Un frente costero
víctima de la anarquía que deja la improvisación
por María Dolores Bolívar
Guerrero Negro, San Quintín, Ensenada, Rosarito o Tijuana constituyen los puntos urbanos principales de la
península de Baja California en su parte norte. Durante años, los gobiernos nos han vendido la idea de que la
Baja se desarrolla. Claro, si por desarrollo entendemos tundir de lotes, lotecitos y lotezotes la franja costera de una de
las penínsulas más bellas del planeta y luego permitir, sin línea rectora alguna, cualquier construcción
que venga en gana a quién construye.
Durante los setentas, luego de concluir las obras de la carretera transpeninsular, el
gobierno federal estableció un fondo millonario para el desarrollo de las Californias, norte y sur. Funcionarios del
centro del país acudieron con bombo a la ejecución de semejante proyecto. Leyó bien, hablo de los años
setenta del siglo veinte.
Hoy, casi a la vuelta de la primera década del siglo veintiuno, punto de estreno también
del milenio, el desarrollo alardeado no es sino una anarquía de construcción de viviendas secundarias y hoteles
para el turismo que viaja, en el mejor de los casos, por un fin de semana. Los casi cuarenta años de fideicomisos,
inversiones y más fideicomisos se han traducido, literalmente, en un conjunto de moles verticales, sin línea
estética alguna.
¿Cuánto
deliberó la tal comisión al respecto de los gustos del turismo al que intentaba apelar –visto que obvió
los de la población local? Uno diría que el turista en mente, viniendo en su mayoría de la California
del-otro-lado, altamente urbana y sobrepobladísima en sus puntos más sobresalientes, difícilmente querría
venir a descansar a este tipo de entorno. Quiero decir, edificios que me recuerdan la obra negra que por años abandonó
por falta de fondos la Cruz Roja en el crucero del ferrocarril y la calle de Ejército Nacional en la ciudad de México;
inmuebles que desde sus cimientos muestran una fealdad tan intrínseca y llamativa de la que se sabe, desde ya, no tendrá
color, moldura o adorno que acuda en su auxilio para modificar tan apretada y visible horropilantez (si la palabra no existe
hace falta inventarla).
¿Y
qué pensarían, los más patriotas, tan prontos siempre a achacar malinchismo a quien critica desde afuera,
si desde un elegante crucero vislumbraran como esto la primera impresión de su llegada a Grecia, a Capri, a Almuñécar?
Si observamos
con cuidado la elocuencia de esta fotografía pese al movimiento que la llevó a aparecer fuera de foco, hubo
aquí por lo menos unos tres arquitectos, tres maistros de obra, dos o más funcionarios, varios vecinos, muchos
paseantes que se acostumbraron a tolerar –no a inconformarse- el ver levantarse ese conjunto diparatado de edificaciones,
casonas y casitas. Esperamos de corazón que por lo menos uno, entre todos ellos, haya cuando menos puesto su trabajo,
su seguridad, su hermetismo en juego para protestar por la anarquía visual que, dicho en una sola palabra, “indigna”.
Nadie quisiera una dictadura
que impusiese color, estilo, moda… Pero, cabe preguntarse, ¿no será esta anarquía resultado de
la improvisación, el descuido, la negligencia o todo esto a la vez? No acaso estamos en el país donde grandes
arquitectos contemporáneos han destacado a nivel internacional. Por todo esto quiero citar los polémicos comentarios
de Diego Rivera con respecto de la arquitectura mexicana publicados en 1924. Por aquel entonces, juzgaba Diego, la arquitectura
se hallaba presa de arrogancia y falta de buen gusto y, para más, reacia a dejarse aconsejar por un pintor, como él:
“la arquitectura es un arte que se trabaja con formas
y color en volumen, es decir, un arte plástico más completo y más complejo… el arquitecto es un
señor que tiene que reunir en sí mismo las dotes de un pintor y un escultor, si no, no es arquitecto”.
¡Viva México! ¿Viva
México? ¡?¡Qué vivos algunos en México!
©
Fotografía de María Dolores Bolívar