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De guajolotes, gallinas, enmiendas y remiendos… ¡y claro… los recuerdos!
De
guajolotes, gallinas, enmiendas y remiendos… ¡y claro… los recuerdos! Por María
Dolores Bolívar Cuando era niña los guajolotes (turkeys/pavos) se mataban en la navidad. Tú podías
reconocer a quién era quién en la vida mediante aquella ceremonia trágica del pavo que comenzaba
cuando uno llegaba a tu casa. Yo creo que por eso no me gusta el pavo. He pasado horas haciendo memoria y tratando de recordar
con mi madre la dirección de la casa en Tlalnepantla, Estado de México, donde en los tiempos en que mi padre
era el joven alcalde de aquel municipio, recibíamos el consabido pavo que luego nadie quería matar ni mucho
menos comerse. ¡Olvidada la dirección! No así su cercanía con las vías del tren. Un tren
pasa siempre en mis recuerdos. En Tlalnepantla un tren; en mi escuela, un tren; cerca de mi casa, un tren. Los sonidos familiares
del tren van a dar con la historia del guajolote. Guajolote en náhuatl significa hueh (viejo) y Xolotl (monstruo) pero las explicaciones referentes
a su significado varían de viejo a chistoso y hasta feo. Yo me quedo con la propia, el guajolote es un ave digna, imponente.
Si pudiera fotografiar a uno me concentraría en su cabeza, elevada sobre su voluminoso cuerpo y su mirada, entre risueña
e intimidante. De cualquier modo el guajolote
nos es descrito como más bello que el pavo. Juzgue si no: Ave del orden de las Galliformes,
oriunda de América, donde en estado salvaje llega a tener un metro de alto, trece decímetros desde la punta
del pico hasta el extremo de la cola, dos metros de envergadura y 20 Kg. de peso. Tiene plumaje de color pardo verdoso con
reflejos cobrizos y manchas blanquecinas en los extremos de las alas y de la cola, cabeza y cuello cubiertos de carúnculas
rojas, así como la membrana eréctil que lleva encima del pico, tarsos negruzcos muy fuertes, dedos largos, y
en el pecho un mechón de cerdas de tres a cuatro centímetros de longitud. La hembra es algo menor, pero semejante
al macho en todo lo demás. En domesticidad, el ave ha disminuido de tamaño y ha cambiado el color del plumaje.
Hay variedades negras, rubias y blancas. ¿Será que todos en domesticidad nos hacemos chiquitos? Yo
no, acaba de interponer mi hija, que de ser pavo habría invertido el mito del tamaño entre hembras y machos.
Pero bien, etimologías aparte, quiero contar que el pavo que me conmovió para siempre, el que transformó
mi percepción de esta fiesta que viví en total apartheid cultural por años –ignorándola-
fue el pavo que hizo mi hijo Gustavo cuando entró a primero, hace ya varios Thanksgivings. Aquel, sombreado
de forma muy talentosa, casi a modelo natural, llevaba sobre la cola un compartimento artificialmente colocado para mostrar
un ramillete de plumas muy largas –más bien de pavor real. De su pico, colgaba una canastilla –reminiscente
de la que llevan las cigüeñas, también con unas plumas de color brillante. Y en el extremo de cada pluma
la promesa de ayudar a la mamá en algo como hacer la cama, lavar los platos, preparar el almuerzo. Me maravillé
de la idea y me conmovió muchísimo la cantidad de plumas/promesa que Gus había colocado en la cola de
su pavo, con esa dosis extra que luego le agregó al pico. Y, bueno, de más está decir
que me sentí el meritito centro del mundo, ni más ni menos. Este año, bien habría podido hacerme falta una canastita de plumas/promesa, mucho más
que un trozo de carne de pavo engordado, que luego evoca las miserias humanas. Así que urdí la manera de forjármelas
yo misma y de hacer mi lista de agradecimientos que le debo a esta fiesta que por años me perdí de celebrar.
