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 La viga, el ojo ajeno y ojos para ver te quiero...
La marcha por la seguridad empieza en
el ojo propio En versión mínima
de lo que acontece hoy en todo México (tal vez en todo América Latina), en mis tiempos de residente de la ciudad
de México ocurrían fenómenos reprobables y criminales de los que todos dan fe y en que los más
participan. Al acceder al estacionamiento de la UNAM, por ejemplo (por entonces mi sitio de trabajo), “los cuidadores”
de autos te abordaban ofreciéndote sus servicios: “¿se lo lavo?” Al más mínimo interés
seguía un “le saco el golpe” o “le pongo el espejo”. En actitud convenenciera los conductores
aceptaban “los servicios” sabedores de que fomentaban esa política de la impunidad que empieza con lo personal,
vía el negocio de autopartes. Y siguiendo la máxima de no ver, no escuchar, no
hablar, compraban su parcelita de corrupción sin preguntarse el origen del retrovisor o del tapón que aquella
oferta de servicios volvía mágicamente accesible “por nada”.
Igual estado de cosas imperaba en la colonia de los doctores, en Tepito.
Los talleres negros hacían de todo. Los clientes, sin dudarlo, se aproximaban a esos centros proveedores que luego
hacían rolar la mercancía de la misma manera, sosteniendo su modus vivendi sin mucha conciencia. “Y eso
no es nada…” me dijo a punto de la carcajada mi primer jefe, cuando revelé mis hallazgos callejeros, segura
de que él, a quien todavía considero honrado, se indignaría conmigo.
En los mercados sobre ruedas (verdaderos megamalls ambulantes) la compraventa
de objetos comenzó a obrar por esos mismos principios. En paralelo con la mercancía legal, de origen transparente,
circulaban los pantalones HB a precios inferiores que en su lugar de origen; los lentes de todas marcas “casi regalados”;
el glamour importado fabricado en Tepito. Apenas te parabas en un sitio de esos y te rodeaban los comerciantes golondrinos:
¿Quiere perfumes? ¿Le muestro bolsas de Louis Vuitton? “Me vale” me comentó un amigo que
acababa de comprarse una televisión de mil, en menos de doscientos. Y con miradas de “no seas aguafiestas”
me descalificaron quienes compraban Nintendos, video juegos, impresoras… ¡de todo! ¡En cantidades irrisorias!
Y claro que esa bipolaridad perceptiva
genera realidades indeseables. A mi tía le saquearon su casa tres veces. “No dejaron ni los colchones”
comentaba luego que la tragedia se asentó con dejo de comicidad. Y uno se preguntaba, de menos, cómo las autoridades
podían obviar tanta impunidad. A dónde iban a parar todos esos botines que, seguramente, reclamaban espacios
–bodegas- cada vez más grandes, sistemas de transporte que tendrían que ser visibles, tangibles, localizables.
A qué sitio mágicamente “seguro” iban a dar las pertenencias de todos, sin que las policías
del país, de los estados, de los municipios, diesen con ellas. Insensibles, sin ojos, sin oídos, sin lengua,
los pobladores de un país donde reina la impunidad, se acomodan a esa realidad en la que todos juegan un papel, por
mínimo que parezca.
Y como eso que se llama tolerancia aumenta, hace costra, desensibiliza a los más… los
mecanismos reconstitutivos generan sus piezas de repuesto… Secuestros y levantones se han convertido en la manera eficaz
de obtener los recursos que no rinde el trabajo honrado. El hampa se presenta como salida fácil a toda una vida de
carencias y contrastes. El narcotráfico y el narcomenudeo se consideran ramo de bajo riesgo en un sistema que ahíja
la trata, la pederastia, el tráfico de órganos, de niños, el trueque de vidas. Ningún aspecto
de la vida cotidiana resulta intocado por alguna forma de corrupción.
