolá
En enero de 1769 Gaspar de Portolá obtuvo la misión de ejecutar la orden real que dictó
la expulsión de los jesuitas quienes mantenían 14 misiones en Baja California y poner fin a 72 años de
dominio de la compañía de Jesús sobre las tierras norteñas de los territorios novo hispanos. Portolá
dirigió las cuatro expediciones que llevaron a misioneros, pobladores y soldados a la misión de impedir el avance
de rusos y piratas ingleses sobre los territorios del imperio español. Él mismo capitaneó una de dos
expediciones por tierra, acompañado del franciscano Junípero Serra y coordinó el avance de las otras
tres. Las expediciones por mar se realizaron a bordo del San Carlos y el San Antonio. El encuentro de las cuatro agrupaciones
se dio en San Diego, a principios de julio. El San Carlos había tomado 110 días y El San Antonio 54. A pie,
la jornada desde La Paz fue de meses.
De Anza
El
censo de 1790 consignaba la existencia en Alta California de una gran diversidad racial y étnica. La residencia
en El Presidio (el reducido fuerte/comunidad sostenido por la armada española al resguardo de la resistencia local)
-soldados, oficiales y sus familias- mostraba una lista de 57 hombres adultos, ya solteros, ya acompañados de esposa
e hijos. De los 57 integrantes del ejército desplegado en San Diego 32 eran o se declaraban españoles, mientras
que 8 eran color quebrado (o casta indefinida), 7 mulatos, 3 indios, 2 coyotes y un belga. Entre las esposas había
17 españolas, 8 mulatas, 6 indias, 5 coyotas y una color quebrado. 22 familias estaban conformadas por personas de
distinta raza, mientras que sólo 14 eran de español con española. La prevalencia de 20 solteros de 57
hombres, elevaba el valor de las mujeres y auguraba mayor mestizaje y ruptura con la rigidez dictada por la política
de la pureza de la sangre. El detener la mirada en esa sociedad que generó, literalmente, sus propios colores, permite
ver cómo se daba la movilidad social y de qué modo se acoplaron todas esas personas a los cambios étnicos
que resultaron de la convivencia impuesta, a la vez transgresora y dolorosa. Aunque no lo consignen los registros se sabe
que muchos pobladores, soldados y oficiales eran de ascendencia mestiza –india, mulata u otra- y que ocultarlo era una
forma de sobrevivir al interior de las rígidas estructuras del poder.
Las castas
Es importante notar que en la visión del imperio español de aquellos días
la raza era algo que se diluía y verificaba en combinaciones apuntadas de manera minuciosa, hasta el exceso. Fue mediante
un decreto de 1528 que se obligó a dar preferencia en el mundo Novo Hispano a los españoles casados. Las razones
fueron varias, entre ellas el alto número de suicidios de mujeres indígenas motivado por al abuso de sus cuerpos.
Las mujeres tomaron así, pese a la paradoja de su servidumbre con respecto al varón, un lugar preferencial y
protegido en la sociedad colonial. Y esto último se aplica no solo a las españolas peninsulares, cuya escasez
continuó amenazando la estabilidad de los territorios invadidos, sino también para el resto de las mujeres a
quienes la medida protegía otorgándoles un mínimo de derechos que se tradujo, la mayor parte de las veces,
en matrimonios forzados entre su grupo étnico y el español.
Las castas constituían, pues,
un complicado sistema de clasificación que daba cuenta de la mezcla de los seres humanos. Las combinaciones fueron
aumentando entre los grupos principales de españoles e indios. A estas dos divisiones pronto se agregaron los criollos,
los mestizos, los negros. La variedad fue tal que, obviando la tragedia de distinguir a las personas por su color –considerando
el equívoco principio de que el color deriva de la impureza sanguínea-, casi resulta cómica. De cada
nueva combinación surgía una casta –mulato con española, morisco; morisco con española,
chino; chino con india, salta atrás; salta atrás con mulata, lobo; lobo con china, gíbaro [sic]. Los
absurdos inician desde la primera dupla: español peninsular con española peninsular daba español criollo.
Los criollos, por la razón de nacer en tierras americanas, perdían de origen el derecho de gobernar, ocupar
cargos burocráticos, pertenecer al clero, tener hacienda, recibir encomienda o ejercer latifundio (posesión
estratégica militar sobre la tierra). En la escala social, un poco más abajo, los mestizos -hijos de español
con india- eran asimismo inferiores a los criollos. Podían ejercer oficio de talleres y practicar la agricultura, pero
nunca ser dueños de grandes extensiones de tierra ni figurar entre la casta pudiente. Para ellos no había cargos
políticos ni participación en el clero.
La guerra de independencia fue motivada por criollos
y mestizos (Hidalgo y Morelos encabezan, hasta hoy, la lista de sus íconos). Asediados por una vida de imposiciones
fiscales –bajo el lema hispano equivalente al pago de impuestos sin representación (“taxation without representation”)-
fueron los criollos y los mestizos quienes decidieron poner fin al autoritarismo español. Los clubes independentistas
proliferaron lejos del poder central de la ciudad de México. Michoacán, Guanajuato y Querétaro aportaron
el semillero de la insurrección que dio inicio el 15 de septiembre de 1810.
El
color
En Alta California, a buen resguardo de las riñas y la guerra de la independencia
que duró once años, las divisiones étnicas nunca cesaron de existir. Subsumidas en el orden impuesto
por las misiones, las categorizaciones administrativas de diegueños, luiseños, juaneños o gabrielinos
no eran sino nuevos nombres que aludían a comunidades numerosas y complejas que existían y se expresaban por
debajo de las capas nombradas por la oficialidad. Los expedicionarios que arribaron a finales del dieciocho trajeron consigo
más de esa diversidad. Su experiencia del mestizaje no era producto de la rigidez que prevalecía en los centros
del poder, El reino de México y Nueva Galicia. El mundo chichimeca o de indios mecos, mostraba un mosaico cultural
no solamente rico sino indómito.