¿Por qué
doy gracias? Por
los amigos que en las buenas y en las malas aparecen, siempre con la mano firme y el ánimo de reconocernos en el dolor,
en la alegría, en la abundancia, en la pena, como los amigos que somos, sin más interés entre nosotros
que el de disfrutar de la amistad, en sus momentos breves, como en los duraderos. Por la alegría de vivir y de tocar a otros de esa mágica manera inolvidable que nos
avasalla con su poder mágico; de la alegría que se experimenta cuando se recibe, pero que se duplica cuando
se da; de los talentos que nos prodigan de milagros cuando se tienen, pero que se triplican cuando somos capaces de encontrarlos
en los demás. A
veces, cuando la vida cotidiana nos avasalla en su prisa y nos releva de pasión tan solo para obligarnos a encontrar
las cosas valiosas que se ocultan tras los días inmóviles y las épocas de seca… uno no tiene sino
que comenzar a buscar para sentirse útil, entusiasta y motivado por la búsqueda. No podemos dejar de reconocer que el mundo está revuelto, ¡qué digo! ¡De
cabeza! La economía en picada, el presente cada vez más violento, los temores a flor de piel, el mal y el bien
desbocados y en carrera por llegar primero… y todo esto revuelto en esa madeja revuelta que nos dicta unirnos a dar
gracias por lo que todavía intuimos que debemos soñar. Y en soñando… la nostalgia me llevó hacia este texto revelador, escrito el año
de 2005. ¡Qué rápido se acumula el tiempo! Por aquellos días pues ni imaginábamos que estaríamos
celebrando el triunfo de un candidato demócrata, ni que veríamos a las corporaciones desmoronarse a pedazos
con nosotros debajo del desplome; ni elucidábamos, ni de lejos, que estaríamos contándonos las penas,
distraídos, por este mundo que no acaba de cuajar cual el contexto de vidas mucho menos glamorosa que la que nos anunciaron
tantos de aquellos lectores de Tarot, de café, de hoja de coca, etceterilla… Día de gracias en Fallbrook Entre mis dos mitades hay un punto o una semilla o el principio de la línea
que todo lo divide en dos, salvo que decidamos lo contrario…
Acción de gracias, día del pavo, día de dar gracias, dansgivin. Todavía no nos
ponemos de acuerdo en castellano en como abordar este día tan significativo para el mundo anglosajón, tan difícil
de asumir para el mundo del inmigrante hispano –tan de otro modo presto a adoptar cualquier celebración, aún
Halloween-.
Por años ese día también pasó desapercibido para mí, salvo por
el detalle de que las ciudades estadounidenses se paralizan, cada vez menos horas, pero de manera común, sincronizada
y evidente. Ningún negocio opera a la hora de cenar y muchos cierran el día entero. Puedes quedarte sin comer
o sin diversión. Muchos turistas, despistados, acaban varados en algún aeropuerto sin saber qué hacer
ni por qué, en jueves, todo se detiene.
Me ocurrió una vez, hace años. Viajaba hacia Perú
y fui desviada a Los Ángeles, procedente de la ciudad de México (cosa que solo se explica por la lógica
de las líneas aéreas). Llegué a eso de las nueve de la noche. Cuando salí del aeropuerto me pareció
que entraba en un pueblo fantasma y no en la ciudad más ruidosa del planeta. Claro, como venía de México
el día del pavo me tomó por sorpresa. No tuve más remedio, entonces, que meterme al cuarto del hotel
y encender la televisión (sin siquiera el aliciente de una buena cena en la cama). En cosa de minutos me enteré
de mi entuerto. Llegaba a la meca del cine en día sagrado. Ahí no habría otra cosa que hacer que lo que
hacía con desgano sobrado, recorrer el impresionante número de canales disponibles para quienes como yo, por
esa noche larga, no tendrían con que o con quien desaburrirse en una fecha como esa.
Aquél día
reflexioné curiosa. Mi familia jamás celebró el estadounidense thanksgiving. ¿Por qué?