Ya en otras épocas y en muy distintas geografías, durante mi estancia
en Zacatecas, en mi lugar de trabajo, pese a que en apariencia las cosas funcionaban “derechas”, bajo la superficie
de los cubículos pulcros y los baños bien aseados, obraba otra realidad, por fuera de la norma. La chica que
debía dedicar sus horas a mecanografiar, vendía zapatos y botas por catálogo. La editora de la nota policiaca,
rolaba entre los redactores su cuadernillo de Avón; la joven del fondo, operaba su tiendita de golosinas, cigarrillos
y refrescos; la encargada de la publicidad, era el contacto para conseguir autos a precio inmejorable.
¿Excepcion?
¡No!
Una visita a la secretaría de Educación y Cultura bastaba para hacerse del mejor pan, de una docena de medias
importadas, de lindos suéteres procedentes de alguna maquiladora que triplicaba el precio en las tiendas del otro lado;
de unas pantuflas de otra que sólo podían conseguirse en California. La dueña de la galería tenía
una amiga que vendía trajes importados. En la secretaría de Finanzas operaba, en la informalidad, el mejor expendio
de computadoras Toshiba.
Además, siendo más lucrativos los negocios personales, “el sueldo base”, como
jocosamente se da en llamar al ingreso regular, se convertía en algo intrascendente volviendo secundario el trabajo
que lo proveía. La changarrización de la vida iba en aumento, una funcionaria de la radio estatal me vendió
un collar de perlas y aprovechaba sus cobros quincenales para intercambiar información que luego difundía en
su noticiero. Doña Susana instaló su propio tianguis en la cochera, usando de explicación nada menos
que los discursos del propio Vicente Fox; la vecina de enfrente de Rosa María, mi colega profesora, colocó una
tienda de autoservicio en su sala; la hija de Tere acondicionó un Cíber en la planta baja; Luis Felipe operaba
su negocio de productos importados y accesorios para caballero desde el casillero de la recepcionista. Los ejemplos de comercio
informal se multiplicaban. El sistema piramidal que operaba, entre amigos y colaboradores de trabajo, hacía su agosto.
“Prefiero acá”
me dijo un vendedor de usado cuando en la charla abordé el tema de cómo se pagan impuestos en Estados Unidos.
Los vicios de la informalidad parecen más prudentes, llevaderos y justos a la mayoría de quienes se ganan la
vida a la sombra de esa oscuridad generalizada y laxa.
Definición
de tolerancia: Margen o
diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
Cada uno, desde
su pináculo de insensatez, ha tolerado que la irregularidad reine en el país. Y así, con tolerancia,
en ocasiones extrema, consume también los bienes de procedencia oscura; con tolerancia solapa la corrupción
en el trabajo; con tolerancia sostiene a esos sistemas de excepción. ¿Cómo va a combatirse lo que por
décadas se ha fomentado a conveniencia…? ¿No es la demanda convenenciera y libertina la que genera esa
disponibilidad de sistemas paralelos como la evasión, la mordida, el privilegio, el arreglo por fuera. Llamar a la
seguridad o marchar contra el crimen y la violencia pasa, necesariamente, por el compromiso de una sociedad que “no
tolera” la transa como quiera que ésta se presente. ¿O no?
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El sobre peso no es tan solo un rasgo cultural aunque se empeñen
en mostrarlo así las estadísticas. La competencia sin
límites o ¡ay el cuerpo!
por María Dolores Bolívar Desde que comenzaron los juegos olímpicos dedico las mañanitas a mi deporte favorito
la gimnasia. Esa suerte de poder narcotizante que me produce la flexibilidad del cuerpo me ha atrapado desde siempre. Sólo
que este año, mis sentimientos varían al ver la controversia en torno a la edad de las mujeres participantes.
Más pequeñas, más delgadas, más ligeras. 68 libras o menos pesan las gimnastas ganadoras; cien
a ciento diez, las estadounidenses, que hoy presentan querella contra aquellas a quienes el New York Times pretende consignar
como defraudadoras de la edad.
De inmediato nos asalta la duda. ¿Qué se entiende por competir
en el mundo hoy? ¿La competencia entre personas dedicadas a un deporte, personas que por voluntad propia invierten
cada minuto de su vida en la práctica de lo que más les gusta? ¿La competencia entre países y
sistemas nada más que para enarbolar una bandera sobre la escalerilla de medallas y justificar ese momento tan solo
por el encumbramiento de la patria?
