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Andamos en esto

Los emigrantes se resguardan de su tiempo, de los gobiernos, de la historia. Su visibilidad los vuelve vulnerables y a veces, también, invisibles, extraña paradoja. Parecería que han hecho un conjuro. Están sin estar… “No hay nada que perder…” me comentó un amigo que se subió con un grupo de ellos en una camioneta que cruzó por el lado de Otay. “Van convencidos de que se juegan su última carta.” Y a diario tientan a la suerte… “¡Qué más…!” dijo Martín. “Qué otra queda”, terció Manuel.

 

Doña Meche llegó a Estados Unidos de a poquito. Así, de a poquito nombra ella los últimos reparos que experimentó ya instalada en la casa de su comadre, en Tecate, Baja California. ¿Cómo íbamos a sobrevivir? Así empezaba la retahíla de preguntas que iban a dar, como en cadena, a una duda mayor, cada día que se llegaba la hora de cruzar y  ella juntaba lo suficiente para vivir sola, o con la hermana de una vecina de su pueblo, de Río Grande, Zacatecas.

 

Al principio doña Meche accedió a llevar a sus hijas a la escuela. “Las niñas sufrirán menos así” le dijo una vecina que le recomendó el plantel de Escondido al que asistieron sus sobrinas. Ella podría apuntarlas para el nuevo ciclo, antes de que se acabara el verano. Una vez adentrada en esa misión, doña Meche dejó de verlo todo cuesta arriba. Sus hijas, se quedaron muy contentas cuando vieron la escuelita nueva y se deshicieron en sonrisas para con la maestra que se presentó con ellas en inglés, tanteando la habilidad de las chiquillas para participar en las clases. Meche se sintió muy orgullosa con la respuesta de las dos chamacas. Apenas si la miraron al tiempo que se enfrascaban en el rua, rua, rua con la señorita Jernández. Ellas siempre dan el aire como de gente ambientada a todo, dijo doña Espe. ¡Quién fuera como los niños que a todo se acoplan sin problema!

 

Pero los niños también sufren, aseguró Leticia, quien acaba de ponerse un mechón rojo oscuro en la cabellera azabache que le cae sobre la espalda haciéndola parecer más garbosa y, también, más orgullosa. “Leti no se engaña” insistió Socorro, comentando que ambas han pasado tremendos sustos cada vez que la migra aparece en el bulevar, dándole despacito, a pesar del tráfico, haciendo que el corazón se les detenga a ambas de imaginar que no podrán volver “a levantar” a los chicos del colegio. “¿Cómo cree usted que vamos a andar pensando en ser mejores padres?”, preguntó Consuelo a la consejera, quien con humor las instó a valerse de lo que fuera para no dejar que el miedo se apoderara de sus vidas y sus actos. “Mmmmm, suspiró con los labios apretados Ana, que tiene de momento la encomienda de limpiar los baños del Head Start (el preescolar público donde todas acaban de conocerse). Y sí, afirmó la maestra, recurriendo al humor para conjurar el temor inevitable de verse acorralados e indefensos.

 

“¡Socorro, socorroooo! Rompió el momento grave Leti, otra vez, burlándose un poco de todas que han comenzado a tener miedo “hasta porque vuela una mosca”. “Es que en la iglesia ya nos tienen dicho que no andemos dando nuestros nombres ni menos dejándonos que nos tomen fotos. “En eso tienen razón, pienso al tiempo que imagino como voy a presentarlas en un retrato sin rostro. Acabo de recordar al fotógrafo que se rió de mí por esa misma razón. “A portrait, without the eyes?” Su sorpresa me contagió por instantes. Qué difícil lograr algo así, sobre todo porque si son expresivas estas mujeres es por la mirada, oscura, fija y penetrante. Pues bien, me puse manos a la obra y decidí que buscaría el ángulo deseado. Haría un proyecto que mostrase las tribulaciones de mis modelos migrantes sin perturbar su deseo de mantenerse anónimas. A medida que recabo sus anécdotas los nombres pasan a ser secundarios. Cada una de esas vidas se parece a otra, a muchas más… haciendo gala de esa misma despersonalización que padecen cuando pierden su segundo nombre y todas comienzan a llamarse María… o en esa nueva realidad donde se vuelven un número o la ausencia del mismo.

 

Y las fotos resultaron tan expresivas que no podrían dejar de contar una historia, desde el ángulo oblicuo de la mirada por atrás o por el lado. “Que no le salga la narizota” dijo carcajeándose Meche, sugiriendo que nadie dudaría al vérsela de quién se trataba. Y nos reímos durante la sesión que terminó con un montón de fotos inservibles, por aquello de que se veía la medalla o algún rasgo reconocible o ese mechón… “¡Ya ves, por el mechón darían contigo!” Y a juzgar por las risas no hay nada que amilane a estas señoras madres, hermanas, hijas que no se dejarán vencer, por nada del mundo.