No lo sé. Supongo que las razones provendrían de la misma lista que intentó explicar inútilmente
por años mi madre, por qué tuvieron que transcurrir más de diez años antes que en casa se almorzara
a las doce y no a las tres de la tarde. Las costumbres mexicanas prevalecían en este lado de la frontera para nosotros.
Así, el día de acción de gracias sólo podía existir con una enorme interrogante y mucha
oscuridad e indiferencia.
No recuerdo el número de días que pasaron antes de que por lo menos preguntásemos,
entre nosotros, los motivos de la celebración o los pormenores de la tradición tan a la americana.
Luego el nacionalismo también privó cuando juzgamos que no adoptaríamos tal fecha, por principio, sabedores
de que representaba al colonialismo con el que ningún miembro de la familia, desde cualquiera que fuera su posición
política, llegaría a identificarse jamás.
No fue sino hasta que mis hijos entraron a la escuela
que comenzó a preocuparme el ignorar, supinamente, fecha tan importante. Un día me dije, no acaso me enseñaron
aquello de que “al país que fueres…” Pues con diligencia ayudé a Gus a confeccionar su pavo
de papel, el primer año. Para el segundo, que nos tocó de tarea describir la tradición, entré
en mejores componendas, le sugerí que hiciera una presentación acerca de los rasgos “mexicanos”
de tan estadounidense festividad. Mi Gus, que siempre me escucha de soslayo, aceptó sin respingo y se mandó
tremenda investigación de los alimentos que conforman el sonado día del pavo. Guajolote, papa y camote, tarta
de calabaza. ¡Uf! El mundo nahua, a todo lo que da. Le ayudé a redondear la idea y al final, iniciamos a sus
compañeritos en la empresa de interesarse en los orígenes indígenas, verdaderamente indígenas
de sus costumbres culinarias.
La digresión, como en tercera dimensión hizo que en años subsiguientes
discutiésemos en familia el feriado este. Pues nada que sin sentirlo nos pusimos a celebrarlo, año con año,
desde Arizona. Lo divertido es que cuando fuimos a Zacatecas, lo extrañábamos. No vayan a pensar que hacíamos
pavo con salsa de arándanos, no es para tanto. Pero sí me llegó a ocurrir imaginar lo que haría
en San Diego el último jueves de noviembre. Luego mis hijos preguntaban, recordaban, comentaban… y así,
supe que el día había hecho sitio en mis recuerdos, muestra indeleble de que ya era la inmigrante consumada
cuyas raíces, echadas hacia ambos lados, hacían su surco subterráneo, silencioso, contundente.
Este año, a diferencia de muchos otros en que me hice muchas conjeturas, decidí asumir la tradición
de manera tranquila, aunque todavía sin polendas. Daría las gracias, por todo lo que tengo, por los milagros
recibidos a diario los últimos tres años. Mi hija Lilia me sorprendió en los preparativos con una pregunta
que inspiró este escrito: ¿Mamá, acaso decidiste, por fin, asimilar el thanksgiving? La respuesta era
sí, pero no la solté de inmediato. La repasé en mi mente varias veces, la convertí en esta declaratoria
grave que ahora escribo. Debo haber entrado ya, de lleno, a mi vida de inmigrante.
¡Fin del recuerdo!
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Los tiempos de Obama y Miriam Makeba -Mamá Áfrika, Mamá Tierra, Mamá Diáspora
Por María Dolores Bolívar I Pata Pata" is the name of a dance ... we do down Johannesburg way.