Muchos de los atletas que asisten a las Olimpiadas ven sus sueños en la cuerda floja cuando
se llegan a desatar las pasiones nacionalistas en torno a las Olimpiadas. Así, este año, la querella surgió
en torno al Dalai Lama, el Tíbet y las libertades religiosas.
Pero más allá de estas conjeturas que nos llevan de lo personal
a lo político hay algo en Los Juegos Olímpicos que valdría la pena revisar: La competencia desmedida
que se sale de los parámetros aceptables, justamente, para el cuerpo. Porque el empujar la edad de las gimnastas para
que compitan las chicas cada vez más ligeras, cada vez más flexibles deja de ser un límite aceptable.
Cuerpo
y la realidad
¿Y para qué se hace deporte si no es para cumplir con la ecuación memorable
"mente sana en cuerpo sano". A la inversión de esta consigna las cosas se nos vuelven distintas. "Cuerpo
sano", en "mente sana". Hoy, el dilema del cuerpo nos preocupa en Estados Unidos, donde su salud a muy joven
edad, no se percibe. Las razones saltan a la vista: comida chatarra; pasividad que el mundo virtual impone sobre seres reales;
desencuentro con el mundo real en experiencias cotidianas simples como caminar, jugar en parques y calles, practicar deportes
por placer...
En una palabra, me escandaliza por igual el peso de las chicas que reconocieron pesar 68 libras, tanto
como el de las que aceptaron pesar 100 o 110 como máximo. Y no es de ahora. Hace tiempo que me preocupa que existan
las tallas cero y doble cero y que las jóvenes de hoy consideren la talla siete motivo de preocupación por obesidad.
En el otro extremo las jóvenes, también en el cruce de la adolescencia a la juventud rebasan las 180 libras,
cruzando el umbral de las doscientas antes de cumplir treinta años.
Aunque no se conocen actualmente las cifras de las personas que realizan ejercicio
de forma compulsiva sí se tiene noción de lo elevado de las cifras de personas que padecen desórdenes
alimenticios. Aproximadamente sesenta por ciento de la población del país padece de sobre peso y obesidad y
un treinta por ciento de esas personas revelan cierta compulsión por bajar de peso.
Entre los jóvenes los desórdenes alimenticios aumentan
y un factor definitivo, aunque imposible de medir, es el modelo de persona que se presenta como aceptable en los medios masivos.
Y claro que el ideal de peso no es el que rebasa los 180, pero tampoco me parece saludable la carrera por la talla doble cero.
Coincidirán conmigo
quienes entran hoy a cualquier tienda y batallan para encontrar algo que no sea extra small o que no se parezca a un saco
de papas. En verdad, la sociedad tolera esta tendencia a los extremos. Yo dediqué hace un mes un buen número
de horas a averiguar cómo hacían las mujeres de mi edad para mantenerse en forma. Los resultados de mis pesquisas
me escandalizaron. No voy a hacerme una liposucción ni una lipoescultura quirúrgica; tampoco voy a darme masajes
reductivos ni a recurrir a los tratamientos de comida estilo Nutrifrast. No voy a contratar a Jenny Craig ni a ponerme inyecciones
para "matar" la grasa. Yo quiero resultados y los quiero de forma natural.
La guerra contra los cambios hormonales, la pasividad y el desinterés
por andar de sílfide por la vida juegan su parte. ¿Pero por qué no establecer esos parámetros
que nos permitan una edad madura sin panza y sin obsesiones/compulsiones? Mi amiga Becky sugiere que las revistas son responsables.
¿Cuántas hay, preguntó furibunda, que promuevan nuestra silueta, nuestras arrugas, nuestras divinas redondeces?
Y Echu, que "siempre ha sido delgada" mueve a la risa cuando declara, sin ambages, que en otra vida habrá
de ser caderoncita, ella que como colombiana no se halla reconocida en "la cumbia".
Yo quiero asegurar que no me importa mi peso, salvo por la salud
y esa sensación insustituible del sentirse bien, y no andar por el mundo como se dice en la jerga popular, "que
ya no puedo ni con mi alma".