Las guerras entre las comunidades del norte y los poderes invasores
no solo continuaron aún después de firmado el tratado de Córdoba, en 1821, que signó el fin de
la independencia de México; prevalecieron hasta los tiempos de la revolución de 1910. Al igual que La guerra
de castas en los territorios del sur, comprendidos en los reinos de México y de Guatemala, el norte fue una terra incognita
e indómita. Transitar por ella implicaba riesgo de vida. Las alianzas culturales fueron graduales, además de
accidentadas y diversas. Las expresiones de repudio obligaron a la búsqueda de la estabilidad mediante el mestizaje.
No bastaba poblar; había que mezclarse. En el norte de México y la Alta California reinó la búsqueda
de una identidad misturada que diese un medio menos hostil. Para cuando se dio el proceso de secularización, dictado
por el gobierno de la nación mexicana, los habitantes de Alta California constituían un mapa aún más
fragmentado que al contacto inicial y, sobre todo, rico y vasto en culturas, colores y orígenes.
Alta
California constituyó el territorio más extenso dentro de la región norte del continente que comprendía
los hoy estados de California, Nevada, Utah, Arizona y partes de Nuevo México, Colorado y Wyoming. Esa extensión
territorial concluyó, gradualmente, a partir de 1848 hasta reducir al estado a la franja que es hoy, al este de la
sierra Nevada y entre el borde de la Baja California y el estado de Oregón. El comercio de Alta California hacia el
exterior del gobierno español fue su moto de supervivencia y su soga al cuello. Emblema de la puja por ingresar a los
territorios españoles, en California se daba el comercio de plantas, remedios y ganado. Las misiones aprovechaban su
fuero para comercializar sus productos y dinamizar su economía local.
Los terratenientes no fueron
distintos. En la todavía plenitud del sistema de visitación que reinaba sobre los territorios ultramarinos,
se dio paso a cierta apertura que se acrecentó con la secularización de las misiones. Personajes como Abel Stearns,
Herny Ficht, Juan Bandini, Miguel Pedroreña y Antonio Aguirre, que llegaron a la Alta California en barcos “sin
bandera” dan cuenta de esa realidad que transformó no solo los sueños de los terratenientes locales sino
la historia de la región, y de los países que se la disputaron. Para el censo del 90, sin embargo, solo un fuereño
aparecía de manera oficial: el ciudadano -¿belga?- de nombre Mateo Rubio.
La secularización
de San Diego tuvo un fuerte efecto en la historia del hoy estado de California. Pío Pico sería el primer gobernador
civil y también su primer exponente mestizo. Autodeclarado ya de ascendencia mulata, ya española, Pío
Pico preconiza los cambios de época. Nieto de una viuda que realizó la travesía hacia California siendo
soltera, Feliciana Arballo, la vida de Pío Pico estuvo marcada por el escándalo. Arballo pasaría a la
historia gracias a la descripción que hiciera de ella el fraile Pedro Font:
“ A la noche, con
la alegria de haver llegado toda la gente, se armó allá entre ellos un fandango algo desconcertado, y una muger
viuda, que venía en la Expedición bien descocada, cantó con aplauso y gritería de toda la gentalla
unas glosas nada buenas; ...” [sic]
Feliciana Arballo, siendo de familia española adinerada, contrajo
nupcias con un mestizo de apellido Gutiérrez. Su hija, Eustaquia, madre de Pío Pico, marcaría así
la historia genética del primer gobernador civil de California, quien además heredaría el linaje de su
padre, José María, mestizo, mulato e italiano. A los azares de la vida de emigrante se sumarían las glorias
del ciudadano mexicano, ejecutor de la secularización y cuyo hermano, Andrés, defendiera al territorio mexicano
en la batalla de San Pascual. Desde su origen la vida de Pico (algunos dicen que Picó) se vinculó casi cabalísticamente
a la consigna que de su abuela hiciera el fraile Font, al celebrar la misa que siguiera a la trifulca que originara tan fuerte
regaño:
“…en lugar de dar gracias á Dios por haver llegado con vida, y no haver
muerto con tantos trabajos, como murieron las bestias, parece las daban al diablo con semejantes festines...” [sic]
Dios y Diablo
En vida Pío Pico fue
notorio por su tendencia a apostar a los dos, a Dios y al Diablo. Como muchos de su tiempo que creyeron elegir bien al abrir
las puertas de la California a los intrépidos comerciantes que desafiaban a la corona española, poco sabía
Pico que los bienestares de aquella modernidad serían fandango con Satanás, que los llevaría a perderlo
todo, en un golpe fatal de la suerte.
¿Y el color? Creo que seguimos en las mismas. El paso de los siglos
no ha hecho menos rígida la estructura que impide que se tome en cuenta. Lea si no el formulario del censo que nos
clasifica en 2010.
© María Dolores Bolívar
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Esta presentación toma pasajes de la publicación original iniciada en 2000, en Zacatecas.
"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas
de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que
se llamaba esta yerba?
"La
capitana, señor. Una plaga que nomás espera
que se vaya la gente para invadir las casas..."
Pedro Páramo/Juan Rulfo "Ya lo creo que volveré, para buscar
entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con
la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez
en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta."
"El día sin su noche"/Zacatecas
polvo y luz
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