And everybody ... starts to move ... as soon as Pata Pata starts to play - hoo ... Los tiempos
son el cúmulo de los acontecimientos. Las coincidencias y los grandes momentos no son hilados sino a partir de nuestras
reflexiones. Pero todo tiene una historia, un escenario que le da vida, una memoria, una canción, un antecedente. La
leyenda cuenta que todos vinimos de África Yo debo haber sido una niña cuando Miriam Makeba popularizó
Pata Pata en todo el mundo. Su ritmo pegajoso y su pregón la volvieron el
éxito –el hit- de varias generaciones. Makeba llegaba a los corazones de millones, aunque no a los de su natal
Sudáfrica, de donde el color de su piel y su disidencia política la habían expulsado. En
vida, Makeba prometió cantar hasta la muerte y lo cumplió. A los 75 años llevó su ritmo hasta
un escenario de Nápoles donde, sin previo aviso, tomó la escalera hacia el cielo. Esta señora del canto
apoyaba así, antes de darnos el último adiós, el tributo rendido a seis inmigrantes de Ghana muertos
en la misma ciudad italiana, víctimas de un tiroteo. La música de Makeba, a menudo unida al eco sensible de otros cantantes como Harry Belafonte, Nina
Simone, Enoch Sontonga, Paul Simon, Hugh Masakela , queda como testimonio de una gesta musical que dio voz a los del exilio
de Sudáfrica y a través de una región y un continente a otros exilados de la tierra. Makeba vivió
más de 31 años de destierro. Nelson Mandela la llamó Mama África. Hoy, su canto da voz, también,
a quienes el exilio lleva a padecer pobreza, marginación, desempleo. No habrá sobre la faz de la tierra ningún adulto que no haya escuchado Pata
Pata, ese último número largo –en remix- que nos dejó para el recuerdo. Pero otros ritmos de esta
fabulosa trovera de la música pregón de Africa llenan también mis nostalgias: N'Kosi Sikeleli Africa
(himno de la Sudáfrica liberada del Apartheid) y Soweto Blues de Hugh Masakela (un canto de pasión por los niños
mártires de Soweto asesinados en 1966). Sólo ella, con su particular estilo sabía levantar al público
en una sola ola humana capaz de oponerse al racismo propiciador de desigualdad. Y debe estar cambiando el mundo pues en Estados Unidos, donde
el separatismo era oficial, no hace mucho, un afroamericano ha llegado a la Casa Presidencial. II La Tierra (en español
también significa la casa, el lugar propio) La noche del 4 de noviembre el nerviosismo hizo presa de mí. Para espantar los malos pensamientos
me fui al cuarto piso de la librería de la universidad donde trabajo para pegarme (literalmente) a la televisión,
hasta que esta arrojó los primeros resultados. Con 364 votos electorales y 53% del electorado, es
decir, 66 258 348 millones de votantes -cinco millones más de votos y una diferencia de 78 votos electorales con respecto
de George Bush que sólo alcanzó 286- Barack Obama llegó a la Casa Blanca sin que hubiera la menor sombra
de duda. Su contrincante, John McCain, concedió el triunfo casi inmediatamente después de cerrarse las urnas
en el Oeste del país. Obtuvo McCain tan sólo 163 votos electorales. Su compañera de fórmula, Sarah
Palin, no consiguió levantar el entusiasmo del votante independiente. Privó entre el electorado la desilusión
por el estado actual de la economía y el modo como éste se entrevera con la marginación de prácticamente
todas las minorías, quienes dejan en claro hoy que, juntas, pueden significar grandes cambios. No recuerdo una expresión masiva, en elecciones,
semejante a la que se dio en Grant Park Chicago, a los ojos de millones que seguían los resultados desde el televisor.
Algo pasó en el cosmos, pues no esperamos –comiendo ansias- como en otros tiempos. La concesión temprana
nos permitió dejar que se desbocaran las emociones. El llanto y el festejo fueron los primeros signos. ¡Uy! Vivir
así, la historia, inquieta, inspira, levanta. “Si queda alguno que dude de que América es el lugar donde todas las cosas
son posibles; que todavía se pregunte si el sueño de nuestros fundadores está vivo, quien todavía
cuestione el poder de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.” “If
there is anyone out there who still doubts that America is a place where all things are possible, who still wonders if the
dream of our founders is alive in our time, who still questions the power of our democracy, tonight is your answer.”