Y pues me declaro, in obsessio contra la carrera hacia la delgadez ni su contrario. No se me
malinterprete. No quiero que nos dejemos a la suerte, sí que los chicos no se suiciden por motivos de peso o que el
mundo comercial nos virtualice convirtiéndonos, literalmente, en aquellas figuras de palitos o bolitas que trazamos
en nuestros primeros años.
Confesaría mi peso como en otros tiempos solía confesar mi edad, si no fuese porque mis
propias amigas acaban de imponerme ese límite. Pero les aseguro que no aspiro a pesar menos, tan solo por narcisismo
-y aunque todavía no alcance vía la ecuación altura-masa- corporal el grado de obesidad (sólo
"overweight")-. Y, eso sí, sepan que hace más de dos años que pago mi cuota a la YMCA, sin
asistir -la lista de excusas es interminable-, acariciando el sueño de volver a estar en forma. Para complementar he
seguido ya la receta pavloviana de colocar la foto de mi ideal de persona en la puerta del refrigerador y convencerme de que
puedo alcanzarla. (Juro que no es ni Brooke Shields, ni Rosie O'Donell.)
Al final lo que me gustaría es no estar obsesionada por
nada. Las compulsiones por el peso, hacia arriba o hacia abajo, son semejantes a cualquier compulsión y, lo principal,
están motivadas desde afuera, por elementos que no dependen de nuestra voluntad. Y nuestra voluntad es lo que aspiramos
controlar, administrar, medir, colocar en el centro de nuestra vida, en reflexión y aprecio por las cosas del mundo
y del espíritu.
Sugerencias para bajar de peso
¿Caminar? No, integrar las caminatas a
la vida diaria.
¿Ir al gimnasio? No,
convertir al gimnasio en un sitio social y sociable, a donde vayamos no a adelgazar sino a conversar, a encontrarnos. ¿Dejar de comer o de beber lo que nos gusta? No, comer con
medida y jamás acudir a los sitios "all you can eat" ni sucumbir a la tentación del "super size",
"99 cents" o "upgrading to large".
Y como colofón... reivindicar el derecho de ser "real",
es decir, que la normalidad no la dicte el casting para un programa de televisión o un desfile de modas.

The one and only me. ¿Mis acompañantes? Cecilia
Ruiz y su hija Carmen, justo antes de salira comer a la pequeña Italia. Foto de Lilia García.
Aquí las fuentes para que revisen los detalles estadísticos "del
mal del cuerpo".
http://www.cdc.gov/nccdphp/dnpa/obesity/trend/maps/ http://www.anred.com/stats.html
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Carta a Amalia García... en vísperas del cuarto
Es triste, Amalia, que sea justamente bajo un gobierno de izquierda, presidido por
ti, que la prensa se haya convertido en lacaya del régimen… por miedo de ser aplastada. No es perdonable que
lo sea, no, pero ese miedo que destila convierte al régimen en uno autoritario a todas luces. Todos los días leo los
diarios y me parece mentira. Escaparates de la obra que no se realiza sino en cifras sobre impresos… kilómetros
carreteros, proyectos y anteproyectos jamás llevados a buen término, festivales, festivalitos, festivalillos…
el rostro de fulanito el director de esto y fulanazo el director de aquello. ¡Qué macana! (uso el argentino para
no decir ¡qué chinga! o ¡qué carajos!) Imposible que pienses que la historia no te pasará
la cuenta de todo este exterminio de la libertad de expresión, a ultranza.
Y no pienses que apruebo el periodismo a la Laviada cuya operatividad,
rayana en lo mordaz, únicamente busca desestabilizar a un régimen ya de por sí inestable… No,
no, no. Lamento que la incipiente búsqueda de la libertad de expresión haya quedado convertida en una caricatura
en la que desde el dedo del gobernante y sus chalanes se apunta a lo que sí y a lo que no se vale decir, así,
nomás.
¡Qué pena! Sobre
todo porque la panacea de la izquierda era eso, la libertad de expresión… y que así, desde el terreno
llano de la libre prensa, podría haberse soñado en los altos estadios de la crítica, del debate y de
su primo pobre, el cambio.