 

En una esquina

 

A eso de las once, en sábado, todavía hay esperanza. Los trabajadores que ya desmayan se han colocado en el mero rincón del Seven, apretaditos en la barda como para darse apoyo. Así, hombro con hombro, aguardan al salvador del día que vendrá a proponerles algún trabajo que les dé para comer. “Ya no pido más”, me dijo José, asegurándome que a diario se juega la suerte en este mismo punto. “Pero si usted vuelve aquí es porque gana dinero…” No se crea, señito, las cosas ya se están saliendo de control. La gente tiene miedo de levantarnos porque luego creen que les van a mandar a la migra. Un buen día es cuando nos levantan para dos o tres trabajos, y a todos. Cobramos por hora y si nos pagan bien conseguimos para guardar un poquito, hasta que nos caiga otra oferta. El promedio de ingresos de estos trabajadores no supera los sesenta dólares al día. Los empleadores pagan por hora. “Siempre regatean… es que no hay dinero”. Parecen resignados. La crisis hipotecaria nos está afectando a todos, acabo por concluir aprovechando una pausa larga. Aquí se comprueba más que en otros campos. Hay áreas donde largas hileras de casas lucen los cartelitos que indican que están en venta. La mayoría están en trámites de embargo por compañías crediticias. De noche da tristeza verlas, a oscuras, dueñas tan solo del glamour pasado que ya no las deja lucir como cuando eran nuevas.

Comienzo a preguntar de dónde son mis interlocutores. La mayoría son de Oaxaca. Uno de ellos únicamente es de San Luis. Se halla de fuereño entre los oaxaqueños. Me río un poco para disipar el drama. “Me los topé un día que buscábamos trabajo y desde entonces somos amigos”, explica. En su voz hay algo de nostalgia por su tierra. Sus actuales compañeros parecen llevar consigo sus costumbres bien arraigadas.

 

A medida en que avanza el día las ilusiones se adelgazan y comienzan las explicaciones. Es que ya la gente no quiere que le arreglen su jardín o que le pinten algún cuarto. “Muchos han perdido sus casas”. Don Rafa conoció hace poco a un grupo de amigos que se dedica a restaurar casonas abandonadas. “Se van a buenas zonas y las limpian bien.” Alguien los alentó a comprar una y a venderla, para iniciar su propia empresa. Pero no es tan fácil. Tuvieron que asociarse con “un gabacho”. ¿Tiene familia? remato para ir en esa dirección. Sí, señito, en Veracruz y en Zacatecas. Y para hacerle ver que conozco ambos estados bien, le digo que no me explico como se llevan con temperamentos tan distintos… “Así, es…” abunda, ya en confianza. No nos llevamos. Unos somos más ruidosos y habladores y los otros son callados. Pero yo soy callado, a veces, yo creo que me llevo más con los de Zacatecas. Y, mientras la plática transcurre apacible, alguno nos toca el claxon para mostrar desacuerdo por nuestra existencia. Una risa distraída se le escapa a Antonio, uno de los más silenciosos. “Parece que no nos quieren”, subrayo para escuchar su opinión. “¡Ey!” oigo con parquedad. Y sigue una larga pausa que indica que he dado con un punto sensible.

 

¿En dónde están las mujeres? Nunca las he visto solicitando trabajo en las esquinas. “Ellas encuentran con más facilidad”, me ha dicho un joven, que no parece ajustar los veinte años. Y así es. Ellas trabajan en las casas, en las fábricas. Se pierden en la inmensidad de las labores domésticas. Las que más ganan son las nanas… y pagan bien. Todavía no se ha sabido que haya redadas en las áreas residenciales. Tal vez no sería popular atemorizar a los votantes con dinero. Porque tienen dinero quienes pagan los servicios domésticos.

 

Así, los emigrantes se resguardan de su tiempo, de los gobiernos, de la historia. Su visibilidad los vuelve vulnerables y a veces, también, invisibles, extraña paradoja. Parecería que han hecho un conjuro. Están sin estar… “No hay nada que perder…” me comentó un amigo que se subió con un grupo de ellos en una camioneta que cruzó por el lado de Otay. “Van convencidos de que se juegan su última carta.” Y a diario tientan a la suerte… “¡Qué más…!” dijo Martín. “Qué otra queda”, terció Manuel.