Barack Obama Hay
mucho que sanar, pero la vuelta esta del destino es suficiente para inspirar confianza. No sé si todos los estados
sean parte de la euforia que se vivió en California. Para el día siete de noviembre, en San Francisco, seguía
la fiesta. III La Diáspora Hay un punto en que no se sabe cuando se está en San Francisco, a más de ocho horas de la
frontera con México o en East Lake o Chula Vista. Por las calles repletas de paseantes con perros –a la moda
de la Bahía- domina el ambiente de ciudad diversa. Mi lindo Yucatán, artesanías de los muertos, una procesión
encabezada por un grupo de concheros haciendo conjuro de copal e iluminados por las velas de una treintena de seguidores.
Y en el restaurante al que entramos para tomar un vino, partiendo plaza, el guitarrista que nos cantó Cielito Lindo
y Puño de Tierra, por una módica contribución. Debe haber sido de Zacatecas, pues cuando
preguntó Raquel si sabía La cama de piedra le contestó que no la tenía en su repertorio. Y pues así celebrábamos los resultados
de las elecciones. Ahora habrá que romper con las fronteras entre las razas. Si existen los muros entre las naciones;
los colores y las prendas entre los géneros; las obsesiones narrativas entre los ricos y los pobres. ¿Qué
hay entre las razas? Esa inmediata alienación que se percibe cuando se va de barrio a barrio por una ciudad como San
Diego, por las calles, los supermercados, las tiendas, los parques. Unos aquí y otros allá. No sé qué pasará con el fenómeno
migratorio. Algo, tal vez… que comencemos a verlo en su total dimensión. Pero uno y otro, la migración
y las razas no son ajenos. Emigran los hombres y las mujeres de África. Van hacia el continente europeo en busca de
fuentes de trabajo. Emigran los hombres y las mujeres de Asia. Viajan a América, también vía Europa.
Emigran cientos de bereberes por los estrechos que desembocan en la costa del sol. Las embarcaciones llamadas pateras son
dignas del medievo o de los tiempos de la esclavitud y los piratas. En América, la diáspora masiva avanza y va en aumento. Viajan los argentinos, los de Bolivia,
los de Perú, los de Ecuador, los de Colombia. En Centroamérica las huestes de emigrantes se confunden de modo
tal que toma expertos colegir su origen. Son de Honduras, de El Salvador, de Nicaragua. En suma, la crisis internacional consiste
en un sistema que cierra los círculos del poder a los más y así los lanza a su propia suerte, debiéramos
decir orfandad. ¿Muros? ¿Diques? ¿Armadas en embarcaciones? ¿Claraboyas luminosas? Nada parece
detener la oleada de los “sin trabajo”. Porque los “sin papeles” primero son hombres y mujeres “sin
trabajo”. Y Barack Obama, el hijo de un inmigrante
de África y una mujer de Kansas, es hoy el presidente de este país de oportunidades, que sin embargo escasean
para los más; porque hay quienes las pretenden cercar mediante un muro gigantesco. Obama representa lo mismo a los
hijos de padres inmigrantes, que a los jóvenes crecidos en hogares encabezados por madres solteras. A los inmigrantes
que padecen hoy la xenofobia; a los millones de votantes que avalaron su candidatura, votando. Algunas de las lecciones de Sudáfrica sirven de
ejemplo para otros sitios de la tierra donde se piense que pueden vivir los seres humanos divididos, en ghettos, barriadas,
secciones, centros, suburbios… como si se pudiese crear mundos aparte en la era de la comunicación digital instantánea.
Entonces, Miriam Makeba nos ha dejado ese canto maravillosamente sanador, en su partida tributo a los inmigrantes de Ghana,
de todo el mundo. Nota: Mama Afrika,
tus incansables esfuerzos en pro de los derechos humanos jamás se olvidarán.
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Esta presentación toma pasajes de la publicación original iniciada en 2000, en Zacatecas.
"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas
de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que
se llamaba esta yerba?
"La
capitana, señor. Una plaga que nomás espera
que se vaya la gente para invadir las casas..."
Pedro Páramo/Juan Rulfo "Ya lo creo que volveré, para buscar
entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con
la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez
en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta."
"El día sin su noche"/Zacatecas
polvo y luz
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