Por David Alberto Muñoz
Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño.
Friedrich Wilhelm Nietzsche
“Que no le digan, que no
le cuenten, le vamos a presentar a usted, en esta tarde, para el hígado, para los riñones, para el mal de amores,
para que el hombre no le pegue a la mujer ni la mujer al hombre. Si usted se levanta con mal sabor a boca,
sabor a cobre, le ofrecemos el bálsamo de San Jorge”.
El merolico
es esa figura popular que deambula por la calles de las grandes urbes mexicanas intentando vender un producto mágico
que proporcionará salud, virilidad, mejoramiento en los estudios, esa fuente de la eterna juventud que por una pequeña
cuota y por designios del destino tendremos la oportunidad de comprar un domingo o miércoles por la tarde al pasar
por una estación del metro o a un costado del zócalo.
Esta palabra se utiliza para describir
a un "charlatán", a un vendedor o "curandero callejero" que prometiendo todos los bienes
a sus clientes y asegurando a toda velocidad las cualidades de su producto, atrae a un buen número de personas que
desean ver los prodigios de la susodicha substancia.
De acuerdo con Jesús Guzmán Urióstegui este peculiar personaje llegó a México
en 1879. Se llamaba Rafael Juan de Meraulyok—nativo de Suiza—,
pero como su apellido era impronunciable, todo quedó en "el señor merolico". *
Esta figura parece permanecer en el imaginario mexicano incluso en el ámbito político.
Las promesas se han convertido en parte del diálogo del merolico. Se promete el dominio de todos
los males sociales, el triunfo de un magnetismo que llevará al país a las mismas puertas del paraíso,
para descubrir que el portador de tales palabras es simplemente un sinvergüenza, un ladrón y estafador que intenta
beneficiarse con el deseo de todo un pueblo.
“Que no le cuenten, que no le digan, ni que deseen platicarle…la solución a
los problemas está en el aire, y en este aceite llamado Don inconfiable”.
© David
Alberto Muñoz