 

Ya a punto de caer la tarde los trabajadores comienzan a retirarse a sus viviendas. No todos tienen apartamentos. Muchos se quedan en los parques. A la intemperie, la estratificación también existe. En el cañón de Peñasquitos hay verdaderas colonias de recién llegados. “Llegan y, en lo que se acomodan, se quedan aquí, con otros conocidos. Una vez que cae la noche ya no pasan ni los coyotes…” Y sí, el parque cierra y ellos se quedan al resguardo de la oscuridad. Hace tiempo que se volvió imposible encender un fogón o preparar comida. “Tenemos que cuidarnos de los olores y del humo para que no nos localicen. Y con octubre las cosas se complican, por el frío. ¿Su sueño? Conseguir un trabajo estable y papeles para no tener que andar quedándose entre los árboles.

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Tenamaztle: La otra independencia en pie de lucha


Por María Dolores Bolívar


Las fiestas de la independencia de México se conocen como El grito, porque evocan ese pasaje de la guerra contra el poder español en el que Hidalgo –a la cabeza del criollismo conformado por una parte del clero y los hijos de españoles nacidos en América, todavía sin plenos derechos políticos- tomó la campana de la independencia y llamó al pueblo a unirse a luchar contra el poder imperial. Las fiestas tal y como se celebran hoy (o debería decir como se celebraron hasta hoy) dieron inicio en los tiempos de Porfirio Díaz. Para toda fiesta siempre hay una explicación menos solemne, y la fijación de ésta nos ha sido contada de maneras distintas. La realidad es que la fecha “del grito” fue cambiada por Díaz para hacerla coincidir con su cumpleaños. Obsesionado con su papel de prócer -que le vino no de los años de dictador, sino de La batalla de Puebla –celebrada ésta el 5 de mayo-, Díaz imaginó que no habría fecha mejor para celebrar el cumpleaños de la patria que el suyo personal.


Y mire si no cumplió con su obra, él que fue el único gobernante que reinó, con las riendas en la mano, durante el mayor período de tiempo. Note bien que señalo que tenía las riendas en la mano, aunque nunca dejó de ser la patria el caballo bronco que al final se liberó de su jinete. Hay que notar, no obstante que no lo depuso, sino por efecto de la metáfora. Porfirio Díaz salió del país por propio pie (o vapor), como si nada. Se fue pensando que volvería muy pronto. En cambio, vivió y murió en París, imposibilitado de volver, aún después de su muerte. Sus restos todavía hoy se hallan en el panteón Père Lachaise.


Las fiestas de la independencia fueron por mucho tiempo lo que él imaginó: una pleitesía al poder –aunque no a su persona-, por más que espontánea; el happening colectivo de un pueblo que salía a la calle para celebrar los años de paz o, mejor dicho, los pocos años sin violencia acumulados por la historia. Así se difundieron los gobiernos. Fue ese su palmarés ante la población. Nos vendieron la paz Santa Anna y Díaz y, desde entonces, uno por uno de los gobiernos priístas. Podría haber corrupción, crisis, desastres económicos, de una u otra forma ligados al petróleo, pero todo se hilaba a partir de la paz. Con paz –no pan- hay circo, deberíamos modificar la alegoría romana. Con paz había país y quizás sea ya tiempo de preguntarse en dónde quedó esa pax priísta y por ende “ese” país.


Preguntárselo, sí, porque el 15 de septiembre esa paz no existió en Morelia, corolario de años en que las ejecuciones, las matanzas, los secuestros fatales ya son cosa de todos los días. Y no puede haber escena más dantesca que la del gobernador Leonel Godoy, antes presidente del PRD (el partido opositor que casi ganó las elecciones presidenciales del 2006), cuando llevado por la euforia de la campana y del discurso, no pudo ver que la población de abajo apuntaba hacia donde detonaban granadas y caían, como moscas, un montón de personas. Media docena de muertos y más de cien heridos es el saldo de un acto terrorista sin precedentes para las fiestas patrias de México.


¿Qué pasa? ¿Qué pasó? Se rompió el orden; la población ha perdido la guerra contra el crimen; el país no es ya, ni en las zonas urbanas ni en las rurales, un sitio seguro. “En tiempos de paz”, las muertes se disparan. “En tiempos de paz”, el gobierno perdió las riendas.


¿Qué sigue? Nadie lo sabe. Las situaciones nacionales no se definen ya al interior de los países sino en la realidad etérea de la globalidad.


¿Y quién es Tenamaztle?


Para la mayoría de mexicanos (puesto que los jóvenes de menos de 25 son mayoría) la independencia de México es una fecha más en el nutrido calendario de días de asueto. Triste realidad cuando se piensa que muchos de esos jóvenes emigrarán a Estados Unidos y se irán olvidando de su patria, o la irán bruñendo en sus sentimientos de maneras distintas a las imaginadas por Hidalgo, Morelos, Aldama.