Pero, nada…
ni crítica ni debate, ni menos estadios desde donde soñar… para que luego, faltando todo eso, nos pasemos
seis años en el mismo discurso chatón de esas elites muertas que, cada vez, se están quedando más
solas de tanto abarcar sin apretar… vaya, y sin esfuerzo alguno, seguir ahí, pandero en mano.
Por lo demás… no entendemos por qué tanto trabajo en comenzar a hacer…
digamos, como lista corta… comenzar a contar a los ausentes; romper el ciclo maldito migración-remesa; arrancar
a mirar hacia la educación, más allá de la retórica
que sólo busca aumentar sueldos a maestros desencantados y a directores colmilludos que sustituyeron, hace mucho, la
educación gratuita por una mina de cuotas, cuototas, cuotitas asestadas a los padres, a descarada impunidad…
y la corrupción rampante; y el desgaste de a poco que nos propina tanto “ratificado” (que comenzó
a ser en tu gobierno derivado de rata y no de ratificación…)
Pues bien, el tiempo pasa y se te va de las manos el poder conferido por el pueblo votante. ¡Qué
lástima!
¿Mi consejo? Aunque tarde,
la crítica podría resultar refrescante. Anímate a convocar a verdaderos periodistas e intelectuales a
entrarle al diálogo, no entre dictadora y chalanada; no de señora a sirvientes; no de reina a súbditos,
sino de la pensadora que alguna vez fuiste, disidente y atrevida, a toda esa gente aguerrida que hoy te evoca apenas como
la caricatura en la que te has convertido al hablar de izquierda, de cambio, de justicia social, etceterilla.
Nunca es tarde, dice el dicho…Y luego hay
otro que reza que no hay mal que dure cien años… se debió decir siete años.
Ricardo Monreal jamás se atrevió a hacer el plebiscito que alardeó que
haría como muestra de que la gente seguía apoyándolo. La falluteada ocurrió en su cuarto año.
En lugar del apoyo que soñó al largarse semejante marrullada concluyó su cuarto informe de gobierno con
una lluvia de tomates.
Como se acerca septiembre pensé
en estas palabras. ¿Qué sorpresas insólitas nos traerá tu cuarto en el ruedo. Faltan dos para
el sexto… si abandonara la alegoría taurina sería para sustituirla por la tercera llamada. Desde el exilio, a veces también se ve con cierta nostalgia ese ámbito
insólito en el que los del poder fraguan sus trampas. Y, estoy segura que hay más, mucho más que esa
fatuidad del arriba y el abajo en la que convertiste a la izquierda de tu estado natal… cual el ciclo maldito que,
sin avisar, retomó el extremo odiado de la reacción a manera de noria infame.
Ojalá, de verdad, escuches a la sabiduría ancestral y retomes en la recta final
cierto impulso disidente… O como dijera alguien con mejores palabras, también se puede disentir con uno mismo
y hasta llegar a rectificar… que errare humanum est…
¡Suerte, Amalia!
María
Dolores
Soñadora sobreviviente de dos dictaduras
PD Si asistiera al informe a. lanzaría el primer tomate
b. me sumaría a la tertulia del halago traicionero c.
me perdería discreta entre la multitud que calla sin otorgar ni un ápice d. todos los anteriores e. lloraría nostálgica,
por ese tiempo ido que nos dejó sin sueños…
Posibles respuestas:
a, pero no e a y c pero no b ni e sólo
e jamás b (como todos tus chalanes-súbditos-aduladores-etceterilla) © Fotografía y texto de María Dolores Bolívar
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Esta presentación toma pasajes de la publicación original iniciada en 2000, en Zacatecas.
"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas
de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que
se llamaba esta yerba?
"La
capitana, señor. Una plaga que nomás espera
que se vaya la gente para invadir las casas..."
Pedro Páramo/Juan Rulfo "Ya lo creo que volveré, para buscar
entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con
la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez
en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta."
"El día sin su noche"/Zacatecas
polvo y luz
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