O acaso sea ya tiempo de reconsiderar la noción misma de héroe y comenzar a situarse en una realidad menos ficticia. En la capital de México las autoridades ya compiten por demostrar mediante espectáculos y ceremonias que no se ha olvidado la gesta independentista. Esta semana Hidalgo, Morelos y Aldama deambularon por las calles de la ciudad de México, en una suerte de happening realista que buscaba hacer reflexionar a la gente acerca de los héroes. Actores vestidos en traje de carácter intentaron generar ese momento que se acerca con el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución. Cierto, oscilantes entre el país de ayer y el de hoy, los mexicanos deberíamos de reflexionar qué es lo que entendemos por patria.


Y cual apéndice de estas disquisiciones semanales hallé un interesante artículo que me llamó la atención sobre manera. Un grupo de compañías mezcaleras presentó, con la anuencia de las secretarías de agricultura y desarrollo económico del estado de Zacatecas la marca de mezcal Tenamaztle. Se trata de las empresas Cristeros Santuario, Diamante del Desierto, Empresa Integradora Regional de Organizaciones Magueyeras, Escorpión de la Estanzuela, Grupo San José Allende y Piñón Gigante de Juchipila. Colocar el mezcal zacatecano en el mundo no es mala idea, ¡qué va! Pero nos merece cierto comentario el que se coloque en la etiqueta de dicha bebida espiritosa el nombre del luchador a favor de los derechos humanos de los indígenas.


Algunas reflexiones:


Aproveché lo que considero yo un entuerto más del gobierno actual, en manos de Amalia García Medina, para preguntar a amigos y colegas si sabían lo que significaba el nombre:


Aquí lo obtenido:


20 personas, entre ellos dos cónsules, me preguntaron si no habría pronunciado mal el nombre y creyeron recordar un nombre parecido pero no exactamente igual, de tequila del norte de Jalisco.


50 personas, casi todas estudiantes, me aseguraron que se trataba del nombre de una planta, como el ixtle o el huixache, en náhuatl.


60 personas me aseguraron no tener la menor idea.


10 personas me pidieron buscar de nuevo el nombre, asegurándome que se trataba de un error, que tal vez era tonaxtle o tenaztle.


Ninguno, ay, ay, ay, evocó al héroe de los derechos humanos. Y cuando lo traje a colación para levantar asombro, el asombro se revirtió contra mí pues hubo dos que me aseguraron que tenía el nombre equivocado pues “que ellos supieran” no había existido ningún líder de los derechos humanos caxcán que viajase a España en tiempos de Fray Bartolomé de las Casas. ¿No sería un pseudónimo para Fray Bartolomé? Me dijo un interlocutor virtual que se interesa por la historia.


Así que triste anda la cosa cuando al prócer se le evoca vía un mezcal. Lo que falta es evocar su consigna a muerte para retar a bebedores. ¡Si hasta parece broma!


Me fascina el mezcal, lo considero un tesoro de la cultura, pero no me parece apropiado reivindicar a un héroe de ese modo, aún tomando en cuenta la intención de que se le conozca y compre, mundialmente. Ya no se diga hacer depender la economía futura de Zacatecas de un solo producto que difícilmente traerá la cornucopia.


Parecería que la ignorancia de los gobernantes raya ya en lo inusual, en lo insólito. Ya sé que ha habido intentos previos de nombrar un tequila Suave Patria (como consignó Eduardo Hurtado), Idilio Salvaje, Gesta de Dolores. Pero ¿Tenamaztle? ¡Por Dios! Ojalá que La Plaza de Armas tomase ese nombre -yo le pondría El Mixtón de Tenamaztle-. O la biblioteca central: Biblioteca/Centro Cultural Tenamaztle. Que se contruyera una estatua a Tenamaztle, ahí donde figura ese horrendo obelisco que alguien colocó, creo que por falta de imaginación. Ciudad Tenamaztle pudo llamar la gobernadora diligente a esa nueva ciudad que nombra Argento (parece que celebrando la parte más negra de la explotación americana –la minería-). Premio al mérito Tenamaztle se pudo instituir la medalla de reciente creación otorgada a Amparo Dávila.


Qué afrenta y qué desgracia que habiendo reprobado Historia, los gobernantes se pongan a decidir la manera de comercializar a los héroes y sus nombres. ¿Y donde estuvieron mientras se decidía semejante atrocidad los historiadores locales, que los hay; el cronista, tanto de Zacatecas como de Nochistlán; la población toda de Nochistlán donde todavía se yergue la que será, probablemente, la única estatua del líder de los derechos humanos, el primero de que se tenga noticia en el mundo?


El lema de los caxcanes, que pelearon contra el invasor español, era sencillo y directo: -“¡Axcanquema, tehual nehual! –hasta tu muerte o la mía-."
Sacado de contexto, aquel lema de lucha, originado en un largo sitio que concluyó con el apresamiento del líder llevado a España, donde presentó al rey Los Agravios (defensa de su lucha), podría parecer, incluso, un llamado absurdo a beber a muerte


Ignoro las razones o los nombres que compitieron en el caso de la mezcalera que aquí cito, pero, queda el hecho, como un fenómeno peculiar, por decir lo menos. Y claro que les deseamos suerte, y si inminente es que vayan por el mundo amparándose tras el equívoco de invocar a un prócer colocado sobre una barrica de mezcal, que de menos se informen bien a bien quién fue y hasta elaboren la estampilla obligatoria en las primarias.


Y les decimos también que cuando no se tenga cabal certeza de lo que se dice, mejor es que no se diga y menos que se lleve al mercado, con todo y patente. Imagínense ustedes la burla que sería para la historia que ha obviado de por sí a semejante personaje, que en el futuro se lo recuerde, ya no como un pseudónimo de Fray Bartolomé, que aunque no del todo, todavía lo honra, sino como el mezcal… “aquel, te acuerdas, que nos sirvieron en Zacatecas…”. Sacarán patente del nombre los dichos dueños, sin chistar nadie respecto del despojo. Hoy todo es posible. Así sacó patente un japonés de la Virgen de Guadalupe y alguien se agandalló “las mañanitas” y Frida Khalo aparece hasta en calzones… Y ahora, Francisco Tenamaztle, here I come!


Ver para creer… ¡y qué sigue! Usted… ¿ya se ha bebido su Tenamaztle? O “Nos echamos un tenamaztle.

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Del arte de acudir puntuales a la historia

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El 29 de agosto tuvieron lugar en Zacatecas dos homenajes, contiguos, en secuencia. Uno, el otorgamiento de la medalla al mérito a la cuentista Amparo Dávila; el otro, el homenaje, In Memoriam, a Alejandro Aura (fallecido el 30 de julio). Un acto fortuito, el retraso de la gobernadora, que aconteció a manera de preludio alegórico, unió a homenajes y homenajeados, de manera informal, en la misma pieza “la sala de espera”. Curiosa invención de los sistemas verticales, la verdadera ceremonia ocurrió ahí, en ese desespero del retraso, al tiempo en que se daba el encuentro “armónico” de ambas comparsas.

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Para la tecnología no hay imposibles; es así que podemos conversar, diacrónicamente, Amparo Dávila, Milagros Revenga, compañera de Alejandro Aura, y yo, sin barreras geográficas. A cierto momento las distancias entre el DF, Madrid y San Diego se esfuman tan solo porque en los diálogos, por separado, una y otra están presentes. Tuve entonces la idea de juntarlas (en español zacatecano “juntarlas” significa también juntarme con ellas) en esta narrativa, a contratiempo, en la que quise dejar patente las ganas que habría tenido de estar; no en el salón, a la hora del vino -me habría faltado seguramente la paciencia de aguardar los homenajes, en la improvisación de aquella salita-… Habría, en cambio, alargado la noche para conocer los pensamientos de ambas y darme gusto anotando nuevos detalles, lista la cámara, de quienes protagonizaron este cuento circular: Alejandro Aura, Amparo Dávila, los amigos desde Manuel José Othón hasta José de Jesús Sampedro, la carretera a San Luis que divide en dos –cuál río mítico- las tierras mezcaleras de Espíritu Santo y La Pendencia, la olla al final del arcoiris convertida en bidón(es) plástico(s), llenito(s) de mezcal.


Apenas me dispongo a ponerlas todas juntas, las piezas de esta trama se me aparecen como si fueran de rompecabezas, cuidadosamente cortadas para embonar, unas con otras.


-Amparo, ¿cómo estás? Te llamé para felicitarte al hotel Emporio, pero me dijeron que habías salido, en medio de un sinnúmero de frases que se perdieron en el aire por la mala comunicación.


-Regresamos el sábado, los hijos de Jaina tenían que ir a la escuela. La mamá es muy estricta con eso.


Los hijos de Jaina, hija de Amparo, son esos trillizos que conocí hace cinco años, pronto ya adolescentes. Ellos quedaron eternizados en la foto que tomé de Amparo en casa de Lidia García Zamora. Y a la sola mención del nombre de Lidia, arquitecta de mi primer encuentro con Amparo y dueña de la cocina que sirve de marco a la fotografía, me pregunté donde estuvo ella.


-No fue, estaba enferma.


Me siento doblemente despojada. Fue Lidia quien inspiró en mí la labor de continuar buscando a Amparo, ya en Zacatecas. Yo había iniciado la proeza desde mi primer viaje a Pinos, sin éxito. Al cabo de un par de notas periodísticas y una entrevista publicada, me percaté que en Pinos la veneraban con gran cariño, pese a que el acceso a sus libros era poco menos que imposible. La guardaban cual tesoro de la memoria, siempre presente. El año antepasado, le pusieron su nombre a un salón del convento franciscano que renovaron en la plaza principal. Tal vez un día se animen a colocar una placa en la casa donde vivió de niña, esa que ella misma tornó leyenda en sus cuentos, con su patio cuadrado y sus enormes ventanales.


Y ahora, estas tardías nuevas de la entrega de la medalla al mérito, no sólo me llegaban de sorpresa a mí, estando lejos, sino que sorprendían a Lidia enferma, imposibilitada para ir. ¡Qué paradoja!


Apuré mis felicitaciones “espero que, ahora sí, acaben por darse prisa en reconocer tu obra, en reeditarla.” Por Amparo me entero de que está a punto de aparecer en Obra Reunida, un nuevo libro de cuentos –Con los ojos abiertos- que se suma a los tres volúmenes, Tiempo destrozado, Música concreta y Árboles petrificados. La expectativa de la reedición es homenaje adicional a su trabajo y premio a los lectores que por años hemos tenido que buscar los cuentos de Amparo cual si se tratase de pepitas de oro.


La sociedad de las letras


Imagino al comité de recepción: Veremundo Carrillo, José de Jesús Sampedro, Armando Adame, los asiduos del libro… No se trataba de homenajes menores. Amparo Dávila, recibía la medalla al mérito y Alejandro Aura, en nombre de quien, In Memoriam, se convocaba aquella fiesta de cultura, se hacía representar por María Aura y por Milagros Revenga, para honrar todos al libro, a la lectura. Ya por lo menos cuatro veces, desde antes de empezar mi escrito, me imaginé lo que habría sido Zacatecas hoy, en la cultura, si Aura hubiera llevado las riendas del Instituto, un año que hubiese sido, cinco Aureolas, unos siete actos culturales como los que presencié yo, con Aura tras la batuta (nada de pretensiones, únicamente hechos). Menciono números para poner en la balanza ese afán por las cifras que llenan por llenar los informes de gobierno… ¡Lo que sigue podría subrayarlo! Hace diez años que la cultura se cuantifica en el estado -¡lástima!- como si sólo fuese digna de echarse en saco de maíz o de frijol o de contarse –peor, de generarse- a destajo. Pocos actos de calidad valdrían tanto más que ese ciento que se nos vende anualmente a manera de Festival Cultural.


La realidad es persistente


Las dificultades logísticas no impidieron que llegara Dávila, pese a que todavía se recupera de una reciente fractura. Ella camina, con dos bastones, aunque para subir las escaleras de Palacio de Gobierno, hicieron falta una silla y dos fuertes pares de brazos. Muchas veces, al detenerme a la mitad, para tomar aliento, reflexioné acerca de lo difícil que sería para alguno en silla de ruedas elevarse hasta el salón de recepciones por vía de esos escalones tan altos. En una sala contigua al salón, donde sería el homenaje, aguardaban los otros invitados. Fernando del Castillo –El Chino-, Armando Adame, Eduardo Vázquez, Juan Manuel de la Rosa. Como diría mi abuelita “estaban todos los que eran.” Pero, a ver… volvamos la película al principio y que las cosas se desarrollen cual si fuesen la trama de un cuento, justamente, de Amparo.


Ya lo dije, hace diez años que espero el homenaje a Amparo Dávila en Zacatecas. Diez años que podrían contarse en reconocimientos, uno tras otro. Bellas Artes la honró, en el 2001, Luego fue el Fondo de Cultura Económica, seguido de la UAM y el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer de El Colegio de México. Amparo fue nombrada entre las nueve escritoras contemporáneas más destacadas (yo diría cinco, sin dejar de aludir a la cábala y aplicando ese número a las cuentistas del continente entre las que con confianza, también, la coloco a ella.) La homenajearon en San Luis y su obra está por aparecer, reeditada por El Fondo de Cultura Económica. Muchos dirán que Amparo no necesita más honores, ella que fue distinguida desde su primer libro de cuentos por Julio Cortázar; ella que fue admirada en su sensibilidad por Alfonso Reyes, Luis Mario Schneider, Juan José Arreola, Edith Aron, Alejandra Pizarnik, Inés Arredondo.


Hace diez años que pregunto por qué el Instituto Zacatecano de Cultura, que publica sendos tomos de páginas brillantes de tantos, con menos prestigio y reducido palmarés, no invierte en la obra tan excelsa de Amparo para beneficio de los zacatecanos, todavía sin una especialidad en literatura zacatecana o regional -¡en su universidad! Y es que, lo siento… ¡Cómo empezar este cuento sin notar que las preseas llegan tarde por parte del gobierno que más se empeña en promover la cultura televisa y hasta la cultura pop del otro lado (así lo hizo con Gloria Gaynor y Bob Dylan –pese a su denominación política- durante el pasado festival cultural) que la enorme cultura literaria de Zacatecas.


No hay muchos escritores, por favor, no vayan a salir a acumularlos en revancha, como hacen con otros campos donde la promoción redunda en la tonelada o el granel. El impacto de la producción zacatecana va hacia el fondo o las bases… es un poema vertical o un cuento que se bifurca cual si salido del universo borgiano.  Un Ramón López Velarde, un Mauricio Magdaleno, una Amparo Dávila, un Severino Salazar. Podríamos agregar a la lista a Tomás Mojarro, a Dolores Castro, a Roberto Cabral del Hoyo, a Alberto Huerta, a Veremundo Carrillo, a José De Jesús Sampedro, a Alejandro García, a Javier Báez, a Sigifredo Esquivel, a Uriel Martínez, a Mónica Romo, a Tryno Maldonado. En el listado de los que queremos recordar no dejaríamos de ser generosos y abrir compuertas pero, al final, los grandes sobresalen por sí solos; comparar no es de sabios y rendir honor a quien honor merece es algo que debe hacerse para acabar con el imperio de los necios que urden carreras numéricas de actos, actitos y actotes que luego solo atraen a quienes, de toda suerte, aceptarían al gato, a la libre y hasta al conejo, de pilón… sin más.


En la sala de espera (Diez años y dos horas…¡uf!)


Ahora escucho a Milagros Revenga. Ha llegado a Zacatecas retomando la ruta una vez recorrida por Alejandro Aura. Milagros ha debido ver el camino con lluvia y lo describe con agudeza repleta de significados:

Me pregunto si ese cambio de colores de Zacatecas era su forma de decirme: “yo también sufro la muerte de Alejandro Aura”. Puso de verde su desierto amarillo, y encargó a las nubes que cubrieran el azul intenso de su cielo. Era la primera vez que pisaba esa ciudad sin Alejandro, me dormí para que la tristeza no me arrastrara a sus cavernas.


El relato del encuentro coincide y me sorprendo: “No sé ni como llega uno a las conversaciones”, me dijo Amparo. “No sé como nuestra conversación de desconocidas desembocó en su lugar de nacimiento Pinos, Zacatecas…” comentó Milagros.

De ahí, ambas recorrieron la tierra del mezcal, evocando las haciendas del padre de Amparo, La Pendencia, Saldaña y Espíritu Santo. Sí, aquellas tierras mezcaleras sirvieron de marco a la tierra inundada que, a detalle, Milagros guardó, para suerte mía, en una libreta.
 

Alejandro me hablaba de esas haciendas, y de como el negocio del mezcal se había venido abajo. Amparo también me contó esa historia, desde su punto de vista, lo que pasó es que a ella, que era la única hija, no le interesó nada el negocio, sino solamente la literatura.


Al día siguiente, apenas unas horas después de esta cálida charla, Amparo dejó la ciudad en avión y Milagros se adentró en la ruta que divide a Pinos en dos.


“Disfruté una vez más de esa carretera sin fin y sin curvas que lleva a San Luis. En el coche íbamos Fernando del Castillo, Eduardo Vázquez, María Aura y yo. escuchando el poema de
[Manuel José Othón] “El Idilio Salvaje”, en la voz de Alejandro Aura, mientras disfrutábamos de los armoniosos huizaches, de la esbeltez de las palmas chinas, de los inacabables nopales, del desierto verde limitado por montañas lejanas con hilachas de nubes. Y llamó nuestra atención un sector de arco iris en ese horizonte, llegábamos a Saldaña, nos dieron mezcal, para probar, y casi una hora de deliciosa plática. Compré diez litros del oro blanco para brindar !por Alejandro! en el homenaje que se le hará en Madrid.


La charla telefónica con Amparo queda al final de este relato (otro sector de arco iris) casi como una de esas estructuras circulares que hilan sus cuentos. Acabamos evocando el poder de los textos. Hace años que sólo puedo charlar con Amparo, vía telefónica. De California a San Diego, la tecnología genera esa sinergia que nos une a través del hilo… y del hilo conductor de su obra. Acabo de leer Con los ojos abiertos, el cuento que da nombre a su nuevo libro. Los objetos, los caminos, los sitios son las personas; los objetos (quizás también los textos) tienen vida propia, se mueven a voluntad aprovechando que nosotros, por miedo, solemos cerrar los ojos a lo desconocido.


Acaba de proveerme Amparo del final de esta historia/cuento. “Los textos se urden en la cabeza, se rumian, se repasan por días” –me aseguró al tiempo en que me reveló que se resiste a las computadoras-. Al final, un día son puestos en papel, como se hacía antes con las máquinas mecánicas, letra por letra. Acaso por eso Amparo jamás hizo la transición a la máquina eléctrica –evoca su rechazo por aquella Remington que Luis Mario Schneider le trajo de Estados Unidos por encontrarla ajena, ficticia-. “Tenía un zumbidito que hacía que las ideas se me fueran.”


Pero sucede que la trama es circular, ¿recuerdan? Porque después de todo este trajín de esperas –años, horas- y conversaciones, de sillas que suben y sillas que bajan, y homenajes que supuse terminaron, debido a la tardanza, a eso de la media noche –la hora del misterio-, damos con el principio, que es Pinos metido hoy en la redondez de las copitas de mezcal –¿o sería vino de honor?-, chocando unas con otras.


A este punto no es arriesgado preguntarse qué fue primero si Zacatecas o la fantasía realista de Amparo Dávila. Alguna vez escribí que si Gabriel García Márquez hubiese conocido Hermosillo, mi tierra natal, no habría tenido que inventar Macondo. Pues ahora digo, sin temor a equivocarme, que de no existir Pinos, trasminaría desde las páginas de Dávila, fijándose en un sitio preciso del planeta, de camino a San Luis, en el corazón de la región mezcalera. Esto lo digo a cabal profundidad, yo que he tenido la suerte de conocerlos a ambos, al Pinos real y al que da vida y desde donde ve pasar la muerte en sus cuentos, Amparo.


Revelaciones


Hace ocho años, consigné estas palabras de Aura, que luego integré a mi libro, Zacatecas, polvo y luz. En aquella ocasión llegamos hasta Sierra Hermosa. Jamás olvido la caravana que partió del Emporio (entonces llamado Plaza) ni el final de la carretera pavimentada que se detuvo en un sitio llamado “La pasadita”. A partir de ese punto los caminos se desdibujaban bajo el polvo adentrándose en un tiempo paralelo y llevándonos, cuál si viajásemos sobre su lomo, hacia otras dimensiones. Me grabé las palabras con que Alejandro Aura comenzó su intervención en el homenaje al pintor Juan Manuel de la Rosa, con quien él había urdido la fundación de una pequeña biblioteca –una Aureola-, sí, sí, un club de lectura en medio de aquel desierto afincado en un tiempo otro.

“La primera vez que vine tuve una revelación, una manera distinta de percibir la vida y entendí, entonces, que sólo a través del ojo y de la práctica del arte, de los artistas, de los pintores, los poetas, los músicos, puede uno imaginar, participar en la vida espiritual de otras comunidades, de aquellas comunidades que le dieron origen a esa entidad creativa”


Cuánta coincidencia entre esa visión del libro, el papel, la tierra y el modo como Amparo se mantiene en su oficio con una Olimpia mecánica, de más de cincuenta años. Y casi pude ver, en armonía con todos estos protagonistas de cuentos y afanes creativos, el momento en que cruzaron de Zacatecas a San Luis, por los caminos del polvo, escuchando, como contó Milagros, el idilio salvaje de Manuel José Othón, en voz de Aura…


Y allí estamos nosotros, oprimidos

por la angustia de todas las pasiones,

bajo el peso de todos los olvidos.

En un cielo de plomo el sol ya muerto,

Y en nuestros desgarrados corazones

¡El desierto, el desierto… y el desierto!



Agradezco la presencia textual de Amparo Dávila y de Milagros Revenga en estas disquisiciones à longue distance.

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María Dolores Bolívar | Create Your Badge

Esta presentación toma pasajes de la publicación original iniciada en 2000, en Zacatecas. 


"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba.
¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba?
"La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas..." 

Pedro Páramo/Juan Rulfo 
 
"Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú,
esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia.
Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta." 

"El día sin su noche"/Zacatecas polvo y luz  

